Opinión
El fantasma de Feijóo

Periodista
-Actualizado a
Cuenta la leyenda que en los días de trajín parlamentario, cuando los debates terminan y los ujieres apagan las luces de los despachos, aparece el fantasma de Pablo Casado ululando por los pasillos del Congreso y haciendo diabluras de espíritu burlón. Algunas veces juega a sentarse en el escaño que ya no tiene y ofrece discursos que nadie escucha. Otras veces mete el dedo en los orificios que dejaron en el techo los disparos de Tejero. Y muchas otras veces, cuando le vienen ganas de hacer la puñeta, vierte agua sobre los pinganillos de traducción simultánea y se cuela en las oficinas del PP para poner la cabeza en la fotocopiadora.
A primera hora de la mañana, aún soñolientos y mal desayunados, los nobles diputados del partido encuentran un desastre de folios blancos esparcidos por el suelo. Todo apunta a un misterio sin respuesta, un enigma inextricable propio de Iker Jiménez, pero hay un diputado que sabe muy bien de qué va la vaina. Alberto Núñez Feijóo agacha el lomo y agarra uno de los folios con las manos temblorosas. Todos los fantasmas salen borrosos en las fotografías, más aún en las fotocopias, pero el presidente del PP distingue los rasgos de Casado en el papel como quien ve el rostro de Cristo en un sudario. Hasta le parece escuchar un latinajo funeral: Memento mori.
En sus más pegajosas pesadillas, Feijóo cree ver a Isabel Díaz Ayuso vestida de chulapa, con su mantón de Manila y sus flecos volanderos, dando bailes de Salomé y llevando la cabeza de Casado sobre una bandeja de plata. Pobre expresidente del PP, depurado y vapuleado por cantar La Parrala en las ondas de la COPE. A quién se le ocurre, hijo de buen señor, mentarle los hermanos comisionistas a la generala. Una vez disueltas las fronteras entre el partido y la familia, uno debe siempre jurar lealtad y guardar silencio, así aparezca un pretendiente enredado en sabe Dios qué entuertos fiscales.
El bueno de Feijóo llegó a la presidencia del PP escarmentado en cabeza ajena. Los plumillas de la Corte lo bañaban con agasajos y lo llamaban "gestor", "moderado" y "prudente". Le dedicaron adjetivos tan ponderados que a su lado Pablo Casado se antojaba una suerte de Blas Piñar montaraz y enajenado. El moderado Feijóo, haciendo gala de su proverbial prudencia, inauguró su mandato prodigando los acuerdos con Vox. Después de que Mañueco se hubiera asegurado el mando en plaza, llegaron en tromba todos los demás: Mazón, Prohens, Guardiola, Azcón, López Miras, el caso era que no quedara un solo gobierno autonómico ni un solo ayuntamiento sin su aroma a reacción y a naftalina.
El PP subía en las encuestas más veloz que los disparos de Tejero y a punto estuvo Feijóo de destronar a Sánchez en las últimas generales. Atrás quedaba el annus horribilis en que Pablo Casado dejó al partido en los huesos electorales. Después de haberle vendido el alma a Abascal, Feijóo empezó a soñar con un PP más uno, más grande y más libre. Se sintió presidente de España sin haber llegado a serlo. Dio por amortizado a Sánchez y parecía que la legislatura iba a durar un suspiro porque la amnistía, porque Begoña Gómez, porque Ábalos y Cerdán. Pero el ambiente se enrareció. Ahora resulta que no solo Sánchez aguanta el tipo sino que además Vox quiere cobrarse la factura. Por lo del alma, ya saben.
Dice el último CIS que Feijóo se tambalea y Abascal le muerde los talones. Es verdad que casi toda la demoscopia privada pone al PP en lo alto pero los números no eclipsan otros titulares, desde los regates de Mazón en la DANA o el caos incendiario de Mañueco hasta los cribados de cáncer en la Junta de Moreno Bonilla. Y un brindis por la trama Gürtel. Sea como fuere, no hay periódico medianamente honesto que no haya comentado los sudores fríos de Génova ante la pujanza de Vox. Cuando Feijóo mira hacia el centro, los exaltados lo llaman cobarde. Cuando se exalta, Vox lo acusa de copiarle las ideas. "Se va a dejar barba", dice Abascal. Jaque mate.
Algunos barones proponen abrazar la senda de la templanza para disputarle los votantes fronterizos al PSOE. Si hacemos caso a Tezanos, sin embargo, el PP se desangra por el extremo derecho y un 16% de sus feligreses han empezado a rezarle a Vox. Feijóo ya ha aparecido antes como el líder peor valorado entre sus propios votantes. Apenas la mitad de los adeptos del PP dicen quererlo como presidente de España y los demás prefieren a Abascal o sueñan con una Díaz Ayuso que dé bailes de Salomé llevando las cabezas de Casado y de Feijóo sobre una bandeja de plata.
Pero Feijóo se muestra inasequible al desánimo y apunta a diestro y siniestro diciendo que le están haciendo la pinza. Si creemos esta teoría, Sánchez se estaría conchabando con Vox para hacerle un roto a los populares. El argumento huele a chacina reseca, no tanto por su dudosa verosimilitud como por los recuerdos que despierta. En los años noventa, el PSOE acusó a IU de haberse aliado con el PP en perjuicio de la izquierda. El Grupo PRISA nos bombardeó sin tregua con aquella chaladura, como si Julio Anguita tuviera alguna obligación atávica de adherirse sin protesta a las políticas conservadoras de Felipe González.
"A Vox se le está yendo la pinza con el PSOE", dice ahora Feijóo para abundar en su hipótesis. Las páginas de La Razón repiten la ocurrencia justo cuando PP y Vox pactan un Plan Valenciano de Estadística en clave xenófoba o unen fuerzas para sepultar la ley de memoria democrática en Illes Balears. El problema de Feijóo no es la conjura invisible de Vox con el PSOE sino la conjura de sus propios votantes y compañeros de partido, que quieren contrarrestar a la ultraderecha haciendo aquello que la ultraderecha reclama. En el derrumbadero de la derecha posfranquista ya no hay lugar para un "gestor", un "moderado" o un "prudente".
A Feijóo se le ha puesto cara de Casado. Últimamente lo hemos visto ululando por los debates parlamentarios, proclamándose presidente y anunciando un cambio que nunca termina de llegar. A menudo, en los folios de los discursos que lleva escritos, se le aparece la cara de Casado igual que un Cristo en un sudario. Cuenta la leyenda que los han visto juntos, Casado y Feijóo, Feijóo y Casado, jugando al escondite entre los leones del Congreso como dos fantasmas mellizos. A veces hacen como que hablan desde la tribuna y otras veces ponen los despachos perdidos de fotocopias. Los muy gamberros.

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