Opinión
Felipe González y Mr. Hyde

Periodista
Cada vez que Felipe González regresa a la palestra pública, los proletarios de la tecla nos frotamos las manos, pues hay pocos personajes tan jugosos y con una sombra tan alargada en el escaparate político. Nuestro querido expresidente podría haber dedicado su jubilación a regar bonsáis y mover bienes raíces en un discreto silencio. Del silencio, al menos, no vemos rastro. Los precios del pan se disparan cada vez que González abre la boca y arroja titulares que la derecha aplaude con entusiasmo y la izquierda repudia con desagrado. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.
El martes, durante los Desayunos del Ateneo de Madrid, González confesó que votará en blanco en las próximas elecciones. Queriendo o sin querer, añade su voz a los discursos de Juan Soto Ivars, Juan Ramón Rallo o el Xokas, que promocionaron la candidatura de Escaños en Blanco a las puertas de los comicios autonómicos de Aragón. Ninguno de ellos es aragonés, pero bienvenida sea la solidaridad internacionalista. El caso de González, sin embargo, es diferente porque acarrea una traición a sus compañeros de partido. Nada que a estas alturas levante sorpresas, para qué vamos a engañarnos.
Lo bonito del asunto, como siempre que González habla y el pan se encarece, es la palabrería que envuelve el mensaje. Lo vemos arrellanado en la butaca del Ateneo, desmarcándose de los candidatos del PSOE sobre un fondo de cortinones rojos. "No me representan". A nuestros oídos llegan los ecos ya extintos del 15-M, que no, que no, que no nos representan, la cancioncilla subversiva que animó las tardes de Sol y que precedió a la derrota de Alfredo Pérez Rubalcaba en las generales de 2011. Aquel PSOE perdió un 38% de sus votos y cedió las llaves de La Moncloa al Partido Popular de la caja B, la trama Gürtel, la Operación Catalunya y la policía patriótica.
Fue la última campaña estelar de Felipe González, que se dio un baño de multitudes en los mítines de València y Sevilla. El PP acusó a Rubalcaba de haber desempolvado los juguetes rotos del pasado. "Ya no estamos en el siglo XX", dijo Rajoy. El candidato del PSOE, desafiante y ufano, reivindicó la herencia de su partido: "Cuanto más nerviosos se pongan, más voy a sacar a Felipe conmigo". Cómo han cambiado las cosas. El martes, inmediatamente después de los Desayunos del Ateneo, Alberto Núñez Feijóo citaba las palabras de González como argumento de autoridad. "Esto no es el Partido Socialista. Esto es otra cosa".
González venía de relativizar el crecimiento de la extrema derecha apelando a un recurso dialéctico que el PP ha explotado hasta la extenuación. "¿Es de verdad más legítimo pactar con Bildu que pactar con Vox? No lo veo". Podría parecer una forzada simetría, pero González se encarga de romper el hechizo: si él fuera presidente, estaría mucho más lejos de pactar con EH Bildu que con Vox. Tampoco en este particular hay sobresaltos. La hemeroteca aún recuerda que los de Abascal propusieron en 2020 reemplazar a Pedro Sánchez por un presidente de emergencia. "Podría ser Rosa Díez, Aznar, Felipe González…".
Algunos de los viejos socialistas que aún guardan lealtad a Pedro Sánchez se hacen de cruces, Ave María Purísima, cómo pudimos haber incubado este engendro en nuestras filas. Es como si González, al estilo del Dr. Jekyll, hubiera salido del laboratorio convertido en un Mr. Hyde deslenguado y burlón que se larga de picos pardos por las veredas derechistas. González, el armario de doble fondo. Isidoro, el tipo de las dos caras que nos tenía a todos embobados con chaquetas de pana y soflamas obreristas de las que ahora reniega. Felipón I de Suresnes, monseñor del puño y la rosa, que nos la coló pero bien colada con ese piquito fino de encantador de cobras.
Pero hay otra hipótesis más dolorosa. Cabe sugerir, por ejemplo, que Felipe González nunca ha dejado de ser él mismo pero los tiempos han cambiado y por eso ahora vemos todo con los ojos más abiertos, más despiertos, más conscientes de aquello que escapaba a nuestra atención. Aceptar esta opción significa asumir que estábamos equivocados y que la Transición fue pilotada por élites políticas, también socialistas, a las que nunca interesó romper del todo con la herencia del franquismo. Prebostes que convirtieron los deseos de cambio en resignación y que vendieron a sus votantes por un plato de lentejas, unos cuantos bonsáis y un puñado de bienes raíces.
No sabemos si la historia será generosa con Pedro Sánchez, pero sabemos que Felipe González ya es historia. Su figura decadente, anclada en la butaca del Ateneo de Madrid, arrastra el lastre descomunal de un Gobierno manchado por la corrupción, las privatizaciones y una guerra sucia que abrió a José María Aznar las puertas de La Moncloa. El inventario es elocuente: la financiación irregular del caso Filesa, el escándalo de Roldán en la Guardia Civil, la malversación de los fondos reservados, el caso Marey, Vera, Barrionuevo y la X de los GAL que nunca nadie llegó a despejar. Ahora González pide al PSOE que haga autocrítica. Hay que tenerlos cuadrados, Mr. Hyde.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.