Opinión
Esas fotos tuyas borracha

Periodista
Mi amiga S. aprovecha sus vacaciones para enviarme un par de fotos de la universidad en las que salimos juntas. Son solo dos fotos y en las dos salgo borracha. En una se me nota tanto que tengo los ojos vidriosos por el humo del pub y la cara completamente desencajada. Soy solo una cría de 18 años y bebo porque no sé divertirme de otra forma, que dirá mi madre, y tiene razón porque a mí el alcohol me permite desinhibirme y pasarlo bien. Cuando estoy borracha, cada fin de semana y casi cada jueves (a veces, hasta algún miércoles) bailo, me enredo en conversaciones absurdas, largas y deliciosas (de las que solo guardo la sensación de máxima complicidad con el interlocutor o interlocutora), me río a carcajadas, beso a todo el mundo, o hago el amor. Tengo resacas terribles, me prometo que dejaré de beber, pero ni yo misma me tomo en serio. Soy demasiado joven para que el alcohol me pese en la conciencia y en la salud.
Hay una parte de fotos borracha que disfruto viendo: son esas que comprenden la etapa que abarca la universidad y los años posteriores de la veintena: Santiago, Madrid, Lugo, Pontevedra. Pero hay otras que me horrorizan, son las que van más allá de los 30. Salvo contadas excepciones y siempre con mis amigos, la mayoría de esas imágenes encierra una historia de dolor, una discusión o una llamada de auxilio. No le puedo echar la culpa a nadie más que a mi desesperación. Si de vez en cuando me asalta algún recuerdo en las redes o en el móvil, las observo con un sentimiento de vergüenza y de pena, y casi siempre las acabo borrando, incluso de la nube. No dejo de pensar en qué pensaría mi hija si me viese así, mientras me convenzo de que jamás me verá así.
Hace seis años que apenas bebo. No soy abstemia, pero casi. La última vez que bebí dos copas de vino juntas fue también con mi amiga S. Ocurrió hace unas semanas, en una terraza, emocionadas ambas por haber sido elegidas pregoneras de nuestra ciudad y con ganas de reír a carcajada limpia. Lo hice tan ensimismada que apenas me dio tiempo de pensar, de penalti, y mientras me fumaba un cigarro tras otro de una cajetilla recién comprada para la ocasión, como cuando tenía 18. El alcohol ha pasado a ocupar una parte residual y mínima de mi vida, sin que yo me lo propusiera y sin querer evitarlo. Simplemente, ya no tomo alcohol para divertirme ni para consolarme, tampoco para encajar o para soportar a nadie, por aburrimiento o por estrés. Digamos que solo lo uso para expandirme. Si pido una copa de vino y me enciendo un cigarro, probablemente esté en territorio seguro.
En los últimos años, el consumo de alcohol en España no ha dejado de bajar. De 15 litros per cápita en 1970 a 8 en 2020, la mitad. En 1997 el 12,7% de la población de 15 a 64 años afirmaba beber a diario, en 2007 era ya el 10,2% y en 2022, último dato disponible, apenas el 9% según la Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España (EDADES). Mientras desciende el consumo anual de alcohol en general, ha aumentado el binge drinking que consiste en el consumo de cuatro o cinco bebidas en apenas dos horas y que está relacionado con los más jóvenes. Sin embargo, esta tendencia general encierra un dato llamativo: desde hace tres décadas las mujeres jóvenes beben más que los hombres de su edad, lo cual solo se puede explicar con un análisis de género. Si las chicas se emborrachan más es porque aún se les permite menos salirse del tiesto y también porque los estereotipos asociados a la sexualidad hacen que las mujeres sean más apetecibles borrachas. Vulnerables y disponibles. Además, la norma del consumo de alcohol sigue también patrones masculinos. A misma cantidad, más efectos en nosotras.
En mi caso, y creo que en el caso de otras muchas mujeres, el problema nunca fue el alcohol, porque el alcohol solo era un síntoma de ese estado de vulnerabilidad o desinhibición que no me permitía mostrar serena. Tanto, que durante una época de mi vida llegué a pensar que no podría beber nada porque carecía de autocontrol. La verdad es que no es cierto, soy capaz de tomarme una caña y nada más. De pedirme un vino y nada más. Y, sobre todo, soy capaz de estar en una terraza rodeada de gente bebiendo mientras me tomo un Aquarius. Nunca he sido menos adicta a nada en mi vida y tengo la suerte de compartir mi vida con un hombre que apenas bebe. Y digo suerte, porque no hay nada mejor que reír serena, conversar serena y follar serena. Ni nada peor que abrir la nevera y tenerla llena de cervezas, porque cuando el alcohol está en tu vida de manera cotidiana es fácil que tú también lo acabes usando como remedio o como consuelo, como premio o como castigo.
No obstante, y aunque sea impopular decirlo, tampoco estoy en contra del uso lúdico del alcohol en personas no adictas. En cierto modo, me jode que seamos las mujeres las que estemos anunciando cada vez más a menudo que hemos dejado de beber, porque tenemos el mismo derecho a emborracharnos que ellos aunque no sepamos divertirnos de otra manera, y porque hubo un tiempo, no hace tanto, en que beber y fumar en público nos estaba vetado. También porque, como millenial, tengo una visión absolutamente romantizada del botellón en la vía pública. Entre botellones transcurrieron años y experiencias inolvidables. Pero también sé que la línea que separa lo lúdico de lo patológico es muy fina, y que el impacto del alcohol en la gente joven es absolutamente nocivo. Vivimos en una sociedad de alcohólicos funcionales y haberles quitado el vino a nuestros hijos e hijas de la mesa es un cambio social y cultural que tendrá un calado impresionante en la salud pública.
En todo caso, estoy convencida de que llega una edad en la que no puedes beber como si tuvieses 22. A unos les llegará a los 30, a otros a los 40, y quizá a alguien le ocurra con 50. Pero definitivamente hay un momento de la vida en la que tienes que rebajar el consumo por salud, por prudencia y, sobre todo, por decoro. Porque uno tiene que saber beber y, sobre todo, tiene que saber cuándo dejar de beber. Aunque sea para no salir en fotos que tengas que ocultar a tus hijos.
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