Opinión
Groenlandia y la angustia

Escritora y doctora en estudios culturales
Como pronto será Carnaval, me envía un amigo una chirigota de Cádiz en la que escuchamos: "Bendita sea Groenlandia, la nieve que me vio nacer…" Los murguistas, ataviados con abrigos de pelo, bromean sobre el frío al compás de una guitarra que va marcando el paso de la sátira: se trataría de dos oriundos de la isla del Ártico exiliados en Andalucía, donde hasta los pocos osos polares que quedan han echado currículums para trabajar en un zoológico. Te tienes que reír con la imaginación ocurrente que desprende el prólogo de unas fiestas tan emblemáticas; al fin y al cabo, en España somos expertos en eso: el humor a menudo nos salva de circunstancias terribles que se escapan, momentáneamente, por la válvula de la carcajada. Pero, debajo de ese jolgorio, de la borrachera y el salero, se esconde la angustia de comprobar cómo todos los marcos de sentido van desapareciendo rápidamente frente a nuestros ojos. "¿Cómo puedes escribir sobre estas cosas?" –me preguntaba una amiga–, "yo ya apago la tele; me da miedo por mi niño".
La reunión en Washington entre el gobierno de Estados Unidos y el de Dinamarca, junto a representantes de la isla en disputa, ha terminado sin acuerdo. Frente a la anexión o compra que lleva anunciando Trump desde su primer mandato –aunque ahora con mucha más contundencia–, la postura danesa se agarra a la lógica de un orden mundial en vías de extinción: denuncian las amenazas de un miembro de la OTAN a otro; insisten en que la integridad territorial de los estados debe estar garantizada; apelan a una soberanía inviolable, mientras Europa refuerza militarmente este enclave de hielo donde viven 57.000 personas. Entre la fanfarronería de una ultraderecha que anhelaría ver saltar por los aires las fronteras de un aliado y, a la vez, emite soflamas para proteger las suyas de una supuesta invasión inmigrante, surgen voces que alertan del regreso del imperialismo a la vieja usanza, azuzado por la ley del más fuerte. Pero, ¡ay!, la situación es mucho más grave, porque a lo que estamos asistiendo es a la combinación de dinámicas coloniales asentadas con técnicas de control digital nunca antes vistas. El monstruo histórico de dos cabezas supera en horror a cualquier venganza mitológica.
Decía la filósofa María Zambrano que "sobreviene la angustia cuando se pierde el centro". Ella hablaba desde el cuerpo desterrado por la Guerra Civil, después testigo de la II Guerra Mundial. Pensante y nómada, fue instalándose en distintos países de América Latina y, más tarde, una vez que hubieron ganado los aliados, de Europa, buscando ese centro que no llegaba pero para el que encontró provisorios refugios que lo sustituyesen, hasta que por fin volvió a España, transcurridos los primeros años de la Transición. De su errabunda biografía extraemos el aprendizaje de un caos que, poco a poco, fue limándose en el paradigma de los Derechos Humanos que conocemos. Su indagación incesante en los vericuetos de la verdad y la belleza o el ánimo jamás alicaído puesto al servicio de la razón suenan hoy, sin embargo, a himnos agotados; pues, ¿qué fuerzas se reestablecerían cuando todo parece apuntar al mismo pozo?, ¿adónde emigraríamos tras ese retorno de la Doctrina Monroe? Si nuestros datos los posee un oligopolio tecnológico, ¿quedarán grietas para que nazcan palabras nuevas?
Hay otro elemento que nos diferencia de aquella época, y es la asimilación de una violencia que también se ha apoderado del discurso. Hace apenas dos semanas de una intervención militar en Venezuela que ya ha sido completamente normalizada en la calle, los medios, y las altas esferas de la geopolítica internacional. Al ritmo acelerado de los acontecimientos, virales como esa pandemia que casi no recordamos, no se opone un pensamiento crítico mayoritario sino, más bien, la deglución atragantada del click y el ensimismamiento. Es como si el ensamblaje legal que nos protegía se encontrase ya tan ajado que sólo estuviese esperando el último embiste antes de desmoronarse; como si la memoria del siglo XX se hubiese convertido en el fantasma arrumbado que únicamente ilumina a unos cuantos, especialmente los directamente atacados, como el Reino de Dinamarca. Por eso, sesudos analistas se han lanzado a pronosticar qué país será el próximo en padecer la ira del gigante atlántico –¿México, Cuba, Colombia?–, dando por sentadas posibilidades inconcebibles hace unos meses. La falta de previsión se suma así a una aceptación implícita de la catástrofe que va desollando la agencia ciudadana y mutilando cualquier resistencia.
Entretanto, la angustia crece, subterránea; el belicismo avanza como paradigma de una supervivencia ya desprendida de todo valor moral; y la historia se va quedando en mero eco lejano, sin rastro de lo que fue o podría haber sido de haberse frenado esta concatenación de errores. Dentro de poco, tal vez ni las chirigotas consigan mofarse de tamaña crueldad junta; roto el estómago de reír, pero vacío, revuelto, a punto de vomitar.
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