Opinión
Una guerra total también es medioambiental

Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
En la novela que estoy leyendo, Londres (Anagrama, 2025), un misántropo Ferdinand —más que probable trasunto del autor, Louis-Ferdinand Céline— narra en 1916 las cuitas del inframundo de la capital británica de una manera que provoca náuseas. Una panda de desalmados, entre quienes se encuentra el propio protagonista, huye de la Policía, roba cuando se puede y, especialmente, trata a las múltiples prostitutas con las que todos mantienen relaciones sexuales como pedazos de carne desechable cuyos ingresos, sin embargo, utilizan los machos para sobrevivir. Entre la mezquindad más grotesca y la misoginia más furibunda se dirime un ambiente bélico falto de toda compasión incluso individual, pues hasta a las putas les parece bien que les corten los dedos o las apalicen de vez en cuando. En mitad de este escenario, nos cuenta Céline —veterano de guerra él mismo y reconocido antisemita—, lo último que importa es la humanidad, aunque también se deslizan por los sumideros de la catábasis el pájaro, el árbol, y el insecto. El círculo vicioso de la destrucción, podría decirse, no permite excepciones: galvaniza los peores instintos y degrada toda criatura viviente a la categoría de desecho. Escenifica así la ficción el peligro de la época, las subjetividades en liza que han sido despojadas de cualquier filamento de empatía y, desde luego, de visión a largo plazo.
Afirma una investigación de The Guardian que el rearme al que se han lanzado una panoplia de países, incluido el nuestro, podría incrementar las emisiones de gases de efecto invernadero en 200 millones de toneladas al año. El ardor guerrero actual —nunca visto desde la II Guerra Mundial— no sólo está aniquilando decenas de miles de vidas contemporáneas, sino que también supone el fuelle que acelera la caldera climática para que, por causas no penalizadas aún, millones más muerdan el polvo muy pronto. El mismo periódico avisaba de que la huella de carbono del conflicto en Gaza, contando con su reconstrucción, superaba la de varias naciones juntas y, aunque parezca frívolo aludir a este tipo de estudios, lo que revelan es importante: que en un planeta donde la criatura supuestamente más valorada en la jerarquía natural ha perdido su estatus, las demás ni siquiera se nombran, caen en la espiral de la invisibilidad como residuos industriales a un río. El error de tal antropocentrismo consiste en creer que sin hormigas o sin flores el ser humano que resulte victorioso de la debacle armada podrá sobrevivir solo. No hay vencedores cuando la tragedia es omnívora y simultánea; simplemente, se está condenando a la vida a una extinción increíblemente dolorosa.
Sabemos que la guerra siempre ha desempeñado un papel primordial a la hora de azuzar el daño ecológico. Durante los conflictos armados se suelen quemar bosques, se contaminan los acuíferos donde bebe el enemigo, y se arruinan sus cosechas. Históricamente, las campañas coloniales arrasaron ecosistemas enteros y favorecieron una concepción utilitarista y extractivista del mundo que era ajena a los pueblos indígenas. Masacrar y “civilizar” instigó una industrialización global de la que ahora somos herederos y, ya en el siglo XX, fue ese tejido industrial dispuesto para las dos lides mundiales el que, una vez firmados los armisticios, se reinventó a favor de algunas empresas, la fabricación de plásticos o pesticidas. En otras palabras, la guerra genera dinero —para unos más que para otros—, mueve operaciones bursátiles y tiene sed de crecimiento económico. Ahora bien, en plena emergencia climática, un factor de por sí crucial en la multiplicación de los eventos bélicos, la guerra desvenda también un profundo nihilismo colectivo, el raciocinio que huye desbocado hacia la fosa séptica de la historia y nos lleva a todos por delante.
Así, mi argumento no consiste tanto en que se deban detener las guerras, junto a su acopio previo de armamento, “por razones medioambientales” enfrentadas a las humanitarias, sino que es perentoria una necesidad del pacifismo que perfile subjetividades acopladas a la naturaleza y, en el proceso, nos humanice. Es difícil creer que cualquier transición ecológica se materializará en mitad de un bombardeo, cercano o lejano; que seremos capaces de mantener el feminismo en medio de las masculinidades tóxicas que moldea el combate; o que se expandirán los derechos sociales en una economía destinada a fabricar misiles. De hecho, el incumplimiento de los derechos humanos sienta un precedente que malogra toda vida futura: si los cuerpos ajenos yacen exangües equiparados al rango de basura: ¿quién se va a preocupar por los propios?¿Y por los no nacidos aún? La historiografía muestra el camino opuesto después del Holocausto: gracias a la epifanía de aquella barbarie ocurrida en suelo europeo, la humanidad adquirió unas protecciones hasta entonces inexistentes y se crearon los Estados del bienestar. Quien estime que lo que está ocurriendo en Gaza no tendrá consecuencias en el significado y la consideración de nuestra especie está muy equivocado; igual que habrá caído en el error quien apueste a que nuestra especie prosperará careciendo las demás de presencia.
El juego violento al que estamos expuestos anuncia una retroalimentación del luto; detenerlo también pasa por defender al lobo, reforestar los páramos, plantar flores.
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