Opinión
'Half man': la máscara de la masculinidad

Por Octavio Salazar
Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional
Hay demasiadas cosas excesivas en la nueva serie del creador de Mi osito de peluche, la producción inglesa que hace dos años nos conmovió por su potencia dramática y por el descenso a los infiernos de su protagonista. Richard Gadd, en clara continuidad con la anterior, hace estallar en Half man todos los resortes del melodrama, en una sucesión de tramas que no dejan de inquietar al espectador y que son narradas con unas pretensiones que bordean lo emocionalmente pornográfico. En los seis capítulos en que está dividida es imposible respirar: en ellos no hay hueco para el humor, la ternura o los vínculos saludables que nos sostienen en lo cotidiano. Todo está atravesado por una furia dramática que pretende incendiar hasta el último rincón del relato, lo cual le resta potencia emocional y provoca, al menos a mí así me ha sucedido, que en muchos momentos no quede más remedio que desconectar. Casi como estrategia salvavidas ante una sucesión de heridas y dolores que acaban provocando en quien mira una sensación imagino que parecida a la de un niño perdido en mitad del bosque.
Dicho esto, hay muchas cosas de interés en esta serie británica que han hecho que permanezca fiel al relato, por más que por momentos la montaña rusa que nos propone su creador casi me obligara a saltar por los aires. La historia de los dos hermanastros protagonistas, Ruben y Niall, interpretados de manera impecable, aunque por momentos al límite de lo que aguanta un primer plano, por Richard Gadd y Jamie Bell, que viven marcados no solo por una dependencia afectiva, sino por unas subjetividades construidas sobre carencias y furias, acaba siendo un catálogo exhaustivo de todos esos elementos negativos que configuran unas masculinidades destinadas a la destrucción, a la suya propia y a la de todos los que acabe dejándose arrastrar por ellas.
Presentados como el anverso y el reverso de un mismo sujeto, tal y como presagia el título de doble sentido, como dos mitades que en el fondo son la misma entidad incompleta y maltrecha, Ruben y Niall, a los que acompañamos desde su adolescencia hasta una madurez en la que culmina el drama, atesoran todas esas expectativas de género que con tanta facilidad nos joden las vidas a los hombres. La hombría concebida como un estatus que se adquiere gracias al ejercicio del dominio, y en consecuencia de la violencia si hace falta, y que se va urdiendo mediante la huida de todo aquello identificado como femenino.
De ahí, la homofobia como núcleo duro de esa virilidad construida sobre la negación y que, interiorizada, como vemos en el personaje de Niall, no solo genera armarios sino también monstruos. Si a eso añadimos la incapacidad para gestionar emocionalmente los conflictos y las carencias, la amenaza siempre afilada desde lo colectivo y desde lo íntimo de no ser un hombre completo, las dificultades para la comunicación afectiva o la facilidad para dejarse arrastrar por la ira y el resentimiento, tenemos el retrato perfecto de lo que algunos llaman masculinidad "tóxica" y que yo me niego a calificar como tal porque supone no solo individualizar las raíces del mal sino también practicar una cierta huida facilona hacia lo patológico. Porque sí, efectivamente, tanto Rubén como Nial, de distintas formas cada uno de ellos, pueden ser percibidos como tipos monstruosos.
De hecho, las interpretaciones de Jamie Bell y, sobre todo, la de Richard Gadd, subrayan esa línea cercana al terror. Pero esa percepción cortocircuita cualquier análisis que nos eleve por encima de lo singular y que nos abra la puerta de una mirada crítica y global sobre lo que para cualquiera de nosotros ha significado tradicionalmente construirte como hombre en un mundo hecho a nuestra medida. Por más que esa identidad aprehendida se proyecte en adicciones, malos hábitos o inseguridades dañinas. Si insistimos en la toxicidad, eludimos la dimensión relacional que siempre ha de tener en cuenta, como comprobamos en la serie, las dependencias y sumisiones de otros sujetos con respecto a los protagonistas, muy especialmente unas mujeres a las que observamos excesivamente abnegadas en sus roles de madres, novias, amantes y amigas. Un túnel largo y oscuro que, en el caso de Half man, parece no tener salida hacia una mínima luz con la que iluminar las posibilidades de cambio que, confío, habitan en los seres crepusculares que somos.
Half man, que es una de esas series que te deja sin aliento y que, aviso, genera un mal cuerpo próximo a la pesadilla, nos habla, en definitiva, de manera descarnada y dolorosa de esa máscara que para muchos varones representa la masculinidad. Dice el filósofo Joan Carles Mèlich que "los seres humanos fabricamos "ámbitos de inmunidad", algo así como una especie de "máscaras" que nos proporcionan alivio frente a la experiencia de lo indomable, frente a todo aquello imposible de resolver técnicamente. Las máscaras son artefactos protectores, envolturas, receptáculos físicos o simbólicos que sirven de cobijo, son los referentes que nos proporciona un ámbito estable en un universo en constante transformación". Uno de esos "ámbitos de inmunidad", cuyas certezas afortunadamente se van resquebrajando por obra y gracia de las mujeres hartas de héroes y de niños que cuidar, es la virilidad sostenida en cuerpos y miradas como las de Ruben y Niall. Dos seres corpóreos y absolutamente frágiles cuya mayor condena es, justamente, no reconocer su vulnerabilidad y permanecer de por vida en ese precipicio que supone acomodarse a una ficción. Dos hermanos, en fin, que no se dan la oportunidad, salvo en algún momento aislado como en una de sus últimas conversaciones en la cárcel, de abrirse en canal no para sacarse las vísceras sino para reconocerse en las faltas y en la finitud. Dos hombres que, como tantos otros, deberían haber sido forjados en una ética de la compasión.

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