Opinión
Hinchas y tontos útiles del genocidio
Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
Uno de los efectos de los crímenes en Gaza es el de dejarnos sin vocabulario para describir lo que está sucediendo. Como genocidio, el que Israel perpetra no resulta particularmente original, pero sí está dando lugar a fenómenos nunca antes vistos. Y tienen que ver con el hecho de que se trata del primer genocidio con una visibilidad prácticamente total. Cada día recibimos en nuestras pantallas información abrumadora de las atrocidades de la IDF, que cubren todo el espectro de crímenes de guerra y de lesa humanidad.
Las campañas de exterminio durante el último siglo se han llevado a cabo habitualmente en la sombra. Por eso resulta difícil hacerse una idea del grado de apoyo e implicación social de que disfrutaron. En el caso de Gaza no es así porque Israel se sabe impune y porque las nuevas tecnologías permiten a los palestinos transmitir sus sufrimientos. Todo esto es novedoso y se ha señalado en numerosas ocasiones.
Pero también es novedosa la aparición de nuevos actores. En los estudios de genocidio se identifican habitualmente tres grupos: las víctimas, los perpetradores y los espectadores. El grupo de los perpetradores incluye tanto a los asesinos como a los burócratas que hacen posible su trabajo, los políticos que diseñan el exterminio y los civiles que colaboran (delatando a las víctimas, por ejemplo).
Los espectadores son aquellos que conocen los crímenes en diverso grado (desde una vaga noción de que algo está sucediendo a un conocimiento detallado de las operaciones de exterminio), pero hacen poco o nada. Pueden contemplar el genocidio con benevolencia o con horror, pero eso no implica una participación activa.
Esta tríada ha quedado desactualizada ante el genocidio de Gaza. Ahora existen nuevos actores que no encajan, más que manera forzada, en los conceptos clásicos. ¿Quiénes son? Por utilizar términos coloquiales, los hinchas y los tontos útiles. Aunque probablemente siempre han existido, ahora son más sin duda y resulta mucho más fácil comprobar su existencia gracias a las redes sociales, que a su vez explican su aparición.
El hincha del genocidio es aquel que apoya o justifica los crímenes y reproduce el argumentario de las autoridades israelíes. Independientemente de las atrocidades que se denuncien, siempre responderá: “qué hay de los rehenes”, “antisemitismo”, “defiendes a Hamás”, “Israel es el último bastión contra la barbarie” o cualquier otro cliché. La novedad del hincha del genocidio es su falta de relación con el conflicto. Entre los civiles alemanes hubo muchos que defendieron el Holocausto como lucha existencial: o ellos o nosotros. Una abominación y un absurdo, pero al menos en Alemania había judíos que podían servir de justificación ideológica a ese miedo irracional. No es el caso en Gaza. Es más, en España pocos hinchas del genocidio perciben la destrucción de los gazatíes como algo necesario para garantizar su existencia. Simplemente se identifican con un ideario violento, islamófobo, xenófobo y racista en el cual el genocidio encaja perfectamente.
Junto al hincha, tenemos al tonto útil, que es aquella persona que lucha por una causa ajena sin entender muy bien los objetivos ni las ideas que subyacen a dicha causa y sin obtener un beneficio evidente del apoyo que proporcionan sin fisuras. Un ejemplo de manual de tonto útil es el de Aznar en la invasión de Irak en 2003. Tontos útiles son, hoy, todos los políticos que siguen defendiendo a Israel como un aliado y —al igual que los hinchas— reproduciendo parcial o totalmente su argumentario. O que se niegan a condenarlo. Con su actitud, suministran oxígeno a un régimen criminal cada vez más asediado internacionalmente. Hoy el Partido Popular ha decidido convertirse en tonto útil de un genocidio, contra la opinión, además, de buena parte de sus votantes.
Con cada crimen de lesa humanidad nos volvemos a enfrentar a lo inefable y lo incomprensible, es decir, a la dificultad de comprender y de contar el mal. Sería un error, sin embargo, pensar que la dificultad de comprender y de contar se limita a lo abiertamente terrorífico, el criminal de guerra o el político que organiza un genocidio. Sucede también con lo más banal: el hincha que apoya la masacre desde el sillón de su casa; el tonto útil desde su escaño en el Congreso. Y resultan quizá más perturbadores, porque, como dice el escritor Eduardo Halfon, espanta “más la desidia del hombre ante el horror que el horror mismo”. Y porque, al contrario que el francotirador de la IDF, el tonto y el hincha son nuestros vecinos.
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