Opinión
Ignorancia o complicidad ante la crisis climática

Por Pablo Núñez Yebra y Jeroen van den Bergh
Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales, Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB)
-Actualizado a
Con la trigésima cumbre del clima que se celebrará en Brasil en noviembre, cabe preguntarse por qué la derecha española sigue ignorando el cambio climático pese al claro aumento de fenómenos extremos como inundaciones, sequías, olas de calor e incendios forestales. Lejos de prestar atención a las advertencias científicas, se mantiene enrocada en un bloqueo sistemático de cualquier intento de acción climática eficaz en nuestro país. Los esfuerzos individuales voluntarios no bastan ante una crisis sin precedentes que exige regulación basada en la evidencia científica. Las soluciones duraderas requieren un liderazgo político responsable, que solo puede surgir en las democracias mediante una ciudadanía mejor informada sobre políticas climáticas eficaces.
No hace tanto, muchos en la derecha negaban rotundamente el cambio climático. Aún recordamos con espanto aquella frase de Mariano Rajoy y su primo científico en 2007 "¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?". Ahora que la negación es menos sostenible, el silencio la ha sustituido. No hay ningún beneficio político en hablar del cambio climático y sus causas, solo en discutir las consecuencias.
Mientras tanto, sus impactos no dejan de agravarse. En lo que va de año, los incendios forestales han arrasado más de 400.000 hectáreas en España y más de un millón en Europa, impulsados por olas de calor y sequías cada vez más extremas. Los costes económicos de su extinción y recuperación son enormes, mientras que la prevención y la adaptación serían mucho más rentables. Aun así, gobiernos autonómicos como el del PP en Castilla y León, la comunidad más afectada por los incendios del pasado verano, han reducido el gasto en prevención en un 86% entre 2009 y 2022. Resulta especialmente revelador que, en el último informe remitido a la UNESCO sobre el estado de conservación del paraje de Las Médulas, gravemente dañado por las llamas, el gobierno regional afirmara que los riesgos derivados del cambio climático y de los eventos extremos no eran relevantes.
La estrategia del PP frente a los incendios, como ya hicieron con las inundaciones de la DANA en 2024, ha consistido en culpar al gobierno central e intentar obtener rédito electoral, a pesar de que las competencias sobre prevención y extinción de incendios en España recaen en las autonomías.
Este patrón no es exclusivo de España. En todas las democracias, los partidos de derecha han obstaculizado sistemáticamente una política climática eficaz. Su resistencia es partidista y anticientífica, con el objetivo de obtener el voto popular y preservar el statu quo. Como mínimo, esto supone una traición al interés público. Dados los daños a largo plazo, raya el delito de lesa humanidad. Pero hasta ahora, la inacción climática no ha acarreado consecuencias políticas serias.
El problema de fondo es epistémico. La derecha política muestra un respeto selectivo por la ciencia: la acepta cuando aporta nuevas tecnologías o curas médicas, pero la rechaza cuando exige una transformación de la economía hacia la sostenibilidad. En materia climática, la evidencia científica se trata como una opinión más. Esta erosión de la confianza en los hechos socava la propia democracia. Un debate sano es esencial, pero cuando los hechos se vuelven negociables, la información se convierte en ruido.
La negación de la ciencia puede tener consecuencias desastrosas. El caso de Trofim Lysenko es ilustrativo: con el respaldo ideológico de Stalin, negó la genética mendeliana e impulsó sus teorías agrícolas pseudocientíficas en la Unión Soviética durante décadas, lo que contribuyó a la escasez de alimentos y las hambrunas que costaron millones de vidas. La negación del cambio climático puede tener un desenlace similar a largo plazo, con graves impactos sobre el suministro de agua y alimentos. Y aunque muchos agricultores y habitantes de zonas rurales votan a la derecha, deberían ser conscientes de que estos políticos no protegen sus intereses, ya que el cambio climático está aumentando los riesgos para los cultivos y los animales, como las sequías y las tormentas de granizo.
En todo el mundo, las democracias luchan por conciliar la ciencia climática con los incentivos políticos a corto plazo, trasladando así la responsabilidad hacia los individuos. Se pide a los ciudadanos que conduzcan coches eléctricos y reciclen más. Si bien la autolimitación es admirable, no puede resolver un problema global de acción colectiva. El cambio climático constituye el desafío definitivo del "freeriding" u oportunismo, que no se puede resolver mediante el altruismo ni el comportamiento ejemplar. Exige una regulación sistémica basada en la evidencia científica. Cada año de retraso conlleva daños irreversibles y costes crecientes que recaen injustamente sobre las generaciones futuras. Sin un cambio estructural, las emisiones no disminuirán; sin respeto por la ciencia, las democracias seguirán tomando decisiones irracionales que ponen en riesgo innumerables vidas.
Incluso bajo el actual gobierno de centroizquierda de España, la política climática sigue siendo secundaria. El Pacto de Estado contra el Cambio Climático anunciado por Pedro Sánchez el pasado 1 de septiembre, mucho más centrado en adaptación que en mitigación, pone de nuevo el cambio climático sobre la mesa, pero llega tarde y es insuficiente. Necesitamos instituciones que integren el conocimiento científico en la toma de decisiones políticas sin concesiones, y un debate público que exija cuentas a los líderes por su ignorancia e inacción deliberadas.
La prensa juega aquí un papel clave: contribuir a que la política beneficie a la sociedad a largo plazo, ya que influye en la comprensión de votantes y dirigentes sobre el cambio climático y, especialmente, sobre soluciones climáticas efectivas. No debe tratarse como un asunto partidista, sino como una emergencia global, con el mismo rigor y urgencia que se aplica a guerras y pandemias. En esta línea, los sistemas educativos también deben mejorar. La 'alfabetización climática' es esencial para que ciudadanos, empresas y políticos tomen decisiones informadas. Sin embargo, muchos programas educativos aún tratan el cambio climático como una nota a pie de página en lugar de como un desafío central para la civilización.
Es además decisivo que tanto los medios de comunicación como la educación vayan más allá del simple reconocimiento del cambio climático y contribuyan a fomentar una comprensión más profunda de qué políticas climáticas funcionan y cuáles no. Sin un cambio cognitivo y cultural en este sentido, las soluciones efectivas se enfrentarán a la indiferencia o la resistencia política.
Es innegable que hay mucho en juego. La humanidad no puede permitirse otra década desperdiciada. Si ciertos líderes políticos comprenden la ciencia, pero se niegan a actuar, serán cómplices del desastre. Si no la comprenden, son unos ignorantes. En cualquier caso, no se les debe confiar el poder. La inacción no es inocente ni excusable: es una decisión activa para degradar el clima y poner en peligro nuestro futuro común.

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