Opinión
La izquierda del cilicio y la vida cañón

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Cuando yo era pequeña los grandes estrenos cinematográficos llegaban con varios meses de retraso a los cines de mi ciudad de provincias. Esto hacía que fuera bastante difícil ser moderno, porque el resto del mundo nos llevaba ventaja, así que solo aquellos que podían viajar o tenían hermanos mayores que se iban de viaje de estudios a Londres estaban realmente al día. Sin embargo, como la mayoría de nosotros ignorábamos que no podíamos ser modernos, disfrutábamos inocentemente y con retraso los placeres de la cultura mainstream sin miedo a spoilers. Y así, aunque tarde, nos pilló totalmente por sorpresa que Vader fuera el padre de Luke y que Han Solo acabara congelado en carbonita cuando por fin se estrenó El Imperio Contraataca en el cine de mi barrio. Y sufrimos exactamente lo mismo con la tragedia de los Skywalker que cualquier chavalín de Winconsin, solo que nosotros lo hicimos un poquito más tarde.
Todo esto parece una marcianada -incluso a mí misma me lo parece a pesar de haberlo vivido-, en estos tiempos de redes sociales y streaming tan poco amigos aparentemente de guardar secretos. Y es que esta ilusión de inmediatez, de que todos vivimos lo mismo al mismo tiempo y en todas partes, nos ha hecho creer que ya nada nos separa del chavalín de Winconsin. Pero nos equivocamos, porque ese chavalín está viviendo ahora mismo lo que es bastente probable que muchos de nosotros vayamos a experimentar dentro de un par de años en esas ciudades de provincias en las que se han convertido la mayoría de los países de la Unión Europea. Solo que hoy en día la historia viene ya con los spoilers incorporados. Para que nadie luego se eche las manos a la cabeza.
Que el 2026 iba a venir chungo, con pronóstico de ser chunguérrimo, nos lo adelantaron primero los vecinos de Badalona y Villamanín, y nos los confirmaron después Trump en Venezuela y Macron en Bukina Faso. Pero pocos vimos venir el ridículo absoluto del Partido Popular aplaudiendo primero que Trump se ciscara en el Derecho internacional para después rectificar y decirnos que se iban a retirar al rincón de pensar para ver qué les había parecido todo esto después de que Washington se aliara con el chavismo. El hecho indiscutible de que todos los consensos, pactos y ficciones simbólicas construidas a partir de 1945, y que cimentaron el mayor período de paz y prosperidad vivido en Europa, sean ya solo papel mojado, o que el propio Trump amenace abiertamente con anexionarse territorios europeos, les ha parecido irrelevante a los señores populares. Porque para ellos la línea de lo tolerable la marcaba que Machado fuera presidenta de Venezuela y que Sánchez acudiera a la Pascual Militar. Las prioridades de los conservadores españoles están bastante claras y no es que estén haciendo mucho por disimularlas.
Y sin embargo la izquierda patria se muestra incapaz de parar a estas derechas tan torpes como reaccionarias. Y ya no es solo que la izquierda no levante cabeza, es que ahora mismo ni siquiera sabemos si está o si, al menos, tiene intención alguna de hacer acto de presencia en algún momento de la trama. Con una derecha arrojada a los brazos del populismo reaccionario -el liberalismo murió durante la crisis del 2008, solo que no fue consciente de que estaba muerto hasta la pandemia-, unas cifras económicas que nos sitúan al frente del motor europeo, unos Estados Unidos desatados en manos de un demente narcisista, esto es, con todo a su favor, la izquierda española, incluso gobernando, es incapaz de salir de su estupor y de superar su irrelevancia.
Atrapada en la trampa de la eterna y desmovilizadora discusión sobre su unidad -como si todavía estuviésemos en tiempos del 15M-, y sobre todo presa del derrotismo y la falta de ambición y visión de futuro, la izquierda parece haber apostado toda su supervivencia y razón de ser en convertirse en la vara que sostiene al sanchismo. Lo que de facto no tendría nada de malo per se en tiempos de urgencia histórica y ética -donde la prioridad se sitúa en parar al fascismo y la reacción antes de que acaben con todos los avances y derechos conseguidos desde la Revolución Francesa-, si no fuera porque en el camino la izquierda española parece que se ha olvidado de su razón de ser: no solo ser una fuerza de transformación y cambio social sino también una herramienta para generar ilusión, establecer lazos y combatir el derrotismo, el conformismo, el individualismo y la sentimentalidad que alimentan los fascismos.
Pero la reacción y el populismo facha nos tienen distraidos, bailando al ritmo de sus guerras culturales. Unas guerras que no son otra cosa que una mezcla de los pánicos morales, los resentimientos, los prejuicios y los intereses de quienes han visto cómo los avances sociales y la consolidación de los derechos de la mujeres y de las minorías han ido moviéndoles poco a poco la silla y arrinconando sus privilegios. Y cada una de estas guerras culturales ha sido diseñada con el principal objetivo de dividir a la sociedad y provocar fricciones, desconfianza y desapego mediante ficciones, exageraciones y mentiras más o menos descaradas. Con ellas se ha ido generando un estado de ánimo, una hegemonía en la que los intereses particulares y los valores tradicionales vuelven a estar en el centro de la conversación pública, poniendo en duda cuestiones tan básicas como el derecho a las pensiones -disfrazado de falsa guerra generacional- o nuestro derecho a tener una vida próspera y feliz esto es, una vida cañón, mientras nos entretenemos discutiendo cómo debemos felicitarnos las fiestas o nos despellejamos vivos en X.
Incapaz de romper y transcender el marco castrador y establecido de antemano por las guerras culturales, que nos quieren vender un estado de ánimo -el derrotismo y el conformismo- y una revancha -la del patriarcado y las élites-, la izquierda ha caído de lleno en su trampa y a duras penas puede esquivar los golpes, distraída en despejar los balones que le llegan de todos lados que la han convertido en una izquierda triste, inane, incapaz de ilusionar y de trasmitir a la opinión pública las pequeñas y las grandes victorias alcanzadas en estas dos últimas legislaturas. Una izquierda de cilicio y sacristía, ensimismada en su propia miseria y pequeñez, sin ambición y con miedo a incomodar.
Y como en todo profecía autocumplida, la falta de ambición y la suicida apuesta por la discreción en un momento en el que se están saltado todas las líneas rojas y en el que la reacción ya ni siquiera trata de disimular sus sueños de volver a tiempos predemocráticos y preilustrados, se han convertido en el principal lastre de la izquierda para recuperar la hegemonía social y pararles los pies a los fascismos. Porque nos hemos olvidado de que esto últino no solo es posible sino que tiene que ser la prioridad de cualquier proyecto político democrático y emancipador en estos tiempos de urgencia y crisis.
Y así, frente a las ficciones sentimentales y viscerales de la Reacción, la izquierda y los sectores progresistas, que en la actualidad son todos los agentes políticos que todavía defienden la vigencia de las instituciones democráticas y la necesidad de defender el Estado de Derecho, tienen que aprender a superar el ruido y la furia y confrontar las guerras culturales con propuestas y políticas ambiciosas y valientes que mejoren las condiciones materiales de vida de la ciudadanía, pero que también refuercen los lazos comunitarios y sirvan de contrapeso a la propaganda reaccionaria.
Sería, por tanto, una verdadera lástima que la izquierda española desaproveche esta ocasión para reinventarse -más allá de la sempiterna ensalada de siglas y las peleas para asegurarse los puestos de salida- y que renuncie a asumir de una vez por todas su papel y su responsabilidad histórica y ética para frenar el avance del fascismo y el populismo reaccionario en nuestro territorio. Una torpeza imperdonable además en tiempos de spoilers que nos anuncian no solo que en aquellos lugares en los que ya gobiernan la Reacción y la Ilustración Oscura se está viviendo un movimiento pendular de rechazo y arrepentimiento, sino que además, como ejemplificó Mamdani en Nueva York, si aprendemos a guardar los cilicios, a sonreír y a preocupamos por la gente, podemos ganar. Hagamos entonces que el desánimo y la tristeza cambien otra vez de bando y atrevámonos a vivir la vida cañón.

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