Opinión
El juicio de Aurora

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
-Actualizado a
La historia de Hildegart Rodríguez y su madre, Aurora Rodríguez Carballeira, no es fácil de contar. Tiene tantas capas y aproximaciones posibles que abruma. Juntas y por separado, ambas mujeres presentan unas personalidades y unos perfiles históricos densos, en el sentido de cargados de significados y, en consecuencia, de interpretaciones posibles. Lo que pasó entre ambas y la ligazón de sus respectivas existencias con su época, convierten su historia en un ángulo privilegiado desde el que observar un tiempo clave del pasado siglo que, por lo demás, proyecta ecos interesantes sobre nuestro presente. Cien años nos separan de ellas y, sin embargo, el tiempo histórico de Aurora y Hildegart Rodríguez nos interpela en términos contundentes. Inestabilidad institucional, confrontación social y belicismo conjugan las rimas de su época con la nuestra.
Hablamos del ocaso de la Dictadura de Primo de Rivera de la mano de la deslegitimación progresiva de la monarquía en España y del desgaste político de quien la encarna, Alfonso XIII, otro Borbón huido, como su nieto Juan Carlos. Hablamos también de la llegada de la Segunda República y de la transformación de un sistema parlamentario con un voto restringido y una capacidad de representación limitada en otro sistema -con el paréntesis de la dictadura avalada por el Borbón- en el que pugnan (y compiten) por lograr representación asuntos que emergieron como grandes problemas sociales a finales del siglo XIX: la cuestión de la mujer, la cuestión obrera y la organización territorial del Estado. Y hablamos de unas izquierdas diversificadas (y enfrentadas) que abarcan desde un socialismo reformista hasta opciones anarcosindicalistas y revolucionarias.
La historia de la creación y la destrucción de Hildegart a manos de su madre, Aurora, transcurre en ese escenario y evoca con tanta fuerza el mito de Pigmalión que es casi imposible no ficcionarla al recrearla. Eso, precisamente, es lo que hace Paula Ortiz en la película que dirige, La virgen roja, para Prime Video, y cuyo guion firman Eduard Solà y Clara Roquet. Una película de gran factura y ambición de llegar a públicos muy diversos en la que, tal vez en parte por esa misma ambición, el contexto histórico es más un decorado que un verdadero entramado y los personajes aparecen depurados, estilizados y como aplanados, tanto en lo existencial como en lo mundano.
Sobre la estilización, no es cuestión menor el hecho de que Aurora y Hildegart fueron mujeres con unas complexiones físicas mucho más cercanas al canon de belleza de su época que de la nuestra, y envolvieron sus cuerpos de una austeridad que declaraba sus intenciones e ideas. Sorprende, en la película, encontrar a Aurora encarnada por una Najwa Nimri maquillada y embellecida de un modo que la acerca mucho más a una femme fatale (siempre de negro, pero muy femme fatale) que a una mujer cuyo gusto por los tonos oscuros sintonizaba infinitamente más con, por ejemplo, la imagen de Concha Arenal (otra reformadora), que la de Mata Hari.
Al margen, sin embargo, de consideraciones que tienen seguramente que ver con los gustos artísticos de la directora y la necesidad de convertir una producción de estas características en interesante y seductora, al margen incluso de imprecisiones y omisiones que un guion perfectamente bien ejecutado diluyen, el hecho de que el conflicto entre las dos mujeres se formule como la confrontación entre una madre posesiva y egoísta y una hija que encuentra en la conciliación entre el amor y el compromiso político la fórmula para lograr una libertad que le está vetada como mujer en su época y de la que su propia madre tampoco le deja disfrutar, da lugar a una versión que adultera la historia real. Se me dirá que ésta ha sido ficcionada y utilizada para basarse en ella, sin ánimo de reproducirla tal y como fue, concediéndose los guionistas en consecuencia amplias licencias. La cuestión es si es legítimo, en alguna ocasiones, obrar de esa manera. Puede serlo, pero también creo que lo es criticar fórmulas narrativas como esa.
Los conflictos entre Hildegart y Aurora tuvieron una índole ideológica, política, filosófica, existencial y emocional. El afán de Hildegart por adquirir la libertad necesaria para seguir profundizando en su propio pensamiento político y por cobrar autonomía, su interés por estrechar vínculos con Havelok Ellis y con H.G. Wells y sus deseos de relacionarse con otros seres humanos fuera del estrecho y asfixiante círculo creado por Aurora, hicieron que la joven contestara la autoridad de una madre que de manera creciente albergaba sospechas paranoicas sobre la apropiación por parte de terceras personas de la mente (y es difícil saber hasta qué punto del cuerpo) de su hija.
Esta nueva versión cinematográfica de la vida y la muerte de Hildegart otorga una importancia desmedida al amor romántico que la joven filósofa pudo experimentar por un hombre que en un determinado momento despertó especialmente su interés. Resultan muy chocantes el vestido rojo de satén (y esas escenas amaneradas en un código más publicitario que cinematográfico) y el club de jazz (que recuerda más a Brooklyn que al Madrid de los primeros años treinta) como elementos atmosféricos para construir la trama romántica en el film. Pero lo que resulta más enojoso que chocante es que en la película Aurora dispara a su hija estando ésta despierta, cuando en su versión, la única que tenemos y de la que no hay razones para dudar -pues Aurora se confesó culpable desde el primer momento- Hildegart dormía. En el film, Aurora dispara un primer balazo a su hija en el pubis, a pesar de que es sabido que Hildegart recibió dos disparos de bala en la cabeza y un tercero en el pecho. La película apunta a una crueldad que Aurora no tuvo con su hija en el momento de darle muerte. Aurora fue ninguneada en el juicio, este film -siempre bajo mi punto de vista- la vuelve a ningunear, al menos con relación a ese aspecto.
Por lo demás, el excesivo protagonismo de la trama romántica nos hurta la posibilidad de entender el ansia de libertad de Hildegart como un deseo de adquirir autonomía para desarrollar un proyecto intelectual y político heterodoxo y complejo, que trataba de aunar marxismo, republicanismo y acción revolucionaria en una España inestable en la que amplias capas de la incipiente ciudadanía estaban aún por politizar, entre otras, las mujeres. La encendida defensa de su género que la película muestra, por ejemplo, carece del complejo contexto intelectual en el que Hildegart pudo llevarla a cabo pues la joven filósofa, como tantas otras, se oponía al sufragio femenino. Ignorar por ejemplo esta cuestión contribuye a, como dije más arriba, aplanar y presentar una versión muy sintética y empobrecida del personaje y la política de la época.
Finalmente, el juicio a Aurora, que en la película no aparece ni tiene porqué hacerlo - aunque personalmente encuentro que es uno de los capítulos más interesantes de toda esta historia- vino a escenificar el papel de las elites en el despliegue de un argumentario que enfrentaba dos formas de entender la psiquiatría, dos maneras de comprender al ser humano y la sociedad y, por ende, dos concepciones políticas antagónicas. Del lado de la acusación, se insistió en que Aurora era responsable de sus actos, mientras que del lado de la defensa, se procuró eximirla de responsabilidad, al considerar sus conductas resultado de un delirio. Que se impusiera la tesis de la acusación supuso una enseñanza muy relevante para la ciudadanía de la época, a la que de algún modo se le trasladó la idea de que los seres humanos y, especialmente las mujeres, enloquecían cuando estudiaban en exceso y, sobre todo, cuando abrazaban ideas izquierdistas. Ojalá veamos pronto una película sobre la posteridad de Aurora como algo más que una criminal parricida; sobre su condición de mujer enferma y sobre su lugar en la construcción simbólica del adversario que movilizarán a partir de 1936 las derechas y sus aliados golpistas. Ojalá un juicio esta vez histórico -realista pero compasivo- a Aurora a través del que poder entender los vericuetos de su psique dañada y lo que vino a simbolizar su vida en la España interesadamente dividida por las derechas de entonces.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.