Opinión
La Junta de Paz, ¿comienzo del nuevo orden?

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
La primera reunión de la denominada Junta por la Paz se inscribe en un contexto internacional caracterizado por la progresiva erosión del multilateralismo clásico y la proliferación de formatos ad hoc de gobernanza global. Lejos de ser un mero foro técnico orientado a la estabilización de escenarios de posconflicto, su puesta en marcha tiene un profundo significado político con el objetivo de consolidar mecanismos paralelos de gestión de la paz al margen de las estructuras institucionales tradicionales, particularmente Naciones Unidas. En este sentido, su existencia no solo interpela a la gobernanza de conflictos concretos, sino que refleja una transformación más amplia del orden internacional hacia fórmulas más flexibles, selectivas y geopolíticamente instrumentalizadas.
La Junta por la Paz debe entenderse, ante todo, como una iniciativa situada en la intersección entre diplomacia, poder estructural y narrativa política, todo ello liderado por Washington. Su primera reunión constituye un gesto performativo que proyecta liderazgo y capacidad de acción en un momento en el que los organismos multilaterales son percibidos por determinados actores como lentos, bloqueados o incapaces de ofrecer soluciones eficaces a crisis complejas. En ese vacío relativo de gobernanza, la creación de plataformas alternativas permite reconfigurar los espacios de decisión internacional, desplazando el centro de gravedad desde instituciones universales hacia coaliciones políticas más restringidas.
Desde esta perspectiva, el uso que Donald Trump pretende hacer de la Junta por la Paz responde a una lógica estratégica coherente con su visión transaccional del orden internacional. Este es quizás el primer paso concreto en el proceso del desmantelamiento de las instituciones multilaterales y su sustitución por estructuras controlables política y económicamente en un ejercicio de patrimonialización de las instituciones internacionales. La idea subyaciente detrás de la Junta por la Paz pretende articular procesos de reconstrucción, estabilización y coordinación internacional en torno a agendas definidas desde el liderazgo estadounidense, reduciendo la dependencia de marcos institucionales donde el equilibrio entre potencias diluye la capacidad de iniciativa de Washington. Bajo la retórica de la paz, se configura así un instrumento de influencia que combina legitimidad discursiva y proyección geopolítica.
Este tipo de iniciativas contribuye, de facto, a la fragmentación del orden multilateral. La proliferación de foros paralelos genera una arquitectura internacional más dispersa, donde la autoridad normativa se ve progresivamente sustituida por lógicas de poder y por la capacidad de convocatoria de determinados actores. La paz, en este contexto, deja de ser exclusivamente un objetivo normativo para convertirse también en un espacio de competencia estratégica, donde los mecanismos de reconstrucción y estabilización se integran en dinámicas más amplias de reposicionamiento geopolítico.
Uno de los elementos más reveladores de esta primera reunión está siendo la configuración de la presencia europea. En un inicio, la participación parecía limitada a Estados miembros como Hungría y Bulgaria, cuyas posiciones en política exterior suelen situarse en los márgenes del consenso europeo. Sin embargo, la decisión de que el ministro de Asuntos Exteriores italiano, Antonio Tajani, acuda finalmente en representación de Italia introduce una variable política de especial relevancia para comprender la dinámica interna de la Unión Europea.
La asistencia de Tajani resulta particularmente significativa si se tiene en cuenta que, a principios de febrero, Roma había expresado reservas claras sobre la iniciativa, señalando su posible conflicto con el marco constitucional italiano y con su tradicional alineamiento con el multilateralismo institucionalizado. Esta posición se situaba en sintonía con la cautela mostrada con el resto de actores europeos y singularmente con Berlín, configurando una línea de prudencia frente a la legitimidad y el encaje jurídico de la Junta por la Paz. La decisión de participar rompe, por tanto, la coherencia de ese posicionamiento previo y evidencia hasta qué punto la presión por no quedar al margen de los nuevos espacios de decisión internacional está condicionando las posturas nacionales de los Estados miembros.
Desde la óptica de la integración europea, este episodio vuelve a poner de manifiesto la persistente ausencia de una unidad de acción en política exterior. La Unión Europea continúa aspirando a desempeñar un papel de actor normativo comprometido con el derecho internacional y el multilateralismo, pero su práctica diplomática se caracteriza por la agregación de decisiones nacionales divergentes. La presencia italiana, sumándose a la de otros Estados miembros, quiebra la imagen de coordinación que Roma y Berlín habían mantenido en semanas anteriores y refuerza la percepción de una Europa fragmentada y estratégicamente ambigua.
Esta fragmentación se manifiesta en distintos planos. En el plano político, los Estados miembros divergen en su interpretación de la Junta por la Paz, si para algunos constituye un instrumento pragmático que permite influir en los procesos de reconstrucción y estabilización, para otros representa un mecanismo que erosiona el multilateralismo y debilita la centralidad de Naciones Unidas. En el plano estratégico, la participación desigual reduce la capacidad de la UE para articular una posición común y limita su margen de influencia en el diseño y la orientación de la propia iniciativa. Y en el plano simbólico, la falta de cohesión proyecta una imagen externa de descoordinación que afecta a la credibilidad de la UE como actor global. Y todo ello en un momento donde se discuten las vías para avanzar en una auténtica soberanía estratégica.
Además, la presencia europea más allá de Hungría y Bulgaria introduce un elemento de legitimación indirecta de la propia Junta. Incluso si la participación se presenta como técnica o limitada, el hecho de que Estados miembros relevantes acudan al foro contribuye a normalizar su existencia dentro del ecosistema de gobernanza internacional. Esto sitúa a la Unión Europea ante un dilema clásico entre pragmatismo e identidad normativa, bien participar para influir desde dentro, bien mantener distancia para preservar la coherencia con el multilateralismo institucional. La decisión italiana parece inclinarse hacia la primera opción, aun a costa de tensiones internas y de la ruptura de posiciones previamente sostenidas junto a Alemania.
En términos más amplios, la Junta por la Paz debe interpretarse como un síntoma de la transformación del orden internacional hacia una gobernanza más flexible, fragmentada y competitiva. La creación de estructuras ad hoc para la gestión de conflictos refleja tanto la crisis de eficacia de los marcos multilaterales tradicionales como la voluntad de EEUU para reconfigurar las reglas del juego internacional. En este escenario, la idea de la pasa es utilizada como instrumento de instrumento de liderazgo global, susceptible de ser utilizado para reforzar posiciones estratégicas y para redefinir los espacios de legitimidad política, algo que ratifica las acciones que está desarrollando EEUU en el ámbito de la política exterior desde la llegada de Trump a la Casa Blanca.
En definitiva, la primera reunión de la Junta por la Paz trasciende su dimensión inmediata y se convierte en un indicador del reordenamiento del sistema internacional y de las limitaciones estructurales de la acción exterior europea. La iniciativa, potencialmente utilizada por Trump como herramienta de liderazgo y de reconfiguración del multilateralismo hacia formatos más funcionales y controlables, contribuye a desplazar los centros de decisión fuera de las instituciones tradicionales. Al mismo tiempo, la participación europea fragmentada, con la presencia italiana pese a sus reservas iniciales y en ruptura con la cautela compartida con Berlín, vuelve a evidenciar la dificultad de la Unión Europea para articular una voz única en cuestiones estratégicas de alto impacto.
Más que un simple foro de paz, la Junta aparece así como un laboratorio político en el que se ensayan nuevas formas de gobernanza internacional al margen del multilateralismo clásico. Y, de nuevo, la reacción europea confirma una constante de su política exterior: la tensión permanente entre principios normativos y pragmatismo geopolítico, que se traduce en una acción exterior fragmentada y en una pérdida relativa de capacidad de influencia en un orden internacional cada vez más competitivo y en transformación

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