BORBOLANDIA
Leo va a la Uni
Periodista y escritora
-Actualizado a
Estamos deseando ver el nuevo álbum de fotos que ya prepara la prensa dinástica para informarnos del estreno universitario de la ciudadana Leonor Ortiz. El look estudiantil estará muy estudiado; el chófer, la comitiva de escoltas y los organizadores del protocolo fuera del foco, y un seleccionado grupo de estudiantes alrededor de la nueva alumna, muy orgullosos de compartir pupitre con toda una princesa que, sin duda alguna, va a aprobarlo todo con excelentes notas y la mitad de la mitad de esfuerzo.
Dicen las malas lenguas bien informadas de la Carlos III que a los profesores seleccionados ya se les ha advertido de que la señorita tiene que sacar la carrera asistiendo solo dos días a la semana a clase de determinadas asignaturas, y seguramente a los docentes no les importará a cambio de poder alardear dentro de unos años en las sobremesas de haber dado clase a la reina de España. Habría que saber si el resto de alumnos de esas mismas asignaturas va a aprobar asistiendo solo dos días.
¿No sería mejor haberla matriculado en la UNED, y así se apañaría ella el tiempo de clases y de estudio? Por supuesto que no. Demasiado discreto. Se necesita propaganda, y nada mejor para proporcionarla que una universidad presuntamente progresista que, encima, lleva el nombre del único Borbón que salva mínimamente la cara, aunque Carlos III solo cuenta con la ventaja de haber disfrutado de una mejor campaña de márquetin. Nada es casualidad en la Zarzuela, y la peligrosa camarilla ultraderechista que ha reunido Felipe de Borbón para asesorarse sabe manejar muy bien estas cosas.
Matricularla en la Juan Carlos I se desaconsejó. El cachondeo quedaría servido en bandeja, y dado el desprestigio que acarrea la Universidad desde el escándalo del máster falsificado de Cristina Cifuentes (PP) gracias al servilismo de catedráticos y profesoras que se prestaron a falsificar firmas y documentos para engordar currículos, Leonor ya sería sospechosa desde el principio.
En 2021, el sevillano Carlos Gil recibió el reconocimiento a la mejor tesis del año del Consorcio Europeo de Investigaciones Sociológicas por su trabajo Rompiendo la meritocracia desde la puerta de salida: desigualdad social en la formación de habilidades y la elección de escuela. El sociólogo expone en su tesis por qué a los malos estudiantes de las clases altas nunca les va mal, y así deja claro que la meritocracia es un fraude.
Los miembros de la familia real no era necesario que se formaran, y solo a partir de los hijos de Juan Carlos y Sofía comenzaron a cuidarse las apariencias. Los tres niños pasaron por la universidad para engrosar el currículo con algo que les diera lustre intelectual.
Se pregunta Carlos Gil “¿qué pasa con los que vienen de arriba y tienen una habilidad baja o no se esfuerzan tanto?”. Pues que, lamentablemente, el 90 por ciento de ellos triunfa pese a ser unos zoquetes o unos vagos. Y en el caso de la familia real triunfa el cien por cien. Quizás alguno o alguna haya destacado de verdad, pero nunca lo sabremos.
Los miembros de la familia real no era necesario que se formaran, y solo a partir de los hijos de Juan Carlos y Sofía comenzaron a cuidarse las apariencias. Los tres niños pasaron por la universidad para engrosar el currículo con algo que les diera lustre intelectual. Bien es cierto que, hicieran lo que hicieran, estudiaran lo que estudiaran, iban a aprobar, y que, en el caso de Elena y Cristina, no ejercerían de nada de lo estudiado porque ya estaban esperándolas puestos muy bien remunerados en grandes empresas a las que no les costaba y no les cuesta aún hoy más allá de unos cientos de miles de euros al año tenerlas en nómina a cambio de utilizarlas como reclamo publicitario.
Si Leonor sale un poco zoquete nunca nos vamos a enterar. Contará con la complicidad de alumnos a los que les gustará codearse con ella, de profesores fáciles de asimilar a la causa monárquica y de periodistas que silenciarán los datos a los que hayan podido acceder.
La humilde opinión de esta cansina republicana que suscribe es que a Leonor habría que meterle en la mollera todas las calamidades en materia de enseñanza que ha traído la dinastía Borbón a este país, sobre todo para que entienda el rechazo más que justificado hacia ella y toda la parentela que la precede. Pero, sobre todo, para que se entere de todas las zancadillas que su familia ha puesto a las mujeres que quisieron estudiar, y toda la represión dirigida contra catedráticos y profesores a los que se les prohibió la libertad de cátedra; Borbones cazurros prohibiendo enseñar a los catedráticos. ¿De qué nos extrañamos?
El primer rey que intentó en este país trabajar por una educación pública y de calidad fue José I Bonaparte, un rey que nos llegó con la carrera de Leyes terminada y licenciado en Derecho Civil y Canónico. La enseñanza fue una de sus mayores preocupaciones cuando llegó al trono, y dada la situación crítica en la que se encontraba creó un Ministerio del Interior que se empleó especialmente en el fomento de la instrucción pública y que intentó desarrollar “un plan general que incluyera desde las primeras letras hasta las altas ciencias, enlazando todas las partes de la enseñanza pública”.
El del rey José I fue uno de los escasos intentos progresistas de instalar mejores sistemas educativos, y a la vista está que fracasaron todos por culpa de los Borbones en el siglo XIX o de los pseudosocialistas de Felipe González en el XX.
Porque aquel rey “intruso”, aunque mucho menos advenedizo que cualquiera de los Borbones, fue el primero en llevar a cabo una crucial reforma educativa, introduciendo liceos y regulando por primera vez, el muy loco, la educación femenina en España. Solo por eso, la multinacional católica y los conservadores tenían claro que a ese tipo había que echarlo.
El del rey José I fue uno de los escasos intentos progresistas de instalar mejores sistemas educativos, y a la vista está que fracasaron todos por culpa de los Borbones en el siglo XIX, por culpa de Franco a partir del golpe de Estado de 1936, por culpa de los políticos franquistas que nos organizaron la transición en los años setenta, y por culpa de los pseudosocialistas de Felipe González a partir de los años ochenta. De todo ello da buena cuenta el periodista Jesús Pozo en su libro La mala memoria, sobre la pobreza, la Iglesia y la represión en los colegios del franquismo. El libro es un magnífico recorrido por todas las piedras puestas en el camino para frenar los intentos de progreso educativo. La enseñanza de calidad y laica tiene demasiados enemigos en este país como para haber podido ganar ni una sola batalla.
José Bonaparte intentó darle la vuelta a la enseñanza creando liceos, academias que formaran a maestros y escuelas públicas a cargo del Estado para sacar la educación de conventos y monasterios. Puesto que el plan del Bonaparte era extraordinario para el progreso del país, los diputados de las Cortes de Cádiz que se pusieron a elaborar la Constitución de 1812 se fijaron en su proyecto de Instrucción Pública. A los diputados no les gustaba el rey, pero sí les gustó la idea del rey, así que se dio la bonita paradoja de que entre 1810 y 1813 tanto las Cortes en Cádiz como el rey José I en Madrid estuvieran intentando sacar adelante una ley idéntica para abordar una reforma educativa. El objetivo común era que la educación no fuera tanto un derecho de los españoles, como una obligación del Estado.
Borbones e Iglesia, la dañina alianza de trono y altar, impidieron que se materializara la primera ley de Instrucción Pública que pudo haber tenido este país. No fue posible ni con Pepe ni con la Pepa porque los zoquetes de los españoles echaron a José I e instalaron al Borbón Fernando VII.
Ni que decir tiene que José Bonaparte era cien veces más listo que todos los diputados de las Cortes de Cádiz juntos, que pretendieron hacer una reforma educativa con un Borbón en el trono. Lógicamente, todo quedó en agua de borrajas. Borbones e Iglesia, la dañina alianza de trono y altar, impidieron que se materializara la primera ley de Instrucción Pública que pudo haber tenido este país. No fue posible ni con Pepe ni con la Pepa porque los zoquetes de los españoles echaron a José I e instalaron al Borbón Fernando VII, que entregó de nuevo la educación a la Iglesia y restableció el Tribunal de la Inquisición.
Durante el trienio liberal, que como su propio nombre indica duró tres años, de 1820 a 1823, los políticos intentaron recuperar el proyecto de Instrucción Pública que había dejado muy avanzado las Cortes de Cádiz, y que ahora pretendía formar a los niños como futuros ciudadanos que afianzaran el sistema liberal recién creado. Fue entonces cuando Fernando VII se vio obligado a firmar la Constitución de 1812 y dijo aquello de “marchemos firmemente, yo el primero, por la senda constitucional”. Y resultó que los mismos liberales idiotas que pidieron el regreso del Borbón en 1814, volvieron a creer en él en 1820, hasta que tres años después, vuelta a fusilar liberales. Los progresistas son los únicos animales que tropiezan dos, tres, cuatro, cinco veces en la misma piedra.
En tres años poco o nada pudieron hacer. La preocupación era enorme dada la ignorancia del país, el analfabetismo insoportable y la superstición religiosa, y para arreglar todo eso se hubiera necesitado tiempo. El político liberal Juan Romero Alpuente dijo que la enseñanza era el “arma única con que se defiende un Estado liberal”, y que de ella “dependía la consolidación del sistema constitucional”. Error otra vez. La consolidación del sistema constitucional solo dependía de que apartaran de un guantazo al Borbón Fernando VII y a su brazo armado, la Iglesia católica.
Se hicieron muchos esfuerzos, intentando instalar en todos los pueblos de la monarquía escuelas de primeras letras con maestros preparados, porque este ha sido siempre el principal obstáculo: para enseñar a los alumnos se necesitaban maestros que supieran enseñar, y en este país nunca fue prioritario, salvo con José Bonaparte, con las Cortes de Cádiz, con el Trienio Liberal y con la Segunda República la preparación de maestros. Para los Borbones los buenos maestros son innecesarios. Ya adoctrinaban los curas.
No fue posible avanzar durante el siglo XIX y, aunque se intentó, tampoco se pudo en el XX. La educación fue (y quede dicho así, en pasado, porque ya no lo es) la principal batalla de los progresistas, que, no es casualidad, eran republicanos. Primeras figuras luchadoras como Benito Pérez Galdós, cabeza de lista de la coalición socialista y republicana en las elecciones de 1910, tuvieron como principal objetivo la consecución de la República, porque traería de la mano la reforma de la enseñanza y, a la vez, esta reforma reforzaría el principal pilar de cualquier nación: la educación.
Galdós apostaba por cambiar la actitud de los españoles con la política, evitando la revolución violenta, pero las buenas intenciones no suelen funcionar porque quienes buscan frenar cualquier progreso o reforma educativa siempre han prescindido de la política y han utilizado medios violentos (Inquisición, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII, Primo de Rivera, Franco…). En palabras del diputado Benito Pérez Galdós recogidas por el diario El Liberal en diciembre de 1909: “Los republicanos tenemos ahora una gran misión que cumplir, y es la de republicanizar a España. Aprovechemos la ocasión. Hagamos la revolución en las conciencias para luego hacer la política. Frente a cada escuela católica hay que levantar una laica. La mayoría de los Ayuntamientos presupuestan grandes cantidades para las asociaciones religiosas dedicadas a la enseñanza. Este es el mayor estigma y el más elocuente ejemplo de nuestro atraso”.
Y seguimos en el mismo punto. No solo no hemos avanzado, sino que el retroceso se empieza a palpar.
Cuando Franco dio el golpe de Estado, fueron los curas los primeros en señalar a los maestros que había que depurar y asesinar. El terrorismo de Estado es propio de la Iglesia.
Por no dejar de mencionarlo, llegó después el intento republicano de 1931 de acometer una reforma educativa progresista y laica. El mejor que podíamos desear y el mejor organizado. La República dejó muy claro en la Constitución de 1931, en su artículo 26, que ni el Estado ni los municipios mantendrían a ninguna iglesia, que se acabó mantener la nómina insostenible de curas, monjas, cardenales y obispos, y de financiar conventos, monasterios, iglesias y colegios de la secta católica; se disolverían las órdenes religiosas que se negaran a someterse a la autoridad civil; ninguna podría dedicarse a la enseñanza, y, por supuesto, las centenares de filiales de la multinacional… franciscanos, benedictinos, carmelitas descalzos, gamusinos calzados y demás tribus tendrían que pagar impuestos como todo hijo de vecino.
Y, por supuesto también, ni la ultraderecha ni la Iglesia iban a permitirlo, por eso cuando Franco dio el golpe de Estado fueron los curas los primeros en señalar a los maestros que había que depurar y asesinar. El terrorismo de Estado es propio de la Iglesia. En realidad, la Iglesia ha sido una banda terrorista desde la Inquisición.
La República creó aquellas misiones pedagógicas en las que grandes intelectuales formaron todo lo rápido que se pudo a maestros que llegaran a todos los rincones de España para acabar con el analfabetismo. Y llegaron a 7.000 pueblos y aldeas, y se crearon más de 5.500 bibliotecas, y se abrieron escuelas… y por todo esto Franco y la Iglesia depuraron con el golpe de Estado a 50.000 maestros y maestras. Se llevó a cabo una increíble reforma educativa, se dignificó a los maestros y se promocionó la cultura a una velocidad increíble, porque ese es el objetivo de cualquier nación moderna.
Siempre hay que volver a las palabras del historiador Josep Fontana: “Confieso que nunca he entendido que se pueda valorar del mismo modo una República que formó maestros, abrió escuelas y creó bibliotecas públicas en los pueblos, y un régimen militar que asesinó a maestros, cerró escuelas y quemó libros”.
Es fácil de entender, solo hay que echar un vistazo por el retrovisor y ver la lucha de Borbones, Iglesia y conservadores contra la educación libre y laica. Por si acaso a Leo no se lo cuentan ni en casa ni en el cole de la Uni, en una futura entrega le pasaremos por aquí unos apuntes sobre lo mucho que han luchado los Borbones contra el progreso educativo de este país.
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