Opinión
El macarthismo sionista y el efecto Streisand

Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
Una cosa es armar y proteger a quien comete un genocidio, y otra, criticarlo. En Reino Unido, en Alemania y en gran parte de Europa, es mucho más grave lo segundo. Es lo que se empeñan en demostrar una y otra vez los Estados que persiguen sin descanso cualquier crítica a Israel, cualquier acción contra las políticas y la industria del genocidio. Tratando de situar el problema en la insurrección contra la guerra y no en la guerra de exterminio en curso, de la que, efectivamente, son cómplices.
El episodio acaecido este pasado fin de semana en el festival de música de Glastonbury, en Reino Unido, muestra cómo Israel ha perdido ya definitivamente el relato. La debilidad de la propaganda sionista cada vez se le vuelve más en contra, como un bumerán, con un efecto Streisand que les devuelve el golpe multiplicado por mil. La persecución contra el grupo norirlandés Kneecap por haber exhibido una bandera de Hizbulá en un concierto no ha hecho sino popularizar todavía más a este grupo, que no para de llenar estadios enteros y de multiplicar su impacto internacional. El juicio contra Mo Chara, uno de sus cantantes, se convirtió en una causa en favor de la libertad de expresión y contra la hipocresía de quienes se horrorizan más por una bandera o un grito que con niños despedazados todos los días por las bombas que ellos mismos venden.
Aunque la BBC, patrocinadora del festival, se negó a retransmitir el concierto en directo por toda la polémica que envolvía al grupo, el público lo grabó y lo difundió a través de sus teléfonos móviles. Además, otra banda de punk, Bob Vylan, tomó también parte en esta guerra. Su actuación también estuvo plagada de mensajes contra el genocidio y en solidaridad con Palestina, pero los gritos de "Muerte al Ejército de Israel" que cantaron decenas de miles de personas al unísono durante su actuación han sacudido e indignado todavía más al establishment británico. Si no tenían suficiente con los irlandeses, cada vez más artistas se ríen de su censura y toman partido.
Los defensores de Israel dicen que eso es antisemitismo. Que es como decir muerte a los judíos. Porque para ellos, el Ejército de Israel representa a todos los judíos del mundo, y criticarlo es de nazis. Esta ridícula relación es la base de toda la propaganda proisraelí que usa el comodín del antisemitismo para blindarse ante cualquier crítica. Algo que han comprado la mayoría de los Estados occidentales, y que no es sino una herramienta más de coerción de la maquinaria propagandística sionista, como ya expliqué en otra columna recientemente.
Los apologetas del genocidio se agarran a que Hizbulá es una organización terrorista (para la Unión Europea), y que pedir la muerte del ejército de Israel excede la crítica y podría ser delito. Dudo que las autoridades consideraran igual de delictivo pedir la muerte de otra entidad similar, no sé, como el ISIS o el cártel de Sinaloa. El caso es que el Ejército de Israel puede incluso que tenga más muertes a sus espaldas que los dos anteriores. Entonces, la línea de lo tolerable, o de lo delictivo cuando criticas a un grupo armado no es la ristra de cadáveres que haya dejado, sino los lazos de amistad que unan a esta entidad con el establishment de tu país. Porque muerte al ISIS podría ser tildado por algunos de islamofobia, y muerte al cartel de Sinaloa, hispanofobia. Pero nadie es tan imbécil para hacer eso, como sí tratan de hacer algunos con la perversión de algo tan serio como el antisemitismo.
Da igual que los organismos internacionales y las principales ONGs insistan cada día en denunciar los múltiples crímenes de guerra del Ejército israelí en Palestina, que haya órdenes de detención del Tribunal Penal Internacional contra políticos israelíes, o que las imágenes que llegan a diario sean extremadamente gráficas y evidentes. Algunas, incluso grabadas por los propios soldados, que se jactan de sus crímenes y cantan la infame canción genocida ‘que arda tu aldea’. Esto, y todas las proclamas proisraelíes que inundan las redes, pidiendo exterminar a los palestinos, nunca son censuradas ni sancionadas por discurso de odio. Mientras, los responsables se pasean tranquilamente por el mundo con la alfombra roja de nuestros gobiernos. La ley no va con ellos. Nadie los puede parar. Y aun así, temen a unos punkis y a unos raperos, o a un grupo de chavales que arriesga todo para denunciarlo. Los chavales de Palestine Action:
No son solo los artistas que usan el privilegio de tener grandes audiencias para aportar su grano de arena en esta causa, a pesar de las consecuencias. Esta misma semana vi el documental To Kill A War Machine sobre el colectivo Palestine Action, también del Reino Unido. Se trata de un grupo de jóvenes activistas que, durante años, se ha dedicado a colarse en las instalaciones de las fábricas y empresas de armamento que colaboran con Israel. El reportaje, con imágenes de las acciones grabadas por los mismos activistas, muestra cómo revientan todo lo que encuentran y se esperan pacíficamente a que llegue la Policía a detenerlos. Hay varios de ellos en prisión, acusados de terrorismo. Están orgullosos de ello. De haber provocado el cese de numerosos contratos y el cierre de más de una empresa que tenía relación con la maquinaria de guerra israelí. El colectivo reivindica la acción directa como única forma efectiva de impacto contra el genocidio actualmente, y asume sus consecuencias.
Mientras suceden estos y otros pequeños y grandes actos de resistencia contra la guerra, contra un exterminio, la persecución de cualquier disidencia no cesa. Además de las complicidades de varios Estados con Israel, existen numerosos lobbies proisraelíes cuya misión consiste en vigilar y perseguir toda crítica. Aunque hayan conseguido llevar a juicio a varios activistas, la solidaridad con Palestina no para de crecer, así como el rechazo a las políticas de Israel y a las relaciones que mantiene nuestro país con este ente colonial.
Lo de Glastonbury no es más que una anécdota, una muestra más de cómo la opinión pública, la gente corriente, está mucho más sensibilizada ante el genocidio que quienes dirigen el país y la mayoría de los medios de comunicación occidentales. De cómo toda la maquinaria propagandística y represora de los Estados es incapaz de domar y amordazar a la gente. Las imágenes del genocidio son incontestables, por muchos cuentos que nos quieran vender quienes lo defienden. Y el poder de los artistas para romper la censura es inmenso. Tanto Kneecap como Bob Vylan no hacen más que crecer en seguidores e impacto alrededor del mundo, a pesar de que los macarthistas proisraelíes traten de coaccionar a sus compañías discográficas y agencias para joderles la carrera. Ahora solo queda esperar a que ambos artistas anuncien las fechas de su próxima gira por España. Porque no seremos pocos los que vayamos a verlos.
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