Opinión
Mala feminista

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Me gustaría ser una buena feminista, pero soy una feminista horrible. La parte teórica la controlo sin problemas, de hecho cada día intento aprender algo nuevo y desaprender lo que se ha demostrado inoperante o inútil o erróneo. Es por eso que estudio, me cuestiono, leo, releo, consulto mis dudas a otras compañeras, pregunto y debato con la mente abierta. Si me presentara a un examen estoy segura de que sacaría matrícula de honor, pero cuando tengo que llevar todas estas cosas a la práctica, a mi vida diaria, no llegaría ni de coña al aprobado. Mis contradicciones son tan grandes que se asemejan a un dragón. Intento cabalgarlas como una Targaryen de cabellera rizada, pero la bestia se escapa a mi control.
Sí, soy una mala feminista porque a pesar de todo lo que sé y todo lo que me han enseñado y he aprendido a lo largo de los años gracias a mis propias experiencias y las de otras mujeres sobre cómo funcionan los cánones estéticos y las presiones sociales en torno a nuestra apariencia, me pasé los primeros diez días del mes de agosto enfadada y casi recluida en casa por culpa de un mal corte de pelo. También me he sentido culpable por saltarme una clase de gimnasia y preferir una maratón de Rebels en el sofá, o por comer un helado o intentar aliviar el síndrome premenstrual con pan con chocolate. También soy una pésima feminista porque me he dejado influenciar por las danesas y me he acabado comprando un pantalón cargo con estampado de camuflaje que claramente no necesitaba, pero sobre todo soy una feminista lamentable porque me veo en la obligación de hablar del cuerpo de las mujeres. Porque resulta que estamos en el año 2026 y los neonazis campan a sus anchas por nuestros barrios a la caza de migrantes y menores tutelados, y hay tornados en las costas asturianas, y se debate en sede parlamentaria si los derechos humanos aplican a todo el mundo por igual o solo a la gente blanca, y ya se cuestiona el sufragio femenino sin pudor y ahora, para colmo de males, también nos quieren volver a hacer creer que un cuerpo femenino al borde de la desnutrición es un cuerpo bello, deseable y envidiable. Pero resulta que he decidido que, al menos por mi parte, se acabó ya la tontería, porque acepto que soy una mala feminista y porque también estoy hasta el moño de callarme la boca por no pasar por una chica poco sorora.
Cada vez que alguien nuevo se anima a hacer yoga con mi grupo de amigas le hacemos la misma prueba: le decimos que separe las piernas a la anchura de las caderas. Invariablemente todas y cada una de mis nuevas compañeras abren sus piernas a una anchura muy superior a la que deberían hacerlo. Cuando se las recolocamos y les mostramos el (pequeño) espacio que realmente ocupan, no son capaces de disimular su asombro, pero tampoco su alivio. Porque da igual el tamaño que tengamos y el espacio público y físico que ocupemos las mujeres, ya que siempre se nos pedirá que lo reduzcamos, que lo hagamos aún más diminuto, más imperceptible. Que nos empequeñezcamos.
Incluso cuando las modas -siempre las de las clases dominantes- imponían a las mujeres ropajes grandes y aparatosos, lo hacían desde la concepción de que las mujeres eran un mero adorno, otro objeto de exhibición, como una mesa lacada, un aparador de marfil o un mural bellamente pintado. La mujer como ornamento, atrapada dentro de una ropa que limitaba sus movimientos. Una prisión para el cuerpo hecha de sedas y huesos de ballena que lo moldeaba de forma artificial: caderas, pies, senos... todo diminuto, controlado, domado, disciplinado. Hasta Paul Poiret, uno de los escasos grandes genios de la moda, presumía de que había liberado a las mujeres del uso del corsé a cambio de haberles impedido caminar al inventar la falda globo, tan ajustada en su parte de abajo -algunas incluso iban atadas con un enorme lazo para magnificar su forma y acentuar su estrechez- que las mujeres que las usaban se veían obligadas a moverse dando pequeños saltitos.
Entiendo que con tantos frentes abiertos, con la carcundia paseando su odio racista y su fascismo violento, disfrazados de patriotismo por las calles de nuestras ciudades, persiguiendo y deshumanizando a las personas migrantes sin pudor, azuzados por partidos políticos que aspiran a gobernar el país, ponerse a hablar de temas como el retorno de la moda de la delgadez extrema nos pueda parecer algo banal y superficial. Pero no nos equivoquemos, porque esta nueva obsesión por los cuerpos excesivamente delgados -especialmente los cuerpos de las mujeres- también forma parte del rearme reaccionario y de su estrategia para abolir nuestros derechos y libertades. Pues el control de las mujeres -que pasa necesariamente por el control de nuestros cuerpos y mentes- es uno de los pilares fundamentales de la Nueva Internacional Reaccionaria. Las mujeres de mi generación todavía recordamos con horror los años dos mil, cuando hacer mofa y burla en televisión del peso de las mujeres era una parte consustancial de la mayoría de los programas de entretenimiento -el que tenga estómago se puede pasear por YouTube y verlo con sus propios ojos-, en pleno auge del heroin chic. Lo que generó devastadoras consecuencias en la salud mental y en la autoestima de millones de mujeres. En la actualidad, como los medios de comunicación tradicionales, especialmente las televisiones, son culturalmente irrelevantes para las nuevas generaciones, la apología y sublimación de la extrema delgadez, de los cuerpos femeninos casi inexistentes, se ha trasladado a las redes sociales, que son terreno abonado para el acoso, el insulto, la burla y el body shaming. Este revival llega además con novedades, pues la delgadez extrema, que se nos ha querido vender como parte consustancial de la cultura neoliberal del esfuerzo -renuncia, sacrifícate, pasa hambre, haz ejercicio hasta la extenuación, en definitiva sé mejor que el resto-, ya ahondaba en la división de clase: la cultura de la dieta y el ejercicio físico exigen tener tiempo y dinero, algo que se ha incrementado gracias a la innovaciones farmacológicas que permiten que, con un pinchazo al día, pierdas todo deseo por comer o beber -lo que no deja de ser algo profundamente deprimente y triste-. Es decir, que no estamos delgadas no solo porque no nos esforzamos lo suficiente, sino porque además somos pobres. Y de ahí también la obsesión por reivindicar estéticas -como las del lujo silencioso o el retorno de lo demure- que hacen que las mujeres nos desvanezcamos, pasemos inadvertidas y volvamos a ser ornamentos discretos que se camuflan en el ambiente sin ocupar mucho espacio.
Ante esta nueva realidad las feministas nos encontramos en una aparente encrucijada, pues durante años hemos hecho bandera de no hablar del cuerpo de las mujeres como emblema político y ético, ya que nuestro aspecto, nuestro cuerpo, no puede ser materia de opinión ni de crítica para los demás. Pero no hablar de los cuerpos ajenos lo que realmente implica es que no debemos, ni podemos, reducir y juzgar a los demás por su apariencia física, para destruir de esta forma la concepción patriarcal tradicional que identifica el valor de las mujeres con el aspecto físico. Sin embargo, tampoco podemos -ni debemos- cerrar los ojos ante lo que tenemos delante, ni mucho menos callar la boca por miedo a parecer malas feministas o poco sororas. Pues este intento consciente de restaurar la moda de la extrema delgadez no solo es una estrategia política reaccionaria de control, sino que además tiene consecuencias muy alarmantes en la salud física y mental de las mujeres adultas, las niñas y las adolescentes. Porque denunciar y negarse a quedarse callada ante cualquier forma de violencia hacia nosotras, por sutil que esta pueda parecernos, es una obligación del feminismo y, sobre todo, una muestra sincera y honesta de sororidad, de amor y de respeto entre nosotras.
No obstante, esta denuncia tiene que hacerse siempre sin caer en el señalamiento hacia otras mujeres, pues esta estrategia injusta solo sirve para convertir lo que es un problema político y social en una cuestión individual y sobre todo en una forma de escarmiento y de correctivo público con consecuencias imprevisibles para la salud y la vida de las mujeres señaladas. Tenemos que aprender a hablar de las cosas que nos incomodan y nos perjudican sin señalar a otras con nuestras críticas, pero teniendo siempre presente que es mejor ser una mala feminista que una alumna aplicada que mira en silencio cómo nos estamos dejando arrebatar cada uno de nuestros triunfos y avances.
Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.