Opinión
Las 'midterms' y el rubicón del trumpismo

Por Miguel Urbán
El próximo 15 de septiembre, con las primarias de Delaware, se cerrará definitivamente el largo proceso de elección de candidatos que comenzó hace más de seis meses en Estados Unidos. Delaware será el último Estado en celebrar sus primarias antes de las elecciones de mitad de mandato del próximo 3 de noviembre. Pero, en realidad, la campaña de las midterms comenzó hace ya tiempo. Al menos para Donald Trump.
"Si los republicanos ganan, vosotros ganáis con nosotros y recibiréis 5.000 dólares". Con esta promesa, Trump incendió el pasado miércoles la campaña electoral durante la insólita convención republicana celebrada los días 9 y 10 de septiembre en Dallas. Un supuesto "cheque Trump" de 5.000 dólares para cada ciudadano estadounidense adulto condicionado a que los republicanos mantengan el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado. Una propuesta –que como viene siendo costumbre– no explicó ni cómo se financiaría ni cómo podría aplicarse, pero cuyo contenido seguramente importa menos que su formulación: una recompensa económica directamente vinculada al voto republicano.
La convención de Dallas, la primera organizada por el Partido Republicano específicamente para unas elecciones de mitad de mandato, representa seguramente el mejor punto de partida para entender qué se juega el trumpismo en las elecciones de noviembre. Trump la concibió, intervino en prácticamente todos sus detalles, habló las dos noches y convirtió lo que teóricamente debía ser un escaparate de candidatos republicanos en un gigantesco acto alrededor de su figura. Llegando a afirmar desde el estrado: "Fingid que estoy en la papeleta". Y añadió: "Solo una vez más".
No fue simplemente una ocurrencia retórica. Resume gran parte de la estrategia republicana ante las próximas elecciones: si el problema tradicional de las midterms es movilizar al electorado presidencial cuando el presidente no aparece en la papeleta, la solución de Trump consiste en colocarse simbólicamente en ella. El problema es que Trump puede ser –al mismo tiempo– la principal fortaleza y la mayor debilidad electoral de los republicanos.
De hecho, las elecciones llegan en un momento especialmente complicado para el trumpismo. Los demócratas aventajan actualmente a los republicanos en 6,6 puntos en el promedio nacional del voto genérico al Congreso elaborado por la plataforma de análisis electoral Silver Bulletin. Brookings –uno de los think tanks más influyentes de Estados Unidos– calcula que los Demócratas podrían llegar a ganar entre 25 y 30 escaños en la Cámara de Representantes, aunque otras estimaciones son considerablemente más prudentes y recuerdan que los nuevos mapas electorales republicanos han construido un importante cortafuegos frente a una posible ola demócrata.
Aun así, hoy parece bastante más probable que hace unos meses que los republicanos pierdan la Cámara. Incluso el Senado, donde los demócratas necesitan sumar cuatro escaños y donde el mapa electoral resulta mucho más favorable a los republicanos, ha dejado de parecer una quimera. En este sentido, Texas o Iowa han entrado inesperadamente en las posibles quinielas demócratas. Ante esta situación, la respuesta republicana no está siendo la moderación sino más Trump.
Como comentábamos antes, la convención de Dallas lo ha escenificado muy bien. Gorras MAGA, camisetas con la cara del presidente, fotografías gigantescas, parafernalia trumpista y un programa diseñado alrededor de su figura. Incluso con amplias zonas del American Airlines Center vacías, Trump aseguró desde el escenario que el estadio estaba "abarrotado" y que había tanta gente esperando fuera como dentro, algo que los periodistas presentes no pudieron comprobar.
La escena era una metáfora perfecta. Ante unas encuestas adversas, Trump no rebaja la apuesta: la redobla. Frente al riesgo de que su propia impopularidad perjudique a candidatos republicanos en distritos competitivos, no se retira de la campaña: se coloca en su centro. Y ante una realidad que no siempre coincide con su relato, la respuesta consiste nuevamente en intentar que sea la realidad la que se adapte al relato. Una explicación también de porque la radicalización del Partido Republicano no parece haberse frenado conforme empeoran sus expectativas electorales. Más bien todo lo contrario.
En este sentido, Texas –estado anfitrión de la convención republicana- ofrece quizás la mejor fotografía de esta transformación. Durante décadas, John Cornyn representó prácticamente el canon del conservadurismo republicano. Senador desde 2002, antiguo número dos del partido en la Cámara Alta y un político que durante 2025 votó con la agenda de Trump el 99% de las veces. Difícilmente podía ser acusado de progresista. Pero eso no fue suficiente.
En las primarias republicanas de este año fue derrotado por casi 28 puntos por el fiscal general de Texas, Ken Paxton, después de que Trump decidiera intervenir a favor de este último. "Ken es un auténtico guerrero MAGA", escribió el presidente al anunciar su apoyo, reprochando a Cornyn precisamente que no hubiera estado a su lado "cuando las cosas se pusieron difíciles".
Paxton había sido uno de los principales protagonistas de la ofensiva para intentar revertir la derrota electoral de Trump en 2020, liderando desde Texas la batalla judicial contra los resultados de varios Estados. Su victoria sobre Cornyn no representa únicamente un cambio de candidato. Simboliza el desplazamiento de un viejo republicanismo conservador institucional por otro en el que la fidelidad personal a Trump y la integración en el universo MAGA se han convertido en elementos centrales para sobrevivir políticamente.
Precisamente por eso, Dallas tuvo también algo de convención presidencial anticipada para 2028. Mientras Trump monopolizaba el escenario, J.D. Vance utilizó su intervención para presentarse como el principal candidato a heredar políticamente el movimiento MAGA. El vicepresidente fue recibido al grito de "JD, JD" y desarrolló prácticamente todo el repertorio trumpista: inmigración, guerra cultural, denuncia del progresismo, defensa de la familia tradicional y acusaciones contra unos demócratas a los que presentó como un partido de "lunáticos".
Aunque Vance tiene una operación complicada por delante. Necesita presentarse como heredero sin parecer todavía sucesor; obtener la bendición de Trump sin despertar la susceptibilidad de un presidente que difícilmente comparte protagonismo; y demostrar que puede existir un MAGA capaz de sobrevivir políticamente a su fundador.
De hecho, unos malos resultados en las midterms pueden acelerar este proceso. Si los republicanos pierden la Cámara, o incluso el Senado, comenzará inmediatamente la discusión sobre las responsabilidades de la derrota y, con ella, sobre qué significa continuar el trumpismo después de Trump. La convención de Dallas ya permitió visualizar esa batalla, con Vance como favorito inicial frente a otros posibles aspirantes como Marco Rubio, Ron DeSantis o Ted Cruz. Y nada indica que una derrota vaya a provocar necesariamente una moderación de los republicanos.
La experiencia reciente señala más bien lo contrario. Trump perdió las elecciones presidenciales de 2020 y el Partido Republicano no se destrumpizó. Se hizo más trumpista. Buena parte de quienes condenaron inicialmente el asalto al Capitolio terminaron retirándose, perdiendo sus primarias o reconciliándose con el presidente. Cuatro años después, Trump volvió a la Casa Blanca con un partido mucho más homogéneo ideológicamente y mucho más subordinado a su persona que durante su primer mandato. Por eso quizás la pregunta más interesante de estas elecciones no sea simplemente si Trump puede perder el Congreso. Sino qué hará el trumpismo si lo pierde.
Aquí aparece una dimensión mucho más inquietante de las midterms. Trump ha demostrado reiteradamente que su aceptación de las reglas electorales está condicionada por los resultados. En 2020 convirtió su derrota ante Joe Biden en una gigantesca campaña de denuncia de un fraude inexistente que terminó desembocando en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.
Pero existe una diferencia fundamental entre entonces y ahora. En 2020 Trump intentaba revertir unas elecciones desde la Casa Blanca durante las últimas semanas de su mandato, pero necesitaba convencer o presionar a autoridades estatales, responsables electorales, jueces, legisladores republicanos y finalmente a su propio vicepresidente para impedir la certificación de la victoria de Biden. En 2026 dispone de toda la maquinaria del Gobierno federal para generar un auténtico choque de trenes institucional con resultados insospechados.
En este sentido, las midterms pueden convertirse en una suerte de rubicón para el trumpismo. Si los demócratas recuperan la Cámara, Trump perderá una parte fundamental de la libertad legislativa de la que ha disfrutado durante los dos primeros años de su mandato. Una Cámara demócrata podría bloquear buena parte de su agenda, abrir investigaciones sobre la Administración y utilizar con mucha mayor intensidad su capacidad de fiscalización.
Es precisamente ahí donde noviembre puede convertirse en una prueba de estrés no solo para Trump y el trumpismo, sino para todo el sistema político estadounidense. Dirimiendo hasta qué punto el Partido Republicano conserva todavía capacidad para asumir una derrota dentro de las reglas convencionales de la democracia liberal o si la transformación del Grand Old Party –apodo tradicional del Partido Republicano– al movimiento MAGA ha avanzado hasta convertir cualquier límite a su poder –electoral, judicial o institucional– en una agresión que debe ser combatida.
Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.