Opinión
Me va a tocar

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Qué cabreos me pillaba de pequeño con la lotería. No es que me arrastrara la frustración del perdedor, porque como es evidente con diez o doce años no jugaba; era sobre todo el hecho de no entender a qué venía tanta expectación con un juego tan aburrido. Horas y horas con el soniquete de los niños de San Ildefonso agujereándome la cabeza, sin comprender a qué venía la enorme expectación del sorteo del 22 de diciembre. Si total, la lotería siempre les tocaba a otros.
Tampoco ahora disfruto demasiado de gastar un dinero tangible en la remota posibilidad de multiplicarlo. He sido de los que refunfuñan (qué palabra más navideña) cuando llega el momento de comprar el décimo del trabajo, tan solo útil tan solo para asegurarte no ser el único pringado de la oficina si se obra el milagro. Durante años ese boleto obligado ha sido el único que me permitía, mientras miraba por encima del hombro a quienes se les iluminaba el rostro hablando del sorteo, convencidos de que les iba a tocar.
Tentado estaba de narrarles una historia de mi pueblo donde, como en tantos sitios, conocemos el caso de alguien a quien le tocó un buen pellizco y acabó en la ruina. Cuántas novelas y películas se podrían basar en ese fulgurante vuelo de Ícaro de los afortunados ganadores de la lotería que acaban en el arroyo. Se diría que la sorpresiva entrada de posibles en una familia es una de las maneras más eficaces de destruirla.
Pero un día te descubres comprando un décimo en ese restaurante donde despides las vacaciones de verano, a modo de souvenir. O una amiga te propone compartir una participación con la promesa de que si toca visitaréis ese país nórdico que tanto os apetece. Un compañero de trabajo ofrece décimos con recargo para financiar las fiestas de su pueblo y te da pena decirle que no. Y las cosas van cambiando, porque uno suma años y no hay tantas costumbres inmutables de las que se pueda sentir partícipe.
Este 22 de diciembre de 2025, despierto en mi cuarto de siempre parapetado entre peluches que han sobrevivido varias hecatombes. Mi padre ya tendrá puesta la tele, y cuando concluya el sorteo comprobaremos número a número sus décimos, que ordena sobre la mesa con disciplina infantil. Buscaré después con mi madre en sus bolsos y abrigos todas esas papeletas a las que no ha podido decir que no: la de la asociación de enfermos de cáncer del pueblo, la del viaje fin de curso del nieto de una vecina, la de la cesta que sortean en el bar donde toma café con las amigas.
Estoy intentando muy fuerte no citar a Mecano, pero infectado como me hallo por el espíritu de las fiestas, allá voy: si queda algo que españoles enormes y bajitos sigamos haciendo a la vez, es abandonarnos a este ciclo de ilusión y decepción de la lotería de navidad. Cada nuevo sorteo, con un año más a cuestas, voy entendiendo mejor la gracia del juego. Porque comprar un décimo quizás no signifique creer de verdad que te va a caer el gordo; quizás es alquilar un ratito el espejismo de una vida mejor, con esa esperanza pura que se va encareciendo al ritmo que nos abandona la juventud.
Así que sí, a mí hoy me va a tocar. No un premio importante (confiemos en la pedrea), pero hoy me toca salirme un rato de mí mismo y compartir con los míos algo que ya estaba ahí cuando nací, cuando ellos nacieron, y que seguirá ahí cuando ya no estemos. Quizás salga caro, pero no quiero pagar el precio de negarme a disfrutarlo.
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