Opinión
Memorias de Perejil
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Colin Powell resumió a la perfección el incidente del islote de Perejil cuando intentaba explicar a su familia por qué le incordiaba tanto la ministra de Exteriores española, Ana de Palacio: “Hay dos países a punto de desatar una guerra mundial por una roca que ocupa un campo de fútbol”. Lo que olvidaba el secretario de Estado norteamericano es que en ese peñasco inhóspito junto a la costa africana afloraban las ambiciones del rey Mohamed VI, deseoso de emular los éxitos de su abuelo, que logró la independencia del país, y de su padre, que invadió el Sahara aprovechando una de las últimas siestas de Franco. El flamante monarca marroquí se figuró que el gobierno español no iba a echar en falta una maceta, pero calculó mal la obcecación territorial de Aznar, un hombre que desde niño soñaba con hacer realidad los sueños del alcalde Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall.
En el libro que acaba de publicar, Marruecos-España, vecindad cautelosa, el periodista Nibal Driouch asegura que la enemistad entre Mohamed VI y Aznar se remonta a su primer encuentro en otoño de 1999, poco después del funeral por el rey Hassan. Ante los diversos testimonios ofrecidos por el lado español, Driouch ofrece por primera vez la versión marroquí de la estrafalaria peripecia de Perejil, un pulso diplomático que desembocó en una operación militar y que podía haber dado lugar a la enésima guerra con nuestro vecino africano. La rivalidad entre España y Marruecos marca el siglo XX con cicatrices que van desde el Barranco del Lobo al Sahara, pasando por Annual, Alhucemas e Ifni: la crónica de un divorcio anunciado que ha unido a los dos países, más allá del amor y del odio, en una larga y recíproca deuda de sangre. No se puede entender la historia de Marruecos sin España, del mismo modo que no se puede entender la historia de España sin Marruecos. En las sanguinarias operaciones de castigo con que se vengaban de las no menos sanguinarias incursiones rebeldes, los militares españoles se fueron entrenando para las multitudinarias matanzas de la guerra civil masacrando mujeres, ancianos y niños.
La charlotada de Perejil, por suerte, acabó en tono de opereta bufa, una zarzuela que rememoraba la breve estancia de Miguel Gila en Sidi Ifni durante la Nochevieja de 1957 para animar a las tropas españolas. De hecho, el guión del incidente parece un monólogo de Gila: “Mi general, que han venido seis moros de muy mala leche y nos han quitado el Perejil. No, el condimento no: el islote. ¿Que dónde está el Perejil? Pues espere un momento, que miro un mapa. Ah, aquí está, enfrente de Marruecos, al oeste de Ceuta. No, vivir allí no vivía nadie, si acaso un mono huido de Gibraltar o alguna cabra. Pues tampoco estoy seguro yo si la cabra prefiere ser española. Espere, que le voy a preguntar. No, me dice el cabo Peláez que ni cabras ni monos”.
Relatada desde el lado español, con su épica genovesa y su viento fuerte de levante, la toma del Perejil parece un desembarco de Normandía en miniatura, una nota a pie de página de la Reconquista. Desde el lado marroquí, un espagueti western repleto de rencores y agravios. Lo cierto es que no da ni para un número de Gila: con un chiste de Arguiñano basta y sobra. Al menos Trillo, que pasará a la historia por dar el parte meteorológico más breve de la historia militar, tuvo el detalle de no gritar “¡Viva Honduras!”
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