Opinión
Un nobel para Trump

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Corre por ahí el rumor de que Trump podría ganar el Premio Nobel de la Paz, algo que no suena tan descabellado cuando uno piensa que a Obama le dieron uno sólo porque todavía no había empezado a matar gente y a Kissinger otro por dejar de matarla. Entre la guerra de aranceles con que ha sacudido la economía mundial y sus proyectos megalomaníacos de anexionarse Groenlandia y Canadá, no parece que cuente con muchas posibilidades, pero a lo mejor el comité noruego decide hacerse el sueco y se lo entregan con la esperanza de que al menos respete Escandinavia. Los expertos dicen que la concesión del Nobel de la Paz a Trump podría dañar la reputación del premio, aunque con los galardones a Kissinger, a Menájem Beguín, a Obama y a la Unión Europea es difícil imaginar cómo podría dañarse más.
Se conoce que el alto el fuego en Gaza este jueves se ha producido únicamente con el fin de apurar las quinielas del viernes, fecha en que los noruegos darán la campanada. El plan de paz de Trump para Gaza incluye la devolución de rehenes por parte de Hamás y la promesa de que Netanyahu dejará de matar ancianos y niños, paliará la hambruna de la población y frenará en lo posible el asesinato masivo de periodistas, un asunto que por lo visto tampoco preocupa mucho a la prensa. El plato fuerte lo anunció Trump en un video publicado en febrero en el que pronosticaba el futuro de Gaza como "la Riviera de Oriente Medio": un paraíso de playas, hoteles, discotecas y casinos en el que primero habrá que despejar la zona de escombros, de palestinos y de cadáveres de palestinos, tareas de limpieza que el ejército israelí lleva dos años realizando con eficacia germánica. Al fin y al cabo, nunca hay que olvidar que el promotor de los premios, Alfred Nobel, inventó la dinamita.
Si a Kissinger le dieron el Nobel de la Paz por no tirar la bomba atómica sobre Vietnam (una idea que, al parecer, tuvo que quitarle a Nixon de la cabeza), no se entiende que el comité del Nobel no le regale uno a Trump no sólo por no enviar los marines a Gaza o por no bombardear Chicago con napalm, sino únicamente por el detalle de no apretar el botón rojo de una puta vez y mandar el planeta a la mierda. Es una posibilidad que únicamente habíamos vislumbrado en las pesadillas, en los tebeos de superhéroes y en las películas de James Bond, aunque nadie podía imaginar que un supervillano de James Bond -uno de esos millonarios chalados, narcisistas y psicópatas que fuman en boquilla mientras acarician un gato- iba a llegar a la Casa Blanca. Trump no fuma, pero el gato lo lleva incorporado en la cabeza.
Ya puestos a hacer el chorra, el Nobel de la Paz quizá debería compartirlo Trump a medias con Netanyahu, quien se perfila como el político que todo el planeta estaba esperando, el único capaz de hacer realidad en Oriente Medio el sueño de los dos Estados: Israel en estado sólido y Palestina en estado gaseoso. Sin embargo, sería mucho más divertido si Trump tuviera que compartir el Nobel de la Paz a medias con Greta Thunberg, una ceremonia de la confusión que el comité del premio no podría superar ni decretando una carrera de sacos.
Para un ego tan descomunal como el de Trump, lo de presidente de los Estados Unidos ya se le queda corto. Incluso el Nobel de la Paz, caso de dárselo, le va a saber a poco, teniendo en cuenta que en su día anunció que también le gustaría ser Papa. Un solo Nobel es muy poca cosa para este bebé de 79 años, uno noventa y pico de altura y cerca de cien kilos de peso. Deberían concederle el de Economía por intentar hundir Wall Street, el de Medicina por desautorizar a todos los científicos expertos en vacunas y el de Literatura por cuando cierra la boca. Para el de Física y el de Química ya se le ocurrirá algo, que no por nada Iker Jiménez dice que Trump es uno de los grandes genios de nuestro tiempo.
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