Opinión
Otoño, almanaques y luz de membrillo

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
“El otoño es una especie de primavera invertida, una primavera en extinción, que nunca quiere marcharse. Aunque sea la luz del alba y del crepúsculo, con el silencio que los acompaña, los que delaten su queja callada. Su mutismo de pájaros, su desahucio de alas. Otoño de luz que pare otros colores: rojos, castaños, granates. Cuando la clorofila de las venas se apaga y el verde se tiñe de sangre.”
Explican los expertos – geriatras y gerontólogos, psiquiatras y psicólogos – que la percepción de la duración del tiempo es relativa dependiendo de la edad. Así, cuando eres niño, las horas se estiran y se estiran y duran una eternidad. Contrariamente, cuando eres viejo, el tiempo se acelera y esas mismas horas, siendo una medida física inalterable que tiene que ver con el movimiento del planeta y el universo, se recortan y se recortan y pasan sin darte cuenta a toda velocidad. Encoger y dilatar. La relatividad del tiempo. Mientras tú vives angustiado por todas esas preocupaciones banales. Tus pequeñeces, tus miedos, tus manías. Y también distraído y siempre cabreado por el irrespirable y apestoso cenagal político, judicial – con esos jueces golpistas – y mediático, mientras la vida, a ti, pobre diablo, se te esfuma volando.
Además, añaden, que si esa percepción del niño la mantuviera un anciano, su existencia se le haría insoportable y no lo resistiría. No soportaría el peso largo y plomizo de los años. ¿Solución? Que corra muy rápido. El niño Totó, ayudante de cámara con solo seis, y el viejo proyeccionista Alfredo, acelerando el proyector de Cinema Paradiso, su gigantesca bobina, para que la película de nuestra vida pase muy deprisa. Dolce vita o Porca vita. Depende.
Llegados a ese punto y teniendo plena consciencia de ello: ¿Quién puede ahora pararlo? No digo rebobinar, sino simplemente detener. Demasiado tarde ya para revertirlo, para sujetar esa gigantesca y añosa piedra que rueda barranco abajo. Cronos, el dios padre cósmico que se come a sus hijos como símbolo de tragarse el tiempo, te entregó, igual que a todos nosotros, tu pequeña constelación de vida, hecha de estrellas y de días. Y tú ¿qué has hecho con ella?
Quizás por ese motivo, a mí hay meses que se me olvida arrancar la hoja del calendario que cuelga de una pared de la cocina, con sus números en rojo y negro, entre los azulejos blancos. El almanaque, lo llamaba mi abuela Trinidad. Un poco escondido detrás de la puerta. Para esquivarlo. Como algo anticuado y en desuso. ¿De qué te sirve ya medir los meses, las estaciones, los años? ¿Acaso esperas algo que te devuelva el tiempo perdido, el tiempo desaprovechado o malgastado? Olvidar arrancar esas hojas, por grandes que sean, me ocurre cada vez más con mayor frecuencia.
Probablemente sea la edad, con sus primeros ataques de despiste y amnesia, o porque el tiempo, como antes fue dicho, ahora vuela más rápido. El tiempo, con su atraco a mano armada desvalijándote la vida. La poca o mucha que te quede, quién sabe. La punta de la navaja del ladrón de las horas presionando la yugular de tu cuello, mientras te da a elegir a gritos con su mano temblorosa: ¿La bolsa o la vida? Para tú contestarle, lívido y asustado: La ...
Los años, los meses, los días. Los días que se escapan entre los dedos igual que se escurre el agua y el viento. El viento céfiro. Puñadito de oxígeno en movimiento que ya no anuncia la estación de las flores y la hierba, ni sopla la espuma del mar para llevar a Afrodita a tierra. Esa tierra que ahora es un manto de hojas secas.
De manera que, aunque el almanaque marque enero, ya estamos en primavera. Y cuando rajo con rabia y tristeza tres meses seguidos, hasta dejarlo en el mes de abril, al menor descuido, sin darme cuenta, ha pasado el sofocante calor y por el cristal de la ventana repiquetean el otoño y la lluvia. El otoño con su luz de membrillo. Otoño, estación más del alma que del cosmos.
Una semana, con sus siete días cayendo como esas fichas de dominó golpeadas una sobre otra, es más corta que una siesta de mi infancia. Con mi madre, zapatilla en mano, obligándonos a dormir sin sueño, para que le dejáramos un rato en paz. Seis hijos seguidos, un parto por año. Un rato para descansar de nosotros, sus fierecillas, antes de desfallecer de cansancio. Apenas media hora que nos parecía una infinitud. Peleas, saltos sobre las camas, gritos, risotadas, que con unos buenos zapatillazos se convertían en llanto.
Puede que sea mi negación a aceptar la implacable realidad, el no querer ver ese calendario que marchita las hojas igual que los relojes devoran las horas. Las clepsidras bebiendo las horas de un trago, sin saborearlo, como hacen los borrachos. No verlo, hacerme cobardemente el olvidadizo, para no enfrentarme a él. Las clepsidras, además de relojes de agua, en griego “ladronas de agua", son una bella y ejemplar metáfora. Ánforas o tinajas, con un pequeño orificio en su base tapado con un corcho que, al quitarlo, comenzaban a derramar el agua. Derramar. Tirar. Desperdiciar. Su vaciamiento era la medida del tiempo. Las utilizaban los egipcios de noche, cuando se apagaban sus relojes de sol. Los romanos para medir las guardias de sus soldados en guerra. Y los griegos en los juicios para repartir el tiempo del que disponía el fiscal o el abogado defensor. Tu vida de acusado, tu sentencia, tu pena, pendiente del hilo de agua que mana de una vasija griega.
Una partida de Juegos Reunidos Geyper, de truque a la pata coja, lanzando la peonza o metiendo las canicas en el gua. Otra mañana, al comenzar la escuela, oliendo ensimismado esa goma de borrar Milan Nata, mientras trazaba con un puñado de colores Alpino, todos juntos, mi arco iris del paraíso. Una tarde subidos a una morera para recolectar hojas para los gusanos de seda y otra más comiendo pan y quesillo de ese árbol níveo, duraban lo que hoy dura una primavera completa. Flores de la falsa acacia de pétalos como copos, alimentando nuestros deseos para que el tiempo pasara más rápido. Para no dejarnos en esa laxitud de días interminables. Siempre a la espera de algo: los Reyes Magos, las vacaciones, las tres horas de la digestión para bañarte o la insoportable lentitud para que esos hombres medio zíngaros, nómadas venidos de muy lejos, instalaran la carpa del circo.
Sin embargo, ahora que ya no hay nada que esperar. Ahora que los trenes de alta velocidad, los únicos que quedan, siempre pasan de largo, con las estaciones cerradas, sin abrazos ni lágrimas de despedida: ¿Cuánto daría por recuperar una de esas tardes de aquel estío mercúrico? Toda mi fortuna para seguir esperando que llegue esa carta que nunca llegó. Esperar aquel beso que nunca te dieron. Esperar que alguien, todavía, antes de que echen el telón de fondo, te diga te quiero.
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