Opinión
Pedro Sánchez según Maquiavelo
Periodista
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Los vecinos del concejo navarro de Arre andan revueltos porque su paisano François-Xavier Bustillo, cardenal de nuevo cuño y obispo en Ajaccio, aparece en las quinielas papales como remoto candidato a Santo Padre. Puede que su índice de papabilidad sea escaso, pero los lugareños presumen de aquel chaval que estudió en Atarrabia, Elizondo y Lekaroz antes de convertirse en un dignatario laureado y televisivo al otro lado de la frontera. En Francia, algunos lo tildan de moderno porque ha llamado al diálogo con los musulmanes y defiende el derecho a la migración con palabras integradoras. El acabose.
Hubo un tiempo en que la Iglesia nos deleitaba con cónclaves sangrientos, compras de votos, sobornos e intrigas venenosas de arsénico y belladona. Hermosas tradiciones que se han perdido con los años. Que no caiga en el olvido la aportación de la familia Borgia, un clan de origen valenciano que se adueñó de la curia pontificia en los siglos del Renacimiento y que combinó con astucia legendaria las conjuras políticas con la guerra. Habría que regresar a Navarra, esta vez al municipio de Viana, para encontrar los huesos de César Borgia, hijo del papa Alejandro VI y modelo de gobernante implacable para El príncipe de Maquiavelo.
Maquiavelo respeta a César Borgia por su sangre fría. El muy cuco no tenía inconveniente en convocar una amable asamblea de condotieros rebeldes para pasarlos a todos juntos por las armas. ¿Su gobernador perdía el favor del pueblo? Lo mandaba matar y exhibía su cadáver en plaza pública para recuperar las simpatías perdidas. Pero César Borgia cometió una ingenuidad tras la muerte de su padre. En vísperas del cónclave papal, un viejo enemigo familiar como Giuliano della Rovere le prometió poder y dignidades a cambio del voto de once cardenales españoles. César Borgia picó. Una vez proclamado, el nuevo papa lo sentó en prisión y lo devolvió a España. Disfruten lo votado.
Han pasado más de quinientos años y Maquiavelo aún arrastra una reputación atroz de estratega marrullero y sin principios. “El Maquiavelo del siglo XXI”, escribe Gorka Maneiro con respecto a Pedro Sánchez. “Pedro Sánchez es maquiavélico, vendería a su madre, pero entrega a la nuestra”, dice Arturo Pérez-Reverte en El Hormiguero. La caricatura es inexacta y facilona. Maquiavelo no fue César Borgia sino un funcionario que estudió a César Borgia igual que un entomólogo estudiaría a un escarabajo: con curiosidad comparativa y evaluaciones empíricas. Fue el primero que abordó las lógicas del poder al margen de la moral cristiana. Por eso, entre otras cosas, el papa Pablo IV proscribió sus obras.
Basándose en sus propias observaciones, por ejemplo, Maquiavelo recomienda a los gobernantes que anuncien sus medidas más impopulares de un solo golpe a fin de amortiguar el impacto. El mes pasado, Pedro Sánchez se comprometía a alcanzar un 2% del PIB en Defensa antes de 2029. El martes, no obstante, siguió el consejo de Maquiavelo y prometió 10.471 millones para la industria bélica antes de que termine el año. El presidente sabe que este sapo no hay quien lo trague y por eso echa balones fuera e interpone excusas de poco fundamento. Resulta que el mundo ha cambiado más deprisa que nuestros valores.
Maquiavelo, que examinó los vínculos íntimos entre la política y la guerra, alababa la prudencia de César Borgia en el control de sus ejércitos. Es mejor tener armas propias que depender de las ajenas, dice Maquiavelo. Aunque este fragmento se refiere a las tropas mercenarias, ha cobrado vigencia en nuestros días y es de hecho uno de los pretextos que sostienen los padrinos del rearme. Los vaivenes de Trump han dejado a Europa con el culo al aire y de pronto la demoscopia nos pregunta sobre la urgencia de fundar un ejército europeo. Casi hasta ayer, dice Sánchez, “el vínculo trasatlántico se mantenía inalterado e incuestionado”.
Pero esta letanía presenta fugas argumentales. Boquetes, para ser más precisos. El pasado mes de marzo, en plena ofensiva arancelaria y tras una reunión con el Gobierno español, Estados Unidos conminaba a Sánchez a incrementar de inmediato el gasto militar. ¿Qué autonomía europea defendemos cuando ponemos nuestros recursos públicos a disposición de las exigencias estadounidenses? ¿Cómo encaja el antitrumpismo discursivo con la obediencia perruna a los mandatos de Washington? Mientras el presidente español lamenta la fragilidad trasatlántica, los mandatarios europeos cierran filas alrededor de la OTAN.
Con un fondo de banderas y luto papal, Sánchez aprovecha el revuelo vaticano para anunciar unas medidas que contradicen su propio programa, que no cuentan con el apoyo de sus aliados y que van a pasar por encima de la lupa del Congreso. Dice el Gobierno que el desembolso bélico no afectará al Estado de bienestar. Hasta hace poco, la Moncloa desmentía a Mark Rutte cuando aseguraba que España cumpliría su compromiso del 2% este mismo año. Lo bueno de la fe es que no necesita evaluaciones empíricas. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia.
Lo explica Maquiavelo: un príncipe no solo debe defender bien su ciudad sino que además debe evitar el odio de los suyos. El gobernante que pierda la amistad del pueblo quedará solo ante la adversidad y no lo salvarán las promesas de seguridad ni las armas de sus socios. Eso también lo advierte Maquiavelo: los ejércitos ajenos, o te oprimen, o te arruinan, o te abandonan. En esta aventura bélica, Sánchez corre el riesgo de perder sus aliados y quedar al antojo de aquellos que siempre lo quisieron fuera del Gobierno. Los diputados del PP y de Vox olisquean la ocasión y se arriman al Congreso como cardenales en cónclave. A papa muerto, papa puesto.
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