Opinión
La peor persona que conoces se ve como una víctima

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Cuando era adolescente tuve un triple golpe de suerte: como de aquella las administraciones todavía creían -o al menos hacían como que creían- que su finalidad era el servicio público, construyeron un instituto bonito, amplio y plagado de zonas verdes en mi barrio; como también creían en la igualdad de oportunidades, ante la avalancha de matrículas optaron por no dejar a nadie fuera y organizaron dos turnos -mañana y tarde- que se asignaron por sorteo, y como a veces el azar me sonríe, tuve la suerte de que me tocara el turno de tarde.
De esta forma, la mitad del alumnado de mi curso, compuesto por tan solo cuatro grupos de unas treinta y cinco personas -lo de las ratios reducidas no se trabajaba mucho-, tuvimos la enorme fortuna de poder gozar de las ventajas de recibir una educación mucho más personalizada y cercana que los que iban por la mañana, a la vez que nos ahorramos madrugar.
Pero la principal ventaja del turno vespertino era que al disminuir el número de alumnos también disminuían drásticamente las posibilidades de que tuvieras que compartir clase y espacio con abusones. Aunque haber los había. Y en mi insti, como supongo que en el resto de institutos del mundo mundial, los abusones se dividían en dos grupos diferenciados: los tipos duros, que eran los matones de toda la vida que a la mínima intentaban pegarte, o las tías chulísimas que se burlaban o comentaban de forma vejatoria tu cuerpo, tu pelo, tu ropa o tu aspecto disfrazando sus ataques de consejos u observaciones inocentes de amigas preocupadas.
Pero ambos grupos, y a pesar de las diferencias que pudiera haber entre ellos de clase, de género o del tipo de familia del que provenían, reaccionaban siempre de la misma manera cuando alguien se atrevía a plantarles cara o acababan en jefatura de estudios: siempre siempre siempre se hacían las víctimas desvalidas, apretaban los puños muy fuerte, lloraban o no daban crédito ante lo que les estaba pasando porque ellos nunca jamás en su vida habían hecho nada malo y no entendían por qué todo el mundo estaba en su contra.
Y esta es una máxima que se aplica de manera invariable a todos los bullies que ha habido y quedan por haber con independencia de su edad, género, nacionalidad, época histórica o incluso alineamiento ideológico. Que se victimizan. Y no lo hacen solo por cinismo o como estrategia para desviar la atención y las culpas hacia sus víctimas -que también-, sino porque se lo creen. Y se lo creen porque para ser un abusón no solo tienes que ser un narcisista sino también carecer por completo de empatía, que es la emoción que nos sirve de pegamento en el contrato social. Y estas tres variables, cinismo, ausencia de empatía y narcisismo, son los ingredientes con los que se nutre el fascismo, pues este no es otra cosa que la materialización política del instinto del abusón.
El fascismo es violencia y abuso. Y todo lo demás con lo que se rodean los fascistas no es más que folclore para disimular. Porque a los fascistas no les importa la raza, ni la patria, ni Jesús, ni el honor, ni la tradición. Estas cosas solo las usan para sentirse legitimados para ser violentos y dar rienda suelta a sus peores instintos. No son más que la coartada política o, en el caso del neofascismo estadunidense, religiosa, que creen que les valida para ser lo que realmente quieren ser: malas personas, abusones de instituto.
Y al igual que las nuevas expresiones del fascismo se visten con ropajes distintos para adaptarse a las peculiaridades de cada país, la violencia y el abuso también se nos presentan de distintas maneras. Porque la violencia no es solo la bala o el puñetazo, también son las palabras.
Y es que el ser humano está hecho principalmente de palabras. Porque somos lenguaje. Y con él hemos dado forma al mundo. El logos es tan poderoso que podemos crear solo con nombrar pero también destruir con nuestras palabras. Por eso no podemos seguir haciéndonos los ciegos o performando una falsa ingenuidad al defender que los discursos de la extrema derecha están amparados por la libertad de expresión y son inanes. No es así, son discursos de odio con los que se están justificando y alimentando acciones violentas. Defender que el discurso fascista es un discurso político legítimo y aceptable en una sociedad democrática es en sí mismo un posicionamiento político cuya única finalidad es la de blanquear y legitimar la violencia inherente al fascismo: la libertad de expresión no puede ni debe amparar el discurso de odio.
Y la extrema derecha se sostiene y se construye exclusivamente en y a través de la defensa del uso legítimo de la violencia -verbal, simbólica, psicológica, política y física- como arma política. Violencia que se ejerce además como única vía para combatir y rebatir al rival político, pues este es visto no como un contrincante legítimo en la arena política sino como un enemigo al que hay que exterminar. Y esta caracterización del discrepante como enemigo la extienden no solo a sus aliados políticos, a quienes no dudarán en vilipendiar y convertir en el nuevo blanco de su ira y violencia cuando dejen de necesitarlos, sino también contra sus propios compañeros. Pues cualquier crítica o disenso se encara siempre como una traición inaceptable, una desviación del único camino correcto ya que el fascismo se justifica en la ortodoxia y en él no tiene cabida el matiz.
O se está con ellos o contra ellos, es por eso que las guerras civiles dentro de los sectores de la extrema derecha son siempre tan violentas en palabras y en obras: lo único que cuenta es imponerse a cualquier precio.
De esta manera es inevitable que fascismo se vuelva también en contra de los propios fascistas, que acaban invariablemente devorados por la lógica irracional de basar la política en la ley del más fuerte. Y siempre aparece un abusón más intrigante, menos escrupuloso, más violento, más poderoso. Y es entonces cuando echan mano del victimismo y del cinismo. Porque victimizarse es una estrategia política concebida para confundir y embarrar el discurso político pero sobre todo para borrar la percepción social de que son unos abusones.
Víctimas y victimarios pasan así cínicamente a ser lo mismo, se igualan moral y políticamente. Los perpetradores se disfrazan de mártires pues carecen de argumentos racionales con los que defender su postura política y necesitan echar mano de la sentimentalidad, de la mala conciencia o de la compasión. Sustituyen así la razón por una sentimentalidad de mercadillo, de todo a un euro, mientras proyectan en los demás sus propios pecados; y es entonces cuando la libertad de expresión que tanto dicen defender se convierte en un problema si se usa para señalarles o si les acaba devorando. Porque la libertad de expresión para el fascismo circula por una carretera de dirección única, por eso son tan amigos de las cazas de brujas, los señalamientos y las amenazas.
Pero para enfrentarse al fascismo -o al abusón que se presenta cínicamente como una víctima para acallar las voces que le señalan- tenemos que borrar las fronteras tradicionales entre las derechas y las izquierdas, pues esta partida se está jugando en un tablero en el que de un lado están los fascistas, los bullies, los violentos y los genocidas, y del otro los defensores de los valores de la democracia y los derechos humanos. La razón y la empatía frente a las hordas del oscurantismo, la reacción y los oportunistas políticos sin escrúpulos que se suman a los discursos de odio y niegan el genocidio del pueblo palestino para rascar un puñado de votos. Tenemos por tanto que aprender a cooperar para opacar el discurso y la lógica de los abusones desde nuevas coordenadas pero sin caer en la trampa del fascismo que nos quiere malas personas.
La mayoría de nosotros apenas dejaremos huella alguna -pues la digital se diluirá entre millones de otras iguales a la nuestra hasta convertirse en nada- de nuestro paso por el mundo más allá del recuerdo y el cariño de aquellos más cercanos a nosotros que nos sobrevivan. Seremos un suspiro o una mención en una reunión familiar o de amigos, una sonrisa y una lágrima e incluso un vacío en el corazón. Nunca lo llegaremos a saber en vida, pero esta será la confirmación de que hemos pasado con éxito nuestra particular EVAU vital.
Otros, sin embargo, habrán hecho del mundo un lugar decididamente peor a su paso y su marcha se recibirá con alivio, si no con regocijo. Lo que no deja de ser una tragedia y una derrota moral para la Humanidad.
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