Opinión
Pisarello, Barcelona y las causas justas

No son tiempos fáciles para la política. Menos aún para una izquierda que, en demasiadas ocasiones, parece atrapada entre la gestión resignada de lo posible y la incapacidad de ofrecer horizontes compartidos. Mientras la desigualdad se cronifica, el acceso a la vivienda se convierte en un privilegio y la deshumanización avanza con discursos de odio cada vez más normalizados, las fuerzas reaccionarias ganan terreno ante una izquierda desarticulada y desmovilizada, que no siempre ha sabido conjugar generosidad, cooperación e ingenio para estar a la altura del momento.
Ante este paisaje sombrío, en Barcelona ha dado un paso al frente la candidatura de Gerardo Pisarello, quien se postula para la alcaldía bajo las siglas de Barcelona en Comú. Migrante, catalanista, republicano y con un discurso abiertamente frenteamplista, este hijo de represaliados representa hoy para muchas vecinas la esperanza de una izquierda generosa que quiere tejer alianzas políticas, vecinales y sociales. Una alternativa no solo frente a la ultraderecha, sino también frente a un PSC/PSOE cada vez más desdibujado, incapaz de ofrecer respuestas ambiciosas a los grandes conflictos del presente y de afrontar con valentía debates centrales como el derecho a la vivienda.
Barcelona ha sido históricamente una ciudad capaz de articular mayorías sociales diversas y de convertir conflictos en derechos. Tradición que sirvió de pretexto para que en 2015 Ada Colau fuera la primera alcaldesa de la historia de la ciudad, con una confluencia que unió múltiples tradiciones políticas bajo el paraguas de Barcelona en Comú. El paso de Pisarello, pieza clave en esa victoria, interpela de nuevo a una izquierda que debe decidir si se resigna a gestionar lo posible o si vuelve a disputar el sentido común desde abajo, contando con los barrios populares. Un debate, al fin y al cabo, que no es solo barcelonés, sino que es el debate que hoy tienen por delante las izquierdas plurinacionales, condenadas a entenderse o, de lo contrario, a ir menguando a la velocidad de sus reproches y vetos cruzados.
Hace tiempo que la izquierda se plantea cómo reconectar con la ciudadanía. Hay una especie de consenso general sobre la necesidad de nuevas ideas, de nuevos lenguajes, de mayor ironía. Pero a veces nos olvidamos de lo más esencial: ser creíbles, auténticos y encarnar las causas que decimos defender. Algo tan básico como irrenunciable: tener al frente de los proyectos a buenas personas que defiendan causas justas. Y es ahí donde las biografías importan, no como ejercicio de épica personal, sino porque expresan trayectorias colectivas y compromisos que no se improvisan.
En la vida de Gerardo Pisarello hay dos ausencias que han sido motor de un compromiso político sostenido en el tiempo. Su padre, Ángel Pisarello, abogado defensor de presos políticos, fue asesinado cuando Gerardo tenía apenas cinco años, dejando una huella indeleble en su conciencia. Mientras que su compañera de vida, Vanesa Valiño, a quien despedimos hace apenas un año, fue una de las activistas por el derecho a la vivienda más importantes del país y una profunda convencida de las confluencias. Quienes hemos perdido seres queridos vinculados a luchas sociales sabemos que ese vacío no se traduce en nostalgia, sino en un compromiso profundo. Y tanto Ángel como Vanesa no representan tristeza del pasado, sino la esperanza de un futuro parecido al que soñaron.
De hecho, ambos están conectados a dos retos del presente: la memoria democrática y el derecho a la vivienda. En tiempos de banalización del franquismo, alzar la bandera de quienes nos precedieron representa el orgullo de pertenecer al lado correcto de la historia, que no renuncia ni a la verdad ni a la justicia ni a los ideales del republicanismo. Pero si hay un eje que interpela directamente a la mayoría social barcelonesa, es el derecho a la vivienda, principal preocupación de la ciudadanía. Alquileres desbocados, expulsión de familias, jóvenes sin horizonte de emancipación, barrios tensionados por la especulación. Y es ahí donde Barcelona en Comú, y particularmente Pisarello, con el recuerdo y el compromiso de Vanesa y el legado de los gobiernos de Ada Colau, deben marcar la diferencia y recuperar la credibilidad perdida.
Tenemos derecho a soñar con ciudades amables, con alquileres asumibles, cooperativas de vivienda y oferta pública. Y se hace difícil pensar que eso vaya a llegar con la derecha o el PSC: hacen falta movimientos sociales potentes, vecinas y vecinos organizados y alcaldías valientes. Y Barcelona ya tiene las dos primeras cosas.
No hay fórmulas mágicas. Sí hay caminos conocidos, como el que señalan algunas de las experiencias progresistas más estimulantes, como la de Zohran Mamdani en Nueva York. Todas ponen el acento en la construcción de alianzas amplias capaces de unir clases populares, personas migrantes y sectores progresistas diversos. Salvando contextos, escalas y tiempos, existen paralelismos entre la victoria de Mamdani y la propuesta de Pisarello. La izquierda solo avanza cuando suma, con liderazgos que puedan conectar con los barrios populares y tiendan la mano a todas las sensibilidades posibles.
Porque sin vivienda no hay ciudad, y sin memoria no hay democracia. Barcelona necesita volver a reconocerse en un proyecto que ponga en el centro la dignidad de la vida cotidiana. Y esa es la tarea que nos toca retomar hoy, convencidos de que las causas justas siempre encuentran su camino.
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