Opinión
Polarización, dicen

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
Es muy cómodo ir a una tertulia de televisión o radio y quejarse de la "polarización" en la que vive la sociedad española por culpa de los políticos, de todos ellos. Es tan fácil que se ha convertido en la frase favorita de quienes tratan de zanjar un debate incómodo, por ejemplo, cuando se retransmiten en directo las palizas de la Policía Nacional, los Mossos o la Ertzaintza, desatados contra manifestantes mayoritariamente pacíficos. Los episodios de violencia en las manifestaciones de nuestro país poco tienen que ver con las reivindicaciones legítimas de los y las personas pacíficas que exigen sus derechos. La historia lo demuestra y hoy, además, las redes de los tecnofascistas de algoritmos radicales no ayudan nada. Tampoco una ultraderecha -incluida la policial- deseando poder criminalizar a los y las manifestantes, sus causas sociales y decir que España es Francia, islamismo, terrorismo y tal y tal.
"Hay tanta polarización en el Congreso que, claro, después la gente hace lo que hace en la calle". Ésta es una respuesta habitual en los medios, como si la gente fuera imbécil (que la hay en todas partes): la "polarización", ese ente abstracto que saca los peores instintos de las personas en clave ideológica; ese estar a la defensiva y, al tiempo, dispuestos al ataque permanente al de enfrente; esa incomodidad a la que nos obligan a todos y todas las ciudadanas estos políticos que están siempre enredando y quieren ver cómo se pelean los fascistas que ya van "con la chorra fuera" -con copyright de los Especialistas Secundarios de la SER- y los y las defensoras de la democracia y los derechos humanos. Todos, toditos, al mismo nivel: fascistas y demócratas, tan culpables unos como las otras.
Somos muchas las que intuimos que si el PSOE pudiera volver a sumar escaños suficientes con otras fuerzas parlamentarias para gobernar tras el 29N, la reacción de la ultraderecha no se haría esperar por haber perdido algo que consideran suyo de cuna: el poder, todo el poder. Hay ejemplos de sobra sobre esa negación a reconocer la legitimidad y la legalidad de un Gobierno del PSOE, el único, con el PP, que hasta ahora ha tenido posibilidades de alcanzarlo en España tras la dictadura: el sindicato del crimen contra Felipe González (y él, ayudando con los casos Roldán, el GAL y otras barbaridades de las que hoy se ha quedado en "blanco"), la conspiranoia urdida contra Zapatero por los atentados del 11M en Madrid en 2004 o los ataques contra Pedro Sánchez, sus aliados de Unidas Podemos entonces o los de Sumar después, llegados por tierra, mar y aire, o sea, el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional, la Comunidad de Madrid, la calle Génova o las cloacas de Interior, todos acompasados y con gran jolgorio mediático.
¿Recuerdan que González, Almunia o Zapatero, el propio Sánchez en sus días de oposición montaran semejantes operativos deslegitimadores contra los gobiernos de Aznar o de Rajoy? Yo tampoco -y aunque quisieran los zurdos, no tenían los recursos de la derecha postfranquista-. A Leire Díez ahora pretende achacársele una sofisticada cloaca al nivel de la policía corrupta de Jorge Fernández Díaz y el comisario Villarejo, pero sabe el PP, sabe Vox y saben los jueces que aquí estamos ante un grupillo de incompetentes venidos arriba por su cercanía al poder que trataba de buscar trapos sucios de quienes investigaban e imputaban a la familia de Sánchez, al Ejecutivo o al PSOE sin contar con aliados de nada y, mucho menos, con que el Estado profundo pertenece a quien pertenece -también gracias a un PSOE cobarde, por supuesto-. La maquinaria de este siniestro Estado iba a aplastarlos sin miramientos, como a los independentistas catalanes en 2017. No aprendemos y parece mentira que no sepamos en qué España vivimos aún, pero no se preocupen: es probable que los jueces de la causa Leire se olviden de todos ellos/as si Feijóo y Abascal gobiernan el 30 de noviembre (irán rápido), de la misma forma que el Supremo ha liberado la amnistía -eso sí, con gran escenificación de rasgado de togas- justo cuando hay elecciones, no vaya a ser que la ultraderecha necesite de Junts en algún momento y Puigdemont siga en Waterloo, con todo lo que supone ese viaje para Feijóo. Todo atado y bien atado.
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