Opinión
El problema de Ceuta es que han llegado vivos

Por Miquel Ramos
Periodista
Nada hubiera pasado, más allá de una noticia perdida en las páginas de cualquier periódico o entre los minutos de un informativo, si las personas que llegaron nadando a Ceuta se hubiesen ahogado. Es lo que viene sucediendo con el goteo de muertes que, desde hace años, vemos como inevitables, como si fuesen fruto de la mala suerte o culpa de quienes deciden intentar llegar por la única vía disponible para ellos. Aunque hay ya al menos un centenar de muertos en el reciente caso de Ceuta, este "detalle" no es el que más preocupa ni el que provoca más debates y más reacciones políticas. El problema son los vivos, los que consiguieron llegar y hoy truncan la tranquilidad de la ciudad y alimentan los discursos racistas de las ultraderechas globales. Las derechas en auge, y la ultraderecha con su campaña del odio y del miedo, han encontrado en este caso una oportunidad de oro para reforzar su mantra de la invasión y el gran reemplazo.
La crisis humanitaria que se está viviendo en Ceuta estos últimos días está siendo una muestra de las miserias que entrañan las necropolíticas migratorias europeas y el supremacismo que anida de forma transversal en nuestra sociedad, de izquierda a derecha. Un supremacismo que se evidencia con el marco que se elige para hablar de este asunto desde el privilegio de no tener que huir y jugarse la vida, de vivir en el norte y tener un pasaporte al que ningún país al que queramos viajar pone pegas. Un color de piel que te salva del control a la salida del metro o de los insultos y las cacerías de los racistas. Y es que el marco que impera en este asunto es esencialmente el securitario, la inmediatez del aquí y ahora, sin atender a las causas y los efectos de nuestra relación y nuestra responsabilidad con lo que sucede en el Sur Global.
La tranquilidad anhelada era aquella que nos permitía disfrutar de nuestras vacaciones bañándonos en el mediterráneo mientras a pocos kilómetros agua adentro mueren miles de personas intentando llegar a nuestras costas. Para eso pagamos a terceros países, para que les impidan llegar, encerrándolos en cárceles sin ninguna seguridad jurídica ni derecho humano, secuestrándolos y abandonándolos en el desierto para que mueran de sed y hambre o para que las mafias comercien con ellos como esclavos, como sucede en Libia. Esa es nuestra paz, el statu quo, lo que impide que miles de personas lleguen a Ceuta y nos jodan el verano.
El debate político se centra hoy en cómo mantener esa normalidad tan hipócrita y cruel, en cuántos efectivos policiales y militares son necesarios para ello, o cuánto dinero más debemos pagar a los dictadores amigos para que hagan el trabajo sucio. Por mucho que las derechas hayan encontrado aquí un filón para atacar al Gobierno y azuzar el odio y el miedo, la política migratoria es fruto de un consenso europeo, es la Europa Fortaleza que defienden socialdemócratas, conservadores y ultraderechistas para seguir disfrutando de esa paz y esos privilegios que negamos a quienes se juegan la vida por una oportunidad. La alianza de estos días de la neofascista Giorgia Meloni con la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen pidiendo más restricciones y relacionando migración con inseguridad no es ninguna sorpresa, como escribía Javier de Lucas estos días. Forma parte del sentido común supremacista y neocolonial que comparte la mayoría de la política europea. Y una parte de la izquierda reaccionaria que, por mucho que luzca hoces y martillos y gorros soviéticos, se escuda en la geopolítica y en su sesgo racista de la clase trabajadora para comprar toda la chatarra ultraderechista contra las personas migrantes.
El caso de Ceuta tiene múltiples lecturas que no podemos obviar, y que se deben tratar para entender el acontecimiento en sí y el contexto en el que ha tenido lugar. La lectura en clave de política nacional, la geopolítica, la burocrática, la legal, la securitaria y la humanitaria en menor medida, están siendo las que imperan en los debates y los múltiples reportajes que surgen estos días en medios de todo el mundo. España está en el centro, y la extrema derecha está aprovechando el foco para inundar las redes de discursos de odio y desinformación, con la complicidad de las plataformas digitales que lo permiten y a las que ningún gobierno parece tener intención de sancionar por ello.
Hay excepciones, como siempre, de compañeras y compañeros periodistas aportando otros puntos de vista que sí incluyen el factor humano, que ponen nombre y rostro a las cifras, que nos invitan a reflexionar sobre sus motivos y a preguntarnos por lo que les empuja a esto. Hay análisis que nos ponen frente al espejo y señalan nuestra responsabilidad, la de nuestros gobiernos, con el estado del mundo actual, que destapan los intereses que promueven alianzas con dictadores, vulneraciones constantes de derechos y relaciones perversas de interés que hacen que nuestro bienestar sea a costa de la miseria de otros. Pero estos discursos no suelen estar en los grandes medios, ni por supuesto, en los debates políticos entre Gobierno, socios y oposición. Nadie quiere abrir ese melón. Acusan a la izquierda de no querer hablar de inmigración por no comprar sus marcos que evitan este debate, que es el que realmente importa, más allá del que nos imponen sobre cuantos metros más deben medir las vallas.
Los marcos que elegimos para hablar de este asunto, más allá de buscar soluciones a corto plazo, van arrastrando el sentido común hacia determinadas posiciones. Lo explicaba Toni Mejías la semana pasada en Público, como pasamos de la empatía tras la muerte del niño kurdo ahogado en las costas turcas hace diez años, a que los racistas que celebran su muerte estén ganando elecciones. Si nos quedamos con la lectura securitaria y de políticas fronterizas no hacemos más que reforzar las ideas más reaccionarias. Esto es, que debemos protegernos de los pobres, que sigamos como hasta ahora, legitimando y financiando regímenes que condenan a la miseria y al exilio a sus ciudadanos mientras ponemos todos los medios para que, si llegan a nuestras costas, lo hagan muertos. Y así poder seguir disfrutando de nuestras playas y nuestros veranos sin ningún sobresalto.

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