Opinión
El problema de la vivienda te va a dejar sin pensión

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
A Berowne se le cambia la cara cuando Fernandino, rey de Navarra, le dice que debe dejar de follar. Un pacto es un pacto, le reclama el monarca; ha jurado entrar en su corte de sabios y debe asumir, además del placer de la vida contemplativa dedicada al estudio, el sacrificio de dormir poco, ayunar mucho y no acercarse a ninguna minita por mucho que se le caliente la sangre (no hace falta explicar que William Shakespeare, autor de la comedia Trabajos de amor perdidos de la que he sacado estos personajes, no usó exactamente mis mismos términos). Como decimos en mi pueblo, e intuyo que se dirá en todos, si nos pedimos un arroz con liebre nos lo tenemos que comer entero, no podemos devolver el caldo cuando se acaben las tajadas.
Leí ayer en el 20minutos, antes de ponerme con el librito de Shakespeare, un reportaje muy interesante sobre el último CIS de Opinión Pública y Política Fiscal: resulta que uno de cada seis jóvenes de entre 25 y 34 años, un 16,6% si nos ponemos aritméticos, opina que se destinan demasiados recursos públicos a las pensiones; también es bastante grande, del 12,5%, el porcentaje de los que creen lo mismo y tienen entre 18 y 24, justo mi rango de edad.
El autor del texto sumaba dos más dos y exponía debajo de estos otros datos interesantísimos, como que en las mismas edades un 19% opina que se gasta demasiado en cultura; un 16,5%, en protección al medio ambiente; o un 13%, en prestaciones por desempleo. Lo que vienen a decirnos estos números es que jamás ha habido tantos jóvenes en contra del gasto público, que es por extensión el vehículo principal (te diría que único) del Estado del bienestar. Sintetizo, va: directamente, jamás hemos tenido tantos chavales en contra del Estado del bienestar (perdonadme la aliteración, pero es necesaria).
Ahora que tenemos la ecuación planteada, el problema va de resolver la equis, y yo creo tener una posible solución: la vivienda.
No descubro Roma si os expongo la animal crisis habitacional que padecemos todos los curritos, pero en especial los jóvenes; nosotros, con uno o dos o tres trabajos estables, aunque sin posibilidades de generar ahorros, somos incapaces de alquilar un piso debido a la situación del periquero mercado inmobiliario y mucho menos de soñar siquiera con comprar. Nos han vaciado, no podemos imaginar, somos un cacho de tuétano sorbido.
Mientras, aun con la cabeza gripada, nos da por leer libros que analizan la estructura de la propiedad en España y descubrimos un problema que no quieren o queréis afrontar: en nuestro país, la vivienda está atomizada en las clases medias y medias altas boomers. Y estos son lentejas, ¿eh? Sé que en la izquierda, que es hacia donde generalmente hablo, es más sencillo construir poderosos monstruos con nombres truculentos y misteriosos como Blackstone o Blackrock (a por los que también debemos ir, por muchísimos otros motivos, con la espada afiladita cual San Jorge, claro que sí), pero el problema de la vivienda en España no lo ha generado ningún dragón enorme contra el que nos podamos unir todos: el problema de la vivienda, lo repito otra vez, es de esa señora majísima, quizá votante del PSC o Sumar, que alquila a tres chavalitos su piso en ruinas de Aluche por 1.500 euros al mes. Y, repito, esto son lentejas, da igual que prefiramos ponerle cara de malvado al enemigo.
No podemos ser Berowne y mostrarnos incapaces de comprometernos de verdad con el problema o pondremos en juego nuestras presentes o futuras pensiones, por no decir que todito el Estado del bienestar; esos chavales no son tontos, esos chavales tienen un contrato firmado por la abuela con su cara, nombre y NIF, y han decidido escuchar el canto de unas sirenas neoliberales habilísimas que han entendido y señalado a quien está causando todo esto, aunque instrumentalizando el malestar con un único objetivo: destrozar lo público. El problema es la propiedad, heredada de las políticas de vivienda franquistas, de la abuela, no su pensión pública; sin embargo, las sirenas están convenciendo a los chavales de lo contrario. Porque esas sirenas neoliberales jamás van a tocar la propiedad, no hace falta ni que lo diga.
Si queremos salvar nuestro sistema público, aun con sus miles de defectos y contradicciones, no podemos partirles las piernas a todos esos chavales que están señalando el estrepitoso conflicto generacional que padecemos (la existencia de este no significa que no haya también uno de clases, ojo con esto), sino reorientar la rabia y, sobre todo, actuar: la fe solo la excita con la palabra Dios; nosotros, o sea, vosotros, debéis darles o darnos hechos para que volvamos a creer.
Igual, como dice el rey de Navarra shakesperiano, debemos todos cumplir nuestra parte del pacto y meter o meteros un hostión fiscal a los que se pasen u os paséis de un índice oficial de precios serios, no la churrada que tenemos ahora. O construir más, o expropiar, o meternos a todos en parcelas lunares, yo qué sé; la verdad es que desconozco cuál es exactamente la solución, pero sí sé que pasa por que tú, abuela majísima que votas a Sumar o el PSC, no puedas volver a cobrar 1.500 euros al mes por esa puta mierda que te regaló el Instituto de la Vivienda hace sesenta años; joder, es que no le has cambiado ni las ventanas, tía guarra. Si no, tus inquilinos van a hacer todo lo posible para que te quedes sin pensión, sanidad y hasta transporte público; y te puedo asegurar que a esos dragones que antes citamos, Blackrock o Blackstone, les encanta este plan.
No es por nada, pero está en juego vuestra, nuestra pensión. Poned(nos) a los chavalines de vuestra parte, aunque para eso tengáis que comeros el caldo y no solo las tajadas.
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