Opinión
Yo no quiero tener más hijos (o sí)

Periodista
-Actualizado a
Me choco con su barriga de frente cuando salgo de dejar a la niña en gimnasia. Me parece una barriga de unos seis meses de gestación, quizá cinco, si tenemos en cuenta que es el tercero y, parece ser, que los úteros experimentados se expanden antes que los primíparos. Me quedo de piedra y un poquito turbada. ¿Cómo se atreve? ¿Acaso no le llegaba con dos? ¡Si hasta tiene ya a la parejita! Me voy al trabajo con el mal sabor de boca y una envidia que se me coloca en el centro del pecho, como un disparo, o una náusea de embarazada. Le envío un audio a mi pareja y le informo de mis sospechas. ¿A ti te parece normal? Sigo yo barruntando. La pobre mujer, que no me ha hecho ningún daño nunca, víctima de mis íntimas frustraciones. Porque yo tengo una hija a la que quiero muchísimo y nunca he querido tener más hijos, o eso me digo a mí y a los demás, porque cómo voy a tener yo más hijos si no me da la vida, ni el dinero, ni la salud para cuidar de una sola.
Unos días atrás, en la cola del súper, el súper del triángulo isósceles verde al que voy a menudo porque es el más cercano a mi casa y a veces no tengo energía ni tiempo para caminar una manzana más pero que es caro, carísimo, insultantemente caro para cualquier familia, coincido con una madre a la que sigue su hijo de unos 7 años muy bien uniformado con el conjuntito del cole concertado. Es fin de mes y la compra de la familia exigua es una sucesión de alimentos industriales de marca blanca a la que el niño pide incorporar unas chocolatinas de una marca conocida. Ella duda y finalmente consiente, no sin antes recordarle que eso se lo restan del regalo del cumple. El chaval tiene otra idea, le dice que pueden sacar el importe de la paga de la abuela pero, su madre, como cualquier otra madre de cole público, le dice que no, que el dinero de la abuela es para ahorrar. Otra punzada me sacude al comprobar cómo las madres andamos haciendo siempre cuentas para que nos cuadre el balance de resultados. Y esta se me clava más profunda, entre los omóplatos, como un puñal, porque yo jamás había mirado los precios y ahora entro al súper con taquicardias y preguntándome hasta cuándo vamos a soportar este saqueo.
No descubro la pólvora si afirmo que tener hijos, a día de hoy, se ha convertido en un privilegio de clase pero, como muchas personas pobres siguen teniéndolos, habrá que matizar la frase: tener varios hijos y gozar de buena salud es el auténtico privilegio. Ser rico no es lo más importante porque la combinación perfecta para disfrutar de una familia numerosa y no morir en el intento debe de ser una mezcla de sueldos holgados, vivienda digna libre de hipoteca y posibilidades de conciliación real. Y eso incluye tiempo libre, verdaderamente libre. Por eso, la portadora de la barriga de su tercer hijo que causó mi envidia es funcionaria en la Administración pública con un muy buen puesto de trabajo, y su marido también. Por eso, los dos llevan los niños al cole juntos y por eso sé que los dos van a disfrutar de una baja amplia que no tendrán que andar regateando si el permiso habitual se convierte en una uno más generoso, o en una reducción de jornada bien pagada.
Yo no quiero tener más hijas, me repito a mí y le repito a todo el mundo. Que a dónde voy yo con mis contratos temporales, mis trabajos extra como autónoma, mis prisas y mi lengua fuera siempre, mi salud delicada y mi hipocondría disparada. A dónde voy yo que somatizo todas las desgracias del mundo y llego a casa tan cansada que lo último que me apetece muchas veces es jugar con mi hija, aunque lleve 12 horas sin verla. A dónde voy que voy al super del triángulo verde isósceles porque soy una vaga y solo pienso en el aquí y en el ahora, y me arrepiento en cuanto paso por caja y me cobran 50 euros por unos yogures, un poco de carne y algo de fruta —porque en la comida jamás escatimamos en nuestra casa que si trabajamos es, como mínimo, para comer bien y darle comida buena a nuestra hija—. A dónde voy si sé que una hija bien alimentada sale carísima y que dos deben de salir exactamente por el doble de precio, aunque haya quien te los venda como las ofertas 2x1, que al final siempre son mentira porque lo barato sale caro.
Lo que más me irrita no es pensar que no voy a tener más hijos, lo que me cabrea de verdad es ser consciente de que no he tenido nunca la posibilidad de poder decidirlo con libertad. Ni la voy a tener, porque la treintena se acaba y ya no tengo otros 10 años por delante para pensarlo con calma y buena reserva ovárica. Ojalá hubiese podido barajarlo sin tener que hacer 350 cuentas mentales, cuentas de dinero y de conciliación, cuentas que incluyen a unos abuelos imprescindibles que también envejecen. Cuentas que hablan (me hablan) de esa salud que tengo que cuidar porque yo solo sé criar de una manera, poniendo el cuerpo y el alma, pero el cuerpo lleva la cuenta y la cabeza también, y yo estoy muy lejos de ser una súpermadre que lo hace todo con una sonrisa y que nunca está cansada, ni pierde la paciencia.
Confieso que me encanta la edad actual de mi hija (4 años) y que haber salido de su primera infancia ha sido un alivio y un descanso. Confieso que yo llevé fatal mi embarazo y que el posparto me pareció una larga travesía de soledad y aislamiento. Confieso que a mí las embarazadas solo me han dado envidia antes de estarlo y que lo único que me hace dudar de mi exigua familia es esa presunta felicidad tan del siglo XX con varias réplicas a ti (¡los quiero a todos igual!), trabajo estable, hipoteca fulminada y mes completo de vacaciones con su semanita extra en Disneylandia. Aunque a mí la estabilidad siempre me ha desestabilizado y lleve huyendo de ella toda mi vida. Quizá lo que no puedo soportar es la sensación de que las cartas ya están echadas, las decisiones más importantes hayan sido tomadas, y las que no se tomaron se quedarán en el limbo de las vidas no vividas. A mí lo que me abruma es hacerme mayor, que mis padres se hagan mayores, y que un día se acabe la infancia de mi única hija y yo me quede con un agujero en medio del estómago, imposible de llenar.
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