Opinión
La quimera nuclear en tiempos caóticos

De nuevo resurge el debate sobre la energía nuclear. Qué lejos quedan las más que justificadas alarmas provocadas por los accidentes nucleares de Harrisburg (1979), Chernóbil (1986) o Fukushima (2011). Tampoco pareciera importar hoy en día la irresponsable política de tratamiento de los residuos generados en las centrales que tienen una vida radioactiva de decenas de miles de años. “Tratamiento” consistente en “esconderlos” en los cementerios nucleares geológicos o marinos al albur de cualquier contingencia sísmica de envergadura. Y qué lejanas y olvidadas son las evidencias sobre los pasadizos subterráneos que unen las instalaciones civiles y sus homólogas militares.
En el plano militar es patente la inutilidad del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares que nació para reservar el derecho a disponer del arma atómica solamente a las grandes potencias salidas de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, no ha servido de nada: países como Pakistán o India cuentan con arsenal nuclear. Pero actualmente lo más sangrante y cínico es que a la vez que se sanciona y agrede a Irán por el intento de enriquecer uranio por parte del régimen de los ayatolás, se permite al genocida estado sionista israelí disponer de plutonio y armas nucleares. Armas que se construyeron a partir de los usos civiles energéticos atómicos. Actualmente hay otro aspecto bélico de las centrales nucleares que es el de su conversión en posibles dianas en caso de conflicto, como ilustran los casos de Zaporiyia en Ucrania y Busher en Irán donde varios misiles pasaron muy cerca de la central.
Hoy el tema para “los de arriba” es otro: hay una poderosa ola nuclear-reaccionaria mundial que no sólo niega la mayor sobre los riesgos inherentes a la energía atómica, sino que oculta sus verdaderos intereses económicos y la presenta como la única energía solvente para garantizar la demanda, el desarrollo y, en su delirio, llegan a afirmar que es la única que puede detener el cambio climático.
En el Estado español, el debate se ha reabierto por la decisión de la eliminación gradual de la energía atómica entre los años 2027 y 2035, lo que ha dado pie a la discusión sobre la conveniencia de una moratoria, dónde las propuestas del PP suponen supeditar la política energética a la voluntad de las eléctricas.
En la Unión Europea y tomando como excusa el desabastecimiento de gas y petróleo ocasionado por las sanciones a Rusia por su guerra contra Ucrania, en 2023 se “reconsideró” la naturaleza de la energía atómica incluyéndola en la taxonomía verde, a la vez que se decidió el impulso de los reactores modulares pequeños (SMR por sus siglas en inglés), medidas cuyos costes derivados de la seguridad y los plazos de investigación y construcción van a cargo de… las arcas públicas.
En Estados Unidos el país con mayor número de centrales nucleares del mundo -con 97 de las 416 existentes- tanto Biden como Trump han impulsado su modernización y proliferación ante la fortaleza e innovación tecnológica en ese campo tanto de Rusia como de China. La lucha trumpista para conservar la hegemonía mundial de los EEUU frente a ambas, especialmente frente a la potencia oriental en ascenso, también se resolverá en el campo nuclear. Rusia está a la cabeza mundial en los reactores de neutrones rápidos, a través de la empresa Rosatom de tecnología avanzada, bajo control estatal, que ofrece paquetes integrales a más de cincuenta países tanto en la construcción de reactores, como en los suministros de uranio y demás servicios posventa. Ese país dispone de la única central flotante sumamente versátil, la Akademik Lomonosov. En el caso chino cabe señalar que los indicadores básicos para analizar el desarrollo de la industria nuclear como son las construcciones en marcha, ritmo de finalización, amplitud de las opciones tecnológicas y profundidad de las cadenas de suministro demuestran su consolidación.
Con ocasión de la COP-28 celebrada en 2023 en Dubái, se acordó por parte de treinta países triplicar la energía nuclear antes de 2050, por lo que se instó al Banco Mundial a facilitar préstamos energéticos nucleares a sus clientes que no son otros que los gobiernos. Horas le costó al BM cambiar su orientación para poderlo llevar a cabo. No deja de ser increíble que una cumbre sobre el clima esté presidida por un ministro de una potencia petrolera. Pero aún lo es más que impulse la nuclear como solución para evitar el calentamiento. Unos y otros obvian el alto coste económico y la larga duración de construcción de las centrales nucleares y los costes de seguridad que son mucho mayores que los de las energías renovables, lo que hace a estas más aptas para sustituir a los hidrocarburos. Así se cierra el círculo de la cínica ignominia.
Y sobrevolando todo lo anterior hay una realidad: la extrema voracidad energética del sistema capitalista en sus diversas variantes y áreas de negocio que se duplicará en los próximos veinticinco años. En concreto está determinada por los intereses de los tecno-oligarcas impulsores de la IA cuyos centros de datos requieren cantidades ingentes de agua y electricidad. Su demanda hoy representa un 2,6% del total, y se duplicará en 2030 (o más siguiendo la senda irlandesa). Ello requiere de todo tipo de energías, en concreto de petróleo y de las grandes centrales nucleares, pero también abre las puertas al desarrollo y proliferación sin control de los reactores modulares pequeños con los riesgos añadidos que ello supone.
En setiembre de 2011 publiqué en este mismo medio un artículo junto a varios amigos economistas cuyas conclusiones fueron que el mito de la energía nuclear se constituyó sobre seis mentiras: que es una fuente abundante, segura, barata, autóctona, limpia e imprescindible. En el caso español la mentira se agrava dada su dependencia de la importación de mineral y de tecnologías estadounidenses, se paga por la fabricación de concentrados, el enriquecimiento de uranio y el almacenaje de residuos en Francia. Por ello afirmábamos que la nuclear, además de peligrosa, es una ruina, una ruina radioactiva.
Hoy de nuevo cabe concluir que la energía nuclear fue y es una quimera en la doble acepción del término: monstruo y delirio. Pero por suerte también hay un incipiente resurgir de su némesis: el movimiento antinuclear.
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