Opinión
El reflejo del orgullo que la sociedad aún no abraza

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
La semana pasada tuve la oportunidad de presentar con Pitu Aparicio su libro Autocoñocimiento. Todo lo que no nos han contado sobre nuestro cuerpo, el placer, el deseo y la autoestima. Ella es una tía tremendamente divertida, así que el encuentro iba a ser un encuentro divertido aunque yo no aportara ni gotita de diversión. Pero qué necesidad de jugar a la falsa modestia: algo sí aporté. Mientras ella contaba lo valioso que es quererse a una misma, tratarse con cariño y gustarse, yo iba poniéndome roja como un tomate. Decía, por ejemplo, que es importante dedicarte ratitos a ti misma, sentarte delante del espejo, hablarte, decirte todo eso que necesitas escuchar. Me imaginé diciéndome cuatro cosas bonitas a mí misma y el rubor era cada vez más evidente: "Pero, tía, ¿tú te sientas de verdad delante del espejo a hablar contigo?", le pregunté. Y el público se rió y, ella, asintió. "Cuánta valentía", pensé.
En mi caso, los halagos se fundirían con recordatorios: "Guapa, a ver si hoy contestas todos los correos que tienes pendientes". "Lo estás haciendo bien, pon tú hoy la lavadora". "Haces lo que puedes con lo que tienes". "E. te va a dejar como no pases más tiempo en casa". "Eres buena amiga, no puede pasar un día más sin contestar a P.". "Estás escribiendo un libro bonito, no te olvides de pagar la factura". Pero, sobre todo, los halagos se fundirían con recuerdos que me he esforzado mucho en dejar atrás. Y, no, no se puede.
Mientras todes en la sala se reían de mi cara colorada, yo caía de un salto en el pasillo de la casa de mi infancia. Igual que Mary Poppins, Bert, Jane y Michael Banks saltan dentro del dibujo que encuentran en el parque tras una pequeña danza y algo de magia. Ellos caen en campos verdes, montan en un tiovivo, cantan Supercalifragilisticoespialidoso y viven aventuras apasionantes. Yo, simplemente, estoy ahí, con, no sé, ¿16 años?. Mi familia, probablemente, habrá ido a pasar la tarde a algún centro comercial y yo hago tiempo para que mis amigas acaben de prepararse para salir un rato. Ando de aquí para allá, aburrida, pero siempre tratando de evitar mirarme en el espejo. Los complejos de la edad, por supuesto, pero, sobre todo, la certeza de estar viviendo algo que no está bien y la sensación de que podría evitarse si hago el esfuerzo de no mirarme.
No sabía lo que era, pero me había enamorado. No entendía los nervios, el vuelco en el estómago, no sabía por qué se me mojaban las bragas, por qué enmudecía al verla, por qué me ponía tan contenta cada zumbido en el Messenger y por qué me decepcionaba tanto si no era ella preguntándome "k aces?". Pero sabía, con una certeza de puro hierro, que aquello no estaba bien. Si por error mis ojos se cruzaban con los míos, la única escapatoria era enfrentarme: "No. No eres lesbiana", decía en voz alta. En una voz alta agitada y entrecortada. No había nadie en casa, pero por si acaso. El pasillo de la casa de mi vida creo que es demasiado pequeño para poder llamarlo pasillo, pero así lo hemos llamado siempre. Ese pasillo, que podría ser simplemente una pequeña entrada, quería parecer más grande de lo que era y, por eso, está completamente forrado con un espejo: desde el rodapié a la moldura. Era difícil escaparse.
Hace mucho que no me acordaba de ese gran espejo, ni de mis conversaciones furtivas conmigo misma. Algunas, eran firmes: "Que no, Andrea, que no"; otras, escuetas: "No, no"; algunas, más dramáticas: "No, por favor, no". La mayoría, entre lágrimas: "No puede ser". Pero era, es. Ahora también evito mirarme en el espejo, pero por otras razones: me da pena ver mis ojeras o el maldito pelo que suele salirme en el lunar. Pocas cosas puedo decirme con satisfacción ante el espejo, pero una de ellas es, sin duda alguna, que soy una orgullosa y feliz lesbiana. Lesbiana, bollera, tortillera, me vale todo.
Aquel primer amor acabó como el rosario de la aurora, pero vinieron otros muchos después. De la mano de aquellos primeros amores furtivos llegó también el feminismo y, con él, la pertenencia, la libertad, el disfrute, la certeza de haber encontrado mi pequeña danza, mi gotita de magia, mis campos verdes, mi tiovivo, mi Supercalifragilisticoespialidoso y mis propias aventuras apasionantes. En la dedicatoria que me escribió Pitu Aparicio en su libro me decía que esperaba que su libro pudiera entregarme el gozo que no tuvimos de adolescentes. Perdimos mucho, desde luego, pero lo hemos recuperado con creces. El gozo, digo.
Estos días, mientras en nuestro pequeño "espacio marginal", como dice Viruta Ftm, nos tiramos los trastos a la cabeza por cosas que solo nos importan a nosotras, algunas siguen mirándose con miedo y asco al espejo. Las que hemos tenido la oportunidad –por distintas razones– de dejar de hacerlo, las que hemos podido limpiar nuestros espejos, tenemos la responsabilidad de contribuir a que estén igual de limpios todos los demás. Porque, no tan lejos de nuestros lugares de privilegio y de vanguardia, muy cerca de los frágiles micromundos que hemos construido –con esfuerzo y privilegio– otras siguen teniendo conversaciones furtivas, firmes, escuetas, dramáticas y, sobre todo, entre lágrimas, con ellas mismas. Porque, sí, hemos hecho mucho más de lo que yo podía imaginar cuando era una cría, pero todos nuestros logros son demasiado recientes, demasiado quebradizos. Algunas hemos aprendido a estar orgullosas de lo que somos, del reflejo que nos devuelve el espejo, pero no estaremos completamente a salvo hasta que sea el conjunto de la sociedad el que esté orgulloso de su propia diversidad. En los últimos años, las críticas más voraces se han agazapado, pero están a punto de volver a emerger con fuerza y descaro. Ahora, más que nunca, necesitamos tener limpios nuestros espejos. Son una herramienta muy útil para detectar si tienes cerca a alguien que está escondido.
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