Opinión
De relojes y cuerpos: jornada laboral y tiempo de vida

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
Reducir la jornada laboral a las 37,5 horas puede, en apariencia, no parecer mucho. De hecho, me llama la atención el poco debate que la medida genera. Quiero entender que la ausencia de acalorados debates no viene dada por la importancia de la media, sino por su abrumador apoyo social. Según Cotec y Sigma Dos1, un 81% de la población apoya la reducción de jornada laboral sin merma salarial. Es difícil encontrar otra medida que genere tanto consenso.
No pasa solo en España, la reducción de la jornada laboral está recorriendo todo el planeta. Desde las experiencias de las jornadas de 4 días semanales en Holanda, Islandia, Francia, Bélgica, Alemania, Japón o Portugal, la ley de 32 horas que Berni Sanders llevó al Congreso estadounidense, la reducción de facto de las horas de trabajo en los países desarrollados… No es casual, hay motivos para que sea uno de los grandes temas de nuestro tiempo.
Mi hipótesis es que la explosión de debates sobre a trabajar menos horas tiene tres detonantes que, de hecho, ya están cambiando la función trabajo en el capitalismo contemporáneo durante la última década y que, además, han venido para quedarse: me refiero a la revolución digital, los efectos de la pandemia y el avance del feminismo.
Pero antes de entrar en ellos, unas notas para delimitar qué es de lo que estamos hablando cuando hablamos del tiempo de trabajo, ese que organiza nuestras vidas y que, de hecho, divide nuestros días en dos.
Tic-tac
Suele asociarse la aparición de la jornada laboral a la invención del reloj, es decir, al desarrollo tecnológico que transformó la concepción del tiempo, ya no dependiente de la naturaleza y la luz del sol, sino de una métrica industrial. Silvia Federici nos dice no, “que la primera máquina desarrollada por el capitalismo fue el cuerpo humano y no la máquina de vapor ni tampoco el reloj”.
En su Calibán y la bruja, Federici nos narra cómo disciplinar los cuerpos para que encajen en la dinámica de producción fue y es una de las características del desarrollo del capitalismo. La filosofía mecanicista que lo acompaña convierte al cuerpo humano en una máquina, en trabajadores que producen cosas en un tiempo y un espacio delimitado y forzoso y es ahí donde entra, tic-tac, la función del reloj.
Esencialmente lo que uno vende en el mercado laboral es tiempo de vida. Vendemos fuerza de trabajo y horas de vida ligadas a un contrato que obliga a que nuestros cuerpos (mente incluida) estén dedicados durante ese tiempo a trabajar, a ser parte de un engranaje productivo en el que, necesariamente, actuamos más como máquinas o ciborgs que como seres libres. Ese proceso de cosificación de los trabajadores, que diría Lukács, es lo que la clase trabajadora ha disputado en su lucha por la reducción de la jornada laboral: ser menos máquinas y más humanos.
Lo que pretendo argumentar es que la reducción de la jornada laboral no es una disputa por trabajar menos, sino por ser más libres.
Trabajamos las mismas horas desde hace décadas
La jornada laboral de 40 horas semanales empezó a implementarse en el mundo hace más de 100 años (la Ford la aplicó en 1919). Incluso en España, las Cortes de la Segunda Republica la hicieron ley en 1931.
No me extiendo en el argumento, de puro obvio, ya que no hace falta ser un marxista avezado para saber que el desarrollo tecnológico y social del último siglo hacen irracional que trabajemos las mismas horas que en tiempos en lo que lo más novedoso era la electricidad y el motor de combustión.
De hecho, John M. Keynes auguró en 1930 que en 100 años (o sea, en la actualidad) la jornada laboral sería de 15 horas semanales y no basó sus cálculos solo en la mejora tecnológica, sino en los cambios que habían de producirse en la forma de producir.
Uno de esos cambios se me hace patente al comparar los lemas de dos campañas separadas por 25 años: cuando Izquierda Unida lanzó en 1998 la campaña por las 35 horas, el eslogan fue: “trabajar menos para trabajar todos”, es decir, el reparto del trabajo en tiempos de altísimo desempleo (un 20% en la España de la época). Entroncaba, además, con la campaña que en Francia sí consiguió las 35 horas semanales que nuestros vecinos siguen disfrutando.
Hoy ya no pedimos trabajar menos para repartir el trabajo. Hoy la demanda es “trabajar menos para vivir más” y es en la belleza de este cambio donde encuentro los tres disruptores de nuestro tiempo que están cambiando la narrativa sobre el trabajo.
La revolución digital está empujando cambios tan rápidos que hace palmario que cualquiera concluya que si parte de nuestros trabajos los pueden realizar algoritmos o máquinas, es lógico proponer que trabajemos menos horas y menos años, con la misma o más efectividad.
Es tan obvio que es uno de los grandes debates de hoy y algo que, además, un acontecimiento inesperado, la pandemia, aceleró de forma exponencial. Los confinamientos dispararon los trabajos remotos e hicieron que mucha gente se preguntara si querían volver a trabajar en las mismas condiciones. Se lo llamó el “gran rechazo”. Una pandemia que ha moldeado una generación que ya no concibe el trabajo como sacrificio, que prefiere romper el muro que separa el tiempo de trabajo y el tiempo de vida, que desea (de forma global) trabajos híbridos (mezcla de presencial y remoto) y que, apuesta, también de forma global, por la reducción de la jornada o la semana laboral de 4 días. Todo lo que les estoy contando está avalado por estudios y encuestas, no es mi opinión, sino una nueva realidad.
De lo que no tengo datos, pero tampoco dudas, es de que está nueva forma de pensar el trabajo está impulsada por la ola del feminismo, que ha colocado la vida en el centro, los cuidados y los usos más igualitarios del tiempo y el espacio, tanto, que sospecho que a las generaciones más jóvenes lo de conciliar la vida laboral y familiar ya se les queda corto. Bosquejo un hilo violeta con aquellas brujas, cuya caza Federici desvelaba como parte del disciplinamiento de los cuerpos rebeldes a encerarse en un espacio (la casa, la fábrica) y a un tiempo marcado por el reloj.
Por eso no me parece poco reducir la jornada media hora al día. Insuficiente, sí, pero en la dirección en la que soplan los mejores vientos. Media horita no es mucho, pero es media hora más para hacer lo que queramos, para ser un poquito más libres. Espero que el Parlamento apruebe la medida, que represente a ese 80% de la población que la apoya y que no ponga más distancia entre representantes y representados.
Y si por el camino alguien les dice que reducir la jornada aumentará el coste empresarial y generará desempleo, explíquenle que eso ya lo dijo el economista Senior en 1829 para oponerse a reducir la jornada de 16 horas diarias y que ya cansan. Llevan 200 años diciendo lo mismo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.