Opinión
Revuelta, los públicos y el reality

Por Guillermo Zapata
Escritor y guionista
Esta semana conocimos unos audios en los que los líderes de Revuelta, la organización juvenil de Vox, intentaban sacarse de encima el peliagudo asunto por el cual habían dedicado los dineros que recaudaron para la DANA en quién sabe qué cosas y les habían pillado. Por repugnante que sea todo esto, hubo un detalle en la conversación que me pareció muy interesante.
Dice así: "Que hagan lo que les de la puta gana, pero sin que el público piense que es de Vox" y "Tú, que eres muy creativo, busca un motivo para decirle al público que Revuelta ha dejado de existir".
¿Quién es ese público del que están hablando? Esas personas somos tú, yo, los votantes de Vox, la gente en general. ¿Quién se refiere a la gente en general cómo público? Alguien que está dentro de una ficción televisada. El público, la audiencia, es ese otro que no eres tú cuándo estás en un reality. Cuando vives en la Isla de Supervivientes o en la Casa de Gran Hermano.
Como todo lo que se dice de forma inconsciente, o con un lenguaje incorporado sin mucho pensar sus sentidos y significados, revela mucho más de lo que la propia palabra señala. En este caso nos habla de la forma de la política hoy y de manera muy específica de la política de la extrema derecha. Unas organizaciones que se han transformado fundamentalmente en máquinas de comunicar. Si en el siglo XX las organizaciones de masas tenían por objetivo organizar la sociedad, en el siglo XXI los partidos (ya nunca más organizaciones de masas) son gestores de relatos, estados de ánimo y lenguajes televisivos. La gente a la que estafas ya no son ciudadanos, son el público, son espectadores que te ven. Lo que los partidos sufren son crisis reputacionales.
Si la socialización política es socialización mediática, si los partidos ya no se expresan solo (y cada vez menos) desde los medios de comunicación, sino que "lo mediático" es el tejido mismo de la realidad, entonces la educación mediática es una cuestión fundamental de la ciudadanía.
Desde que empezó el primer Gran Hermano hace más de veinticinco años se ha ido repitiendo el debate sobre si los reality shows son programas manipulados o no. A la vez, el reality como programa ha ido sustituyendo casi toda la parrilla televisiva e infectando otros lenguajes, extendiéndose mucho más allá de sus propios contenidos. En algún momento Mediaset se ha convertido en un gigantesco contenedor de reality. Los influencers digitales usan el formato del reality y el streaming vital no deja de ser una forma de reality, una ficción que no es ficción ni realidad, una realidad por actualizarse.
Estas semanas se emite La Isla de las Tentaciones, cuyo formato se basa en coger a un grupo de parejas heterosexuales jóvenes, generalmente con problemas de algún tipo en la dupla confianza/celos, y soltarlos durante algo más de un mes en dos villas paradisíacas en algún rincón remoto del mundo. Una para ellas y otra para ellos. En esas villas aparecen un grupo de chicos (para ellas) y chicas (para ellos) con el nombre de tentadores, cuya función es romper las parejas y conseguir que ellos y ellas engañen a sus "otros" en la villa de al lado. El programa mantiene a unos y otros en una situación de aislamiento. No es sólo que no vean a sus parejas, es que no tiene reloj, no tienen manera de saber qué hora es, no tienen contacto con su afuera. Lo único que hacen es estar de fiesta, o en citas, durmiendo o teniendo relaciones sexuales. La sensación de irrealidad es absoluta. Después, el programa les muestra imágenes descontextualizadas de sus parejas en la otra casa para que se piquen, se derrumben o tengan celos. Es lo más parecido a un dispositivo de tortura emocional voluntaria que yo al menos conozco en televisión.
La cuestión es que el programa lleva nueve temporadas y las personas que van al mismo saben perfectamente cómo funciona. A pesar de ello son incapaces de leer lo que les están poniendo delante de las narices como un acto de manipulación con el objetivo de que pierdan los nervios, desconfíen y se entreguen a la dinámica del programa. Hay quien lo hace por cinismo, quizás el sentimiento que mejor explota el programa, pero en un porcentaje muy grande es por pura inconsciencia.
Si no vamos a ser ciudadanos, sino públicos, al menos convendría ser públicos con herramientas para entender lo que tenemos alrededor.
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