Opinión
Algo se ha roto y parece no tener arreglo

Por Toni Mejías
Periodista
¿Cuántas posibilidades existen de que un tren descarrile y en menos de 20 segundos otro lo choque contra él fatalmente? Escasas. Por eso se le llama accidente, por la terrible coincidencia. Ahora tocará investigar las causas, las posibles negligencias y consecuencias políticas y/o penales y cómo hacer el máximo para que no vuelva a pasar. Todos los años existen decenas de incidencias en la red ferroviaria y la liberalización del sector ferroviario de los últimos años solo ha agravado los problemas, pero el trágico desenlace se debe, principalmente, a una triste coincidencia en el tiempo que impidió activar todos los mecanismos necesarios para minimizar daños. Lo doloroso es que en este tipo de sucesos el número de víctimas es muy llamativo y, por supuesto, sentir que un medio tan seguro como el tren no es infalible. Ahora toca investigar, que pague si alguien tiene que hacerlo y, sobre todo, cuidar y reparar a las víctimas. Todo lo demás es literatura y carnaza.
Porque al igual que las posibilidades de que exista un accidente así son ínfimas, las reacciones de los días posteriores por parte de autoridades, medios de comunicación y ciudadanos eran previsibles. Cada vez más. Podemos sentir asco viendo algunas cosas, pero ya no podemos hacernos los sorprendidos porque es su modus operandi y el odio es un negocio muy rentable. Algo se ha roto en los últimos años y ya no tiene arreglo. No hablo de consenso o de pactos de Estado, sino de un mínimo de humanidad y de callar la maldita boca y no demostrar la ignorancia o la maldad sin ningún tipo de rubor ante cualquier desgracia.
En primer lugar, los partidos de extrema derecha que ni esperan que sean recuperados todos los cuerpos para esparcir bulos y señalar culpables. Sienten que nada les penaliza. Que todo el caos que pueda generarse es beneficioso para ellos que se han vendido como garantes de la paz y la seguridad. Todo lo demás es anarquía. Ellos son el refugio contra todos los males que ellos mismos se han inventado. También la supuesta derecha moderada, que una vez pasada la tregua inicial, comienza su ofensiva a todo trapo porque sienten que el poder les pertenece y que cualquier grieta que vean para erosionar al Gobierno y la confianza en él, es válida. Por supuesto, con Ayuso a la cabeza, quien parece haber hecho una apuesta de hasta qué punto le van a comprar las barrabasadas. De momento, sin duda va ganando.
Por supuesto, los grandes medios de comunicación son los más felices cuando sucede algo así y no hablo irónicamente. De repente se encuentran que van a poder llenar horas y horas de programas con algo interesante y no repetir la misma chufla de semana tras semana. El mínimo respeto a un código deontológico ya no existe, no van a respetar la opinión de expertos y harán primerísimos planos de las víctimas y de sus familiares para buscar carnaza. Son buitres revoloteando alrededor del Alvia esperando su momento para devorar los restos. La información está sobrevalorada. Lo importante es mostrar dolor e impacto. Todo mezclado con bilis e intereses. Capítulo aparte, aunque cada vez cuesta más diferenciar, están los pseudomedios que utilizan cada tragedia para su interés propio sin disimulo. Enseguida están los Vito Quiles de turno cámara en mano diciendo la primera tontería que se les ocurre porque saben que se lo compran. Y teorías que parecían residuales como la del 11M se recupera y vuelve a ganar credibilidad y, según ellos, el PSOE utiliza el mismo método para destruir pruebas. Lo sueltan delante de millones de personas que les compran cada palabra sin pestañear ni dudar un mínimo. Antes era una locura residual, ahora empieza a ser el relato mayoritario.
Porque en esta rotura de un mínimo de decencia, en el último escalón está la ciudadanía, que en su mayoría actúa como una persona infectada por la rabia que no puede pararse a pensar ni un minuto y no tiene miedo (ni vergüenza) de mostrarse a pecho descubierto en redes sociales o en su entorno más cercano. Por ejemplo, insultando a las víctimas del accidente del tren que no quieren respaldar su teoría contra el Gobierno. Le importan tres carajos los muertos y heridos, solo quieren la sangre del Perro Sánchez y si para ello tuvieran que morir otros 50, les valdría. Hasta ese punto se ha llegado y, lo peor, es que creo que no se dan cuenta de lo bárbaro que es. Otro ejemplo es el de Boro, el perro que se había perdido tras el accidente y felizmente encontrado. Puedo entender que para tus adentros pienses que es más importante una vida humana, por qué no. Pero insistir una y otra vez en público, poniendo tu nombre, apellido y cara, en que te suda lo más íntimo lo que le suceda al animal de otra persona, solo demuestra que ya no importa mostrar ser una mala persona. Ya no penaliza. Porque en algún momento se decidió que toda opinión es respetable y no debería ser así.
Son solo unas pinceladas de cómo se ha destruido todo. De cómo nos hemos ido al carajo y es difícil encontrar salida y esperanza en una sociedad basada en un odio infundado para paliar su miedo y su inseguridad. Cuando sucede algo tan terrible y que sabes que ocupará horas y horas de la agenda política y mediática, ya oteas que se viene un tsunami de mierda del que es difícil escapar y que quien mejor nada en ese terreno fangoso es quien vive del bulo, del odio y del caos. Si no encontramos soluciones, Santiago Abascal se sentará en el Consejo de Ministros. Y Donald Trump nos está adelantando cómo se comporta la derecha más reaccionaria y cacique cuando tiene el poder. Habrá que empezar, tal vez, por nuestros entornos más cercanos, pero hay que ir remendando toda la rotura antes de que sea demasiado tarde.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.