Opinión
Y lo sabes

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Puede que de pequeño viera antes por la tele a un imitador de Julio Iglesias que al propio Julio Iglesias. Ya entonces, a mediados de los noventa, su popularidad global, su dicción despreocupada, sus estratosféricas ventas y su cátedra de latin lover nos alcanzaban muy por delante del talento real o las facetas personales del artista. En algún momento el icono eclipsó totalmente a la persona: su sola presencia deslumbraba, ni siquiera tenía que cantar ni hacer nada particular. Porque ese señor tan bronceado no era tanto el ser humano tras Julio Iglesias, sino la encarnación de su mito.
En uno de los muchos programas que estos días han abordado las acusaciones de extrabajadoras del cantante destapadas por eldiario.es y Univisión pude ver una recopilación de una docena larga de besos forzados que Iglesias profería a distintas presentadoras y entrevistadoras a lo largo de los años. Seguro que son imágenes que han sido vistas una y otra vez a través de las décadas, provocando más sonrisas cómplices que otra cosa. "¡Menudo es Julio!". Si hay alguien que no ha dejado de alimentar su legendaria capacidad de seducción ha sido él mismo. Mientras el mundo se poblaba de imitadores, él se fue convirtiendo en su propia parodia.
El shock inicial tras las revelaciones de las mujeres que han decidido alzar la voz no ha consistido tanto en que un señor poderoso pueda ser un tirano en las distancias cortas –ya deberíamos estar curados de espanto–, sino en la disonancia que supone devolver al plano humano a alguien que hemos usado tantas veces como sticker de WhatsApp. ¿Se puede llevar a juicio a un ser mitológico? ¿Cómo aplicamos las leyes a un meme?
A nadie sorprenderá que esa otra figura devorada por su caricatura que es Isabel Díaz Ayuso tenga claro que Julio Iglesias puede hacer lo que le dé la gana, que para eso es Julio Iglesias. Seguro que no es la única que ha pensado o proclamado estos días en foros públicos y privados que las mujeres que decidían trabajar para el divo "sabían a lo que iban". ¿Acaso no era notoria su fogosidad? ¿No le amábamos precisamente por ello?
Hay que poner mucho empeño para no distinguir a un mero donjuán de los relatos verdaderamente terroríficos que ahora conocemos. Alguien que atraía a las mujeres que iban a formar parte de su servicio doméstico con un escalofriante “te habla Julio Iglesias, ¿estás lista para que te cambie la vida?”, sabía muy bien la diferencia de poder que estaba imponiendo desde el principio. Y habrá quien piense que contestar sí a esa pregunta incluye un acceso total al cuerpo y voluntad de quien responde.
Lo que nunca cambia es que, sea como sea el nuevo caso de violencia machista de la semana, las mujeres que sufren abuso y maltrato se enfrentan a la misma cantinela. Si hablan es porque quieren fastidiar a los hombres, si no hablan es porque no será para tanto; si denuncian es porque buscan un beneficio, si no denuncian pero acuden a los medios entonces lo que quieren es fama –incluso cuando su testimonio es anónimo–; si los hechos son recientes cómo pueden demostrarlos, si han pasado años a qué viene contarlo ahora. No hay manera correcta para una mujer de hacer público su caso y buscar justicia.
Mientras concluyo estas líneas, lo último que se sabe es que la Fiscalía de la Audiencia Nacional va a tomar declaración a las extrabajadoras del cantante. A partir de ahí, descubriremos si esa distancia entre ser humano e icono es parapeto suficiente para Julio Iglesias. Lo que queda claro es que, si hay quien prefiere seguir tratando al madrileño como una simpática estampita y no como alguien que deba asumir las consecuencias de sus actos, es porque asume que los hombres ricos, famosos y poderosos básicamente tienen permiso para hacer lo que les dé la gana. Y lo sabes.
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