Opinión
Salvaos los unos a los otros
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
El domingo por la noche estaba muy ocupado cenando con unos amigos y por eso fui uno de los poquísimos españoles que no vio el documental de ficción de Jordi Évole sobre el 23-F. La alternativa era contemplar a Risto Mejide en una entrevista de ficción a Zapatero realizada con dos años y pico de retraso. Al parecer no había más opciones, tales como irse al cine, leer un libro, dormir, masturbarse, cumplir los deberes conyugales, cometer adulterio o desenchufar la tele y arrojarla por la ventana.
Al día siguiente, entre los comentarios y risas de la peña, me quedé por completo fuera de juego, lo mismo que cuando era niño y me perdí el último capítulo de Marco (todavía no sé si encontraba a su madre o si lo adoptaba el mono). El caso es que a muchos les resultaba increíble que un montón de gente (entre los que se contaban intelectuales, periodistas, actores, políticos y Beatriz Talegón) se tragara la bien urdida patraña de Évole cuando prácticamente en cada aniversario nos hemos tragado otras tantas patrañas. La credulidad del pueblo español les parecía un descubrimiento reciente, como si los que hubieran votado el fantasmagórico programa electoral del PP fuesen franceses. Para mí lo asombroso es que la gente no tuviera otra cosa qué hacer un domingo por la noche que sentarse frente al televisor a ver otro documental más sobre el 23-F.
El 23-F es el gran mito de la democracia española, su piedra fundacional, su primera epopeya, su cantar de gesta. Sobre el bigote de Tejero aún cabalgan los leones del Congreso en un frágil equilibrio daliniano. Todo el gran edificio parlamentario se sostiene sobre el pico de ese tricornio con la misma pasmosa seguridad que un elefante haciendo el pino sobre su propia trompa. Hubo comentaristas bienintencionados que compararon el programa de Jordi Évole con aquel terror radiofónico de Orson Welles al adaptar La guerra de los mundos. Uno partía de una gran novela fantástica y otro de una gran fantasía novelada, pero en la intención de Welles nunca estuvo el engaño: la gente que se asustó lo hizo porque encendió la radio en mitad del programa, tomaron la ficción por realidad y se echaron al monte.
La pregunta clave es qué habría hecho la inmensa mayoría de los espectadores que picaron el anzuelo si al final Évole no les hubiera desvelado el truco. ¿Habrían salido a las calles a protestar? ¿Habrían tomado el Congreso o la Zarzuela como los franceses en su día la Bastilla? La respuesta es sencilla: nada. No habríamos hecho nada. Si acaso escribir dos o tres discursos indignados en facebook, un par de proclamas incendiarias en twitter y a la cama, que mañana es lunes hay que madrugar. Con su pieza humorística de corte y confección, Jordi Évole le ha empaquetado el enésimo traje invisible al rey Juan Carlos para que la gente aplauda otro aniversario más la gracia y hasta el año que viene. La monarquía y el espectáculo deben continuar, aunque los neoyorquinos, al menos, creían en los marcianos.
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