Opinión
Sobre la imprenta y los medios como constructores de silencio

Periodista y escritora
Ya todo ha cambiado. De forma acelerada ha cambiado. La imprenta dio la vuelta a nuestra forma de pensar, de actuar, de organizarnos social, política y económicamente. La imprenta modificó también nuestros cuerpos, nuestra salud, nuestra relación con lo físico. Sin embargo, no es cierto que todo el mundo tuviera acceso a la imprenta, que fuera una "democratizadora" total. No es cierto aquello que se afirmaba de la "popularización del conocimiento", así en sentido estricto. Si bien es cierto que, llegado cierto momento y en circunstancias democráticas óptimas, todo el mundo debería tener acceso a todo lo que se publica, deberíamos preguntarnos quién ha decidido durante los siglos que van del XVI al XXI qué se publica y qué no; quién tiene derecho a publicar y quién no.
Me interesa, en todo ese tema, el reparto de los silencios. Demos el salto desde la primera Biblia de Jerusalén, impresa en Maguncia (Alemania) hacia febrero de 1455, hasta los medios de comunicación actuales. Me refiero a los medios de comunicación "tradicionales", no a los nuevos canales que internet pone a disposición de la población para su uso. Durante todo ese tiempo, es falso que la comunicación o la información haya estado en manos de la población. La comunicación y la información han estado en manos de unos pocos, poquísimos, hombres ricos. Diría más, en su inmensa mayoría: hombres (no mujeres), ricos (por supuesto), blancos y heterosexuales (de puertas afuera).
Ya todo ha cambiado, porque ha cambiado el paradigma comunicativo. Se habla mucho de las revoluciones económicas, sociales, políticas, sexuales… y se olvida siempre que todas ellas son consecuencia, de una u otra manera, de cambios en los paradigmas comunicativos. Pongamos, allá lejos, el lenguaje y la escritura como las primeras grandes "revoluciones" para el ser humano a la hora de comunicarse. Ahí hay varios pasos, pero permítanme llegar a la imprenta para situar el primer cambio de paradigma relevante para este apunte.
La imprenta da lugar a los medios de comunicación y, en la misma vía, a la democracia tal y como la conocemos. La imprenta pone en las manos de un reducidísimo grupo de hombres ricos todo mecanismo de comunicación —que luego se amplía al audiovisual—. En fácil, que usted hasta hace nada podía leer todo lo que estaba publicado (en caso de no existir censura), efectivamente. Pero ¿quién decidía qué se publicaba y qué no? Ese puñado de hombres ricos, ni más ni menos. Ahí, por supuesto, las mujeres fuimos las grandes apartadas. Nuestro relato quedó fuera de lo "publicable", tanto en la industria editorial como en los medios. Unas cuantas, muy muy pocas, tuvieron acceso. Porque así lo decidieron los dueños de la comunicación y la información. No me extenderé en cifras, pero basta con revisar las publicaciones, premios, reconocimientos y el papel de las mujeres en lo editorial y lo periodístico hasta la primera década de este siglo XXI.
La imprenta construye, pues, una comunicación de carácter blindado, estrictamente jerárquica y en manos de una minoría de machos en la cima de la pirámide de privilegios. Si tenemos en cuenta que los medios de comunicación de masas ostentaban hasta hace nada el monopolio de la información, cabe colegir que también contaban con el monopolio de la realidad. Entiéndaseme, de la construcción de lo que consideramos "la realidad". Porque la realidad no es nada en sí misma, o al revés, es todo. Pero lo que la sociedad considera "la realidad" depende de lo que comunican y han comunicado los medios.
Lo que los medios han callado, sencillamente no ha existido para la inmensa mayoría de la población. Como expliqué en el análisis de la denuncia contra Adolfo Suárez por violación, los medios de comunicación en España han silenciado muchos temas, entre los cuales quizás los más sangrantes son: el papel de Suárez y la Corona en la impunidad de los criminales de la dictadura franquista; la participación de todos los partidos políticos de la Transición en dicho silencio; el hecho de que España sea un territorio sembrado de fosas comunes y desaparecidos sin parangón; los casos de pederastia en el seno de la Iglesia católica y su papel en el robo de bebés; las torturas y asesinatos perpetrados ya en democracia, durante los años —¿décadas?— posteriores a la Transición; y finalmente, porque me parece el principal, el silencio sobre la violencia sexual habitual y ubicua contra las mujeres.
La irrupción de internet y las redes sociales han dado al traste con todo ello. Dos ventajas ofrecen estos nuevos medios para aquellos sectores de la población que habían permanecido al margen de "la realidad" retratada por los medios: no requieren inversión de capital ni requieren permiso. Eso hace que afloren nuevas "realidades" construidas no desde las jerarquías, sino por acumulación. O sea, no en vertical, sino en horizontal. Los movimientos #MeToo, #NiUnaMenos o#Cuéntalo son los mejores ejemplos.
Pensaba en todo esto a raíz del caso Adolfo Suárez. Hasta hace muy poco, o quizás hasta hoy mismo, existían varios grupos de comunicación que dictaban lo que era y dejaba de ser "la realidad" en este país. Podríamos resumirlos en los siguientes: PRISA, Atresmedia, Mediaset España, Unidad Editorial, Vocento, Grupo Planeta, Prensa Ibérica, Mediapro y Grupo Godó. Sin embargo, la noticia del caso Adolfo Suárez no siguió dichos cauces. De hecho, un medio como El País llegó a afirmar en su publicación (tardía y a rebufo del resto) que la información sobre dicha denuncia obraba en su poder desde hacía 13 meses.
Ojo, que estamos hablando de la violación de una menor por parte de un presidente del Gobierno; y no cualquier presidente, sino aquel que aparece a los ojos de todo el mundo como el constructor de la Transición democrática. Que dicha información, en manos de uno de los grandes grupos se distraiga durante 13 meses sólo puede significar una cosa: el poco o nulo interés en hacerla pública. Aunque también podría formar parte, ser una pieza más en la construcción del silencio al que se nos ha sometido.
En fin, son pensamientos de periodista veterana que hace ya tiempo perdió la confianza en los grandes medios de comunicación y ahora ve cómo agoniza ese elefante que dibujaba, inventaba y falseaba a su antojo nuestra "realidad". Y, por lo tanto, la opinión pública. Y, por lo tanto, la salud de nuestra democracia.

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