Opinión
Tres milagros

Por Magda Simó
Periodista y escritora
-Actualizado a
En 2024 y según los datos oficiales del Ministerio de Cultura, se publicaron en España un total de 92.616 libros, de los cuales un 22% eran de creación literaria. Eso supone 250 libros nuevos cada día. Un libro cada seis minutos, entrando en las librerías y colocándose en los estantes y las mesas, ilusionado. Hola, buenos días, soy el nuevo. Y eso sin contar los títulos autoeditados, cuyo volumen es tan inconcebible en épocas de IA y bots que hasta la gran plataforma de edición y venta online que todos conocemos ha tenido que limitar la autopublicación a tres libros diarios por autor. Tres libros diarios por autor. Ahá. Una velocidad supersónica y en absoluto humana, pero que inunda y satura un mercado ya de por sí inmenso.
Hay tantos, tantos libros en el mercado, tantos libros en cualquier librería, que es una auténtica carambola que alguien escoja justo el tuyo, por algún tipo de sortilegio mágico. El primer milagro es ese, una alineación de los planetas que tiene que ver con el momento y el lugar, pero también con la promoción, el apoyo mediático, las recomendaciones de los libreros y el boca-oreja, el trabajo de difusión de la editorial y la actividad y repercusión del autor en redes sociales. Y con la suerte. Son muchos factores que tienen que confluir en una misma dirección para que un título supere la media de ejemplares vendidos, que se sitúa en unos 400, por lo que todo lo que supere esa cifra puede considerarse un éxito. De hecho, solo el 0,1% de los libros publicados en España vende más de 3000 ejemplares, mientras que la gran mayoría de obras, en torno a un 80% de lo que se publica, vende menos de 50. Eso también se traduce en que hay unas pocas obras superventas que concentran el gran pastel literario y normalmente pertenecen a los grandes grupos editoriales, con todas sus ventajas en el mercado, su poder y su capacidad de promoción. En este contexto, el reto para las más de 3000 editoriales independientes, pequeñas o medianas, es enorme: tienen que elegir bien lo que publican, asumir riesgos con cada lanzamiento y, a menudo, apostar sin ninguna certeza ni garantía más que la intuición.
Estos datos se refieren a libros en general y de todo tipo, pero si encima hablamos de los autores noveles, a quiénes nos conocen en nuestras casas a la hora de comer y a quiénes no nos precede ni un nombre ni una reputación, la cosa se complica en el más difícil todavía de un circo con leones y payasos. Sobre esta experiencia inmersiva, que te lleva de tu tranquila escritura íntima a una carrera en la que todo el tiempo sientes que pierdes sin ni siquiera haberte apuntado, he hablado algunas veces con una de mis libreras de referencia, Estela Sanchis, que está al frente de la librería Bangarang, en València, y además ha publicado también en 2025 su primera novela, Hasta aquí todo va bien, con la editorial Candaya. Durante este año pasado, las dos nos hemos encontrado en las mismas circunstancias: mujeres de una misma generación en etapas vitales similares, con proyectos laborales exigentes, hijos pequeños y, de repente, también un libro en el mercado, con todo lo que conlleva de ilusión, expectativas, incertidumbre e incluso un cierto replanteamiento de las motivaciones personales.
Hasta aquí todo va bien es un absorbente laberinto literario sobre la creatividad y los demonios y rincones oscuros que tienen en el arte la excusa perfecta para existir. Hay muchos temas y muchas capas en la historia que cuenta Estela, sobre una mujer que llega a una residencia artística para escapar de un bloqueo, pero para mí la mirada predominante es hacia la crueldad del ser humano y los límites íntimos que nos alejan más o menos de la violencia y de las bestias, en una reflexión sobre la toxicidad, la dependencia y la transgresión que deberíais leer ya mismo si aún no lo habéis hecho. Si os cuento un secreto, asusta un poco que alguien tan dulce como Estela haya escrito una historia tan salvaje, pero en realidad su novela responde a la perfección a ese salto al vacío lleno de contradicciones, de caos y abismo, que supone cualquier aventura creativa que te desnuda frente a otros. Porque resulta perturbador, a la vez satisfactorio y confuso, ver por primera vez tu libro en un escaparate o en la mesa de novedades de una librería. Es fabuloso y aterrador leer reseñas que se han escrito sobre ti. Emociona y al mismo tiempo sorprende (impostora, blablabla) tener buena acogida, que tu novela guste. A veces vienen lectores y te cuentan lo que han sentido leyéndote. Y justo ahí, en ese éxito microscópico pero rutilante, reside el improbable segundo milagro.
Si la miramos con los numeritos en la mano y desde la perspectiva del escritor, que invierte mucho tiempo, tribulaciones y esfuerzo, la aventurita literaria es un panorama desalentador, incluso cuando se superan los escollos iniciales y se tiene muy claro cuál es el techo de éxito posible. La creación literaria fuera del territorio best-seller no es para nada un buen negocio, en términos económicos. De hecho, para el escritor, que suele llevarse aproximadamente un 10% del precio de venta de cada ejemplar, ni siquiera es un negocio, sino algo mucho más visceral e intangible, diría que casi inevitable, que puede que contenga mucho de ego pero aún contiene mucho más de temeridad. Y pese a toda esta serie de calamidades, gente como Estela y como yo, que podríamos estar tranquilas en nuestras casas, seguimos escribiendo. Tercer milagro.
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