Opinión
El turismo ante el reto de su sostenibilidad

Por Ramón González Monroy
Secretario general de la Federación de Servicios de CCOO
Tras décadas de crecimiento ininterrumpido, España se sitúa como líder mundial en destinos receptores de visitantes, atrayendo anualmente a cien millones de viajeros internacionales. Las razones son diversas: es el segundo país del mundo con más destinos Patrimonio de la Humanidad, posee una gastronomía de prestigio, infraestructuras sobresalientes y un clima idóneo (aún) para todo tipo de turismos, más allá del tradicional de sol y playa.
Sin embargo, las percepciones sobre los efectos de esta actividad son dispares. A medida que el volumen de visitantes alcanza cifras récord, el debate entre el rendimiento económico, el retorno social y las externalidades perjudiciales, especialmente ambientales y habitacionales, sube de tono, apareciendo rasgos de "turismofobia". Al mismo tiempo, paradójicamente, el turismo constituye el mayor reclamo reputacional de nuestro país, pilar central de la "Marca España": un destino diverso, seguro, superlativo atractivo cultural y una imbatible calidad y cantidad de alternativas para la "economía del visitante".
En magnitudes económicas, el impacto del turismo es rotundamente positivo. Representa el 12,9 % del PIB y genera el 12,3 % del empleo directo. A ello se suma el enorme peso indirecto sobre la demanda interna que ejerce el volumen de población flotante, cuyo gasto previsto superará los 140.000 millones de euros en 2026. Consecuencia de ello, el turismo moldea el mercado de trabajo por la base: al ser un sector intensivo en mano de obra, actúa como puerta de entrada a la empleabilidad para múltiples colectivos. A su alrededor se vertebra el principal sector empleador —la hostelería— y el segundo —el comercio—, además del transporte, la logística y los eventos culturales. Asimismo, dinamiza la economía más allá de la temporada mediante la construcción de infraestructuras, la mejora de espacios públicos y la preservación del patrimonio. Conviene resaltar también su valiosa contribución a la balanza de pagos española, donde actúa como un factor aportador y equilibrador constante.
En la reciente temporada, fenómenos como el "efecto eclipse" han puesto de relieve nuevas modalidades turísticas en auge, como la observación del cielo. Estas alternativas ilustran el potencial del turismo en destinos no masificados, revitalizando economías locales sin otras opciones de desarrollo mediante la oferta de turismo de naturaleza o Slow tourism.
Dicho esto, aun siendo una actividad irrenunciable para la salud económica del país, es preciso romper el encanto: existe un reverso de externalidades sobre las que urge actuar. En términos descriptivos, el modelo actual corre el riesgo de registrar un evidente "exceso de equipaje".
Los impactos en las comunidades locales han dejado de percibirse como positivos en muchos casos, superando los inconvenientes a cualquier beneficio cuantificable. El efecto más visible de la turistificación se observa en el mercado de la vivienda. En España existen 340.000 viviendas de uso turístico registradas y se estiman unas 120.000 no regularizadas, respuesta a una demanda que excede la oferta de alojamiento convencional. Esta dinámica profundiza la percepción del turismo como un modelo extractivista que excluye derechos fundamentales como el acceso a un hogar. La gentrificación y el alza de precios expulsan a los residentes de sus entornos locales. Paradójicamente, esta población suele trabajar en el mismo sector que la desplaza, viéndose obligada a recorrer distancias cada vez mayores para acudir a centros urbanos masificados que corren el riesgo de convertirse en "parques temáticos" uniformes y desprovistos de identidad.
En el ámbito laboral, a pesar de las mejoras logradas mediante la negociación colectiva, y de la erradicación de la subcontratación precarizadora, persisten importantes retos; la estacionalidad, elevadas cargas de trabajo, jornadas prolongadas, dificultades de conciliación y una tasa de parcialidad que, aunque en descenso, sigue duplicando la media del mercado de trabajo.
La sostenibilidad medioambiental plantea otra externalidad crítica debido a la presión sobre recursos escasos como el agua, aumento del consumo energético, contaminación acústica, o presión sobre recursos públicos como la gestión de residuos, el transporte y la sanidad, hace necesaria la generalización de tasas turísticas que proporcionen a los municipios los recursos para sostener sus coberturas.
El desafío para España no reside en frenar el turismo, sino en gestionar sus flujos e impactos inteligentemente. Cabe señalar como última paradoja que el principal país receptor carezca de un operador turístico de bandera, dejando la definición de sus flujos en manos de operadores externos. Es imprescindible exigir una regulación firme del mercado inmobiliario vacacional, impulsar la desestacionalización para distribuir visitas a lo largo del año, garantizar mejores condiciones laborales, diversificar los puntos de entrada al país, incentivar destinos menos saturados y fomentar un perfil de visitante consciente y respetuoso con el entorno.
De la mejora en cada uno de estos aspectos dependerá que el turismo continúe siendo una bendición y no acabe convirtiéndose en una condena.


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