Opinión
La Unidad de la Izquierda y el botón del traje de Rufián

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
El otro día fui a comprarme un par de vaqueros nuevos, no por necesidad sino por capricho, y acabé cogiendo una talla mucho más pequeña de la que normalmente uso. Y no es porque ahora esté más delgada, es que el tallaje de las prendas de ropa femenina se ha vuelto una locura indescifrable. Lo mismo necesitas una talla pequeñísima para una prenda que en la misma tienda te encuentras unos pantalones de la talla L en los que no cabes. Y eres la misma persona. Y, que sepas, tu cuerpo no ha mutado milagrosamente en el probador entre pantalón y pantalón, por lo que asumo que el problema no es cosa mía y, mucho menos, culpa mía.
Porque ya sabemos que con estas cosas de la corporalidad y el peso, especialmente el de las mujeres, tendemos a confundir un hecho, que pesemos más o menos, con una acusación, que no nos cuidamos, que no nos preocupamos por nuestra salud y, sobre todo, que parece que nos importe un pito lo que otros -la mirada masculina, principalmente- puedan pensar de nosotras. Y es en esto último donde hemos dado con la madre del cordero, porque a la mayoría de las mujeres se les puede perdonar cualquier cosa excepto que no quieran ser deseables para los hombres. Así que podemos vestir de lagarterana la gordofobia pero en el fondo esta no es más que el reflejo de la creencia misógina de que el cuerpo femenino está hecho por y para el deseo masculino y, por tanto, nuestra obligación es disciplinarlo hasta transformarlo en lo que se nos exige que sea. Cueste lo que cueste. Es por eso que tendemos a confundir las cuestiones relacionadas con la salud, el cuerpo y los hábitos de vida con la moralidad y, por tanto, con el respeto que merecemos que los demás nos muestren. Si una no se cuida, entonces no tiene derecho a que nadie la quiera, la cuide, la escuche y la respete.
Un poquito como está pasando en estos tiempos de locura reaccionaria colectiva con la izquierda. Pues esta se ha convertido en un batiburrillo en el que caben las cuestiones prácticas, las organizativas, las estéticas, las personales y las éticas, todas ellas mezcladas y batidas para ser servidas en un puré que, a veces, nos cuesta mucho tragar y digerir. Y, aunque la mayoría de los líos y disparates que han montado, y a los que se han apuntado las distintas izquierdas, y que están alejando al votante, ya no de las urnas, sino hasta de las ganas de intentar siquiera aparentar curiosidad e interés por ellas, son claramente culpa de los distintos partidos y sus cúpulas, otras sí que son un poquito responsabilidad de las personas que todavía nos consideramos de izquierdas.
Hagamos autocrítica. Empezando por mí. Porque cada vez que oigo eso de la Unidad de la Izquierda me entran unas ganas locas de ponerme a llorar, primero, y salir escopetada después para esconderme en una cueva que tenga una buena recepción de wifi, porque una cosa es no querer saber nada del mundo y otra renunciar a la nueva serie de Dave Filoni. Pero aquí estamos. De nuevo. Y esta vez la cosa, afuera, pinta fea. Así que no me queda más remedio que reprimir las ganas de huir y ponerme manos a la obra, esto es, poner todo lo que esté de mi parte en no caer en el pesimismo, que es un lujo que solo los que lo tienen todo asegurado se pueden permitir, y sobre todo en el derrotismo. Porque es de esta sentimentalidad de darlo todo por perdido, de aceptar la derrota como una inevitabilidad kármica, de la que se está alimentando electoralmente la Reacción.
Entiendo que muchas y muchos de nosotros vivimos, aprendimos y disfrutamos de y con el 15M. Y no solo eso, es que realmente nos lo creímos. Lo de la participación, la horizontalidad y la ilusión, digo. Pero ya no estamos en ese mundo. Hemos pasado pantalla. La Historia nos ha arrollado por méritos y deméritos propios pero también ajenos. Y hay que aceptarlo. Y seguir adelante. Porque no queda otra. Habrá, por tanto, que dejar de una vez bien guardadito bajo llave en un cajón todo eso de la ilusión del votante y la quimera de pensar que los líderes de la izquierda son como colegas con los que nos encantaría ir de cañas. Porque eso no es más que un espejismo que al desvanecerse nos deja desorientados, dolidos, enfurruñados y desmovilizados. Madurar es comprender que hay gente que te puede no gustar o ilusionar y que sin embargo pueden ser muy buenos en lo suyo. Y lo suyo en estos tiempos de urgencia -no me cansaré de recordar que las cosas ahí fuera están realmente jorobadas y que los USA y Argentina son la preview de lo que nos espera aquí con las derechas- consiste en movilizar el voto, unir a las distintas familias de las izquierdas y alcanzar pactos y acuerdos. Y todo esto desde la intimidad de los despachos y sin que tengamos que ser testigos de las miserias y las peleas por los puestos de salida y los si yo no tengo escaño de qué voy a vivir que tanto daño nos han hecho en este último lustro.
Y es que las derechas españolas ya han traspasado todas las líneas rojas, especialmente las del negacionismo climático, el racismo y la misoginia a la vez que han convertido el Congreso, los parlamentos autonómicos y los plenos municipales en un lodazal donde los ataques personales, las mentiras y los insultos se han convertido en parte central de todo su discurso político. El PP, en una carrera suicida hacia la irrelevancia política, ha creído erróneamente que replicar las formas y los fondos de VOX le iba a resultar rentable. Pero su errada y cretina estrategia ha fortalecido a la extrema derecha, especialmente en los territorios, y es también la responsable directa de la caída en picado del nivel ético de la conversación política pública en este país.
Por otro lado el PSOE, especialmente Pedro Sánchez, se equivoca si cree que renunciar al poder autonómico, evidenciando el poder electoral de VOX, mientras sacrifican a la ciudadanía de las Comunidades Autónomas, le permitirá mantener el poder del gobierno central. Porque quizás su estrategia de que llegan los fachas al final no consiga que el votante progresista salga en masa y concentre su voto en el PSOE. Especialmente porque la extrema derecha ya está aquí. Y ahora parecen imparables, y parecer y trasmitir seguridad es más importante que ser y hacer en política.
Ante este panorama las gentes de izquierdas estamos dispuestos a aceptar muchas cosas, como este regreso a la hipermasculinización de la política patria -que tiene más que ver con las formas en las que se ejerce el poder y la comunicación que con el género de quienes las desempeñan- porque sabemos que vivimos en tiempos de urgencia política. Pero esto no quiere decir tampoco que los votantes de izquierdas estemos dispuestos a tragar con ruedas de molino y, sobre todo, a permitir que las necesidades y los derechos de las mujeres, del colectivo LGTBI+ y de las personas migrantes se pongan en segundo plano. Esto no va de copiar a la Reacción disfrazándose de obreros mientras se deja a más de la mitad de la población por el camino; va de hacer políticas que mejoren de verdad las vidas de todas las personas, que afiancen derechos y que solucionen problemas tan graves como son los de la vivienda y la descarnada privatización de la Sanidad Pública y de la educación superior y la FP.
Es por esto que quienes vayan a liderar las izquierdas tienen que entender que son solo un medio para alcanzar este fin. Que los tiempos de los líderes iluminados que se imaginan más listos que nadie ya han pasado. O para ser exactos, que esos tiempos ya han pasado afortunadamente para las izquierdas, pues ahora esos delirios de grandeza y de vacua vanidad son asunto y problema de las derechas.
Sean quienes sean quienes encabecen estos proyectos progresistas, sus votantes les exigiremos dedicación, compromiso, valentía y sobre todo que sean capaces de comunicar y transmitir con convicción -porque realmente la sienten- que es posible que entre todos le cerremos el paso a la Reacción, al racismo institucional, a la homofobia, a la misoginia y al ecocidio.
Por lo pronto parece que vamos por el buen camino, porque la Reacción ha vuelto a desempolvar a Felipe González, que clama ofendido por los pasillos de su casa y en la cubierta del yate. Además la prensa de mesa camilla y reservado en El Ventorro ha comenzado a hablar de Rufián como le hablan a y de las mujeres, echándole en cara su aspecto físico. Y esto solo puede significar una cosa: que le tienen miedo.

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