Opinión
La vida es bella y con guantes mucho más

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
El protagonista de la historia que vengo a contarles es un guante. Sí, sí, no pongan esa cara, un simple guante. De lana y de color beige. Pero para entenderla en su humildad y, a la vez, en su grandeza, permítanme primero que les hable de la belleza y de la negrura, como los dos polos opuestos de nuestra alma y de nuestro planeta.
La vida es bella es, como todo el mundo sabe, el título de una de las más entrañables y deliciosas películas de la historia del cine. Una fábula conmovedora sobre la capacidad de amar y de proteger la inocencia. Con su director y actor principal, Roberto Benigni – un genio –, Nicoletta Braschi en el papel de madre y el niño Giorgio Cantarini, que hoy, pues la vida pasa volando, ya tiene 33 años.
Un título categórico, valiente y arriesgado, por su acción circunscrita a un campo de concentración nazi, con sus apestosos barracones, sus pijamas a rayas y sus cámaras de gas Zyklon B. Valiente en el intento exitoso de transmutar el horror, el máximo horror vivido recientemente por la humanidad, en una dulce sonrisa. Una sonrisa como símbolo de esperanza. La esperanza que nadie puede robarnos para sobreponernos a la atrocidad y al espanto. La esperanza que nos salva por seguir creyendo y confiando en el ser humano. En la bondad, en el amor y en la limpieza de su corazón.
"La vida es bella ya verás, como a pesar de los pesares..." escribió también José Agustín Goytisolo en el poema dedicado a su hija, "Palabras para Julia", y que el cantante Paco Ibáñez hizo que todos nos enamoráramos de ella. De Julia, de la música y de la letra.
En el polo opuesto, es verdad que vivimos tiempos oscuros y convulsos. Que esos "pesares" se multiplican día a día, son densos y viscosos, amenazantes, y nos causan ansiedad, miedo y dolor. Ver un telediario completo es peor que ver una película de terror. Escuchar un noticiario, con tertulianos insultándose a degüello, da ganas de salir corriendo. Y si son arengas de algunos políticos, con sus expresiones de odio, salvajes y envilecidas, su sumisión y defensa sin escrúpulos del verdadero fascismo, sin un ápice de humanidad, reiterativas porque en su analfabetismo monocorde es lo único que saben decir, lo que el cuerpo te pide es exiliarte de este mundo. Que el planeta se pare, que yo me bajo en la próxima.
Convencidos, además, de que el modelo de comunicación imperante es una estrategia de manipulación. De dominio y control. Porque nos quieren asustados, muertos de miedo, para manejarnos mejor.
Miedo a la sobreinformación y a la mentira. A la amenaza permanente. A no saber qué leer para que no te engañen. Miedo a la exaltación del odio al diferente, al pobre, al inmigrante.
Miedo al avance tan rápido de la tecnología. Que lo que hoy vale y medio dominas, mañana ya haya caducado y te deje desnudo, a la intemperie, en la jungla de los algoritmos. Miedo a la Inteligencia Artificial, irrespetuosa e invasiva, ideologizada por sus dueños, que se mete y controla nuestras vidas. Miedo a las redes sociales, convertidas en el vertedero de la podredumbre del planeta. Miedo a la gente que vota masivamente, igual que hicieron con Hitler – tropezando de nuevo en la misma piedra – a sus verdugos que vienen a esclavizarte y a liquidar nuestro modelo basado en derechos y normas de convivencia. Miedo a la perversión del lenguaje: captura por secuestro, libertador a quien invade, bombardea y saquea, operación preventiva al asesinato de niños y al exterminio, anexión y reubicación a la expulsión y al robo de tu tierra, premio de la paz al que provoca o aplaude la guerra, control migratorio a disparar tres tiros en la cara a una madre de tres hijos y poeta. Miedo a los cuatro jerarcas que deciden nuestro futuro. Pánico a quien dice, teniendo en sus manos el botón nuclear y el ejército más poderoso de la tierra, que "No necesito el Derecho Internacional. Que lo único que puede detenerme es mi propia moralidad, mi propia mente". Cuando todos sabemos que su moral es un estercolero nauseabundo y su mente está enferma, muy enferma, de narcisismo y megalomanía.
Para no morir de angustia, para no dejarnos arrastrar por la negrura, para no contagiarnos de su toxicidad, reivindiquemos la esperanza, la alegría y la belleza de la vida. El valor del humanismo, de la sencillez y de la naturaleza, como ejes vertebrales de nuestra existencia. Sin permitir que esa abominable gente nos robe y ponga sus sucias manos en nuestros limpios corazones y en nuestras conciencias.
Belleza es ver a una madre amamantando a su hijo. Oler la tierra mojada tras la lluvia. Quedarte en la cama todo el tiempo que quieras un domingo. Llegar empapada y secarte en el fuego. La sopa del cocido. Tumbarte mirando la oscuridad del cielo y ver cruzar de pronto una estrella fugaz sin pedir otro deseo que ver otra más. Belleza es el olor a pan recién hecho, a primavera adelantada, a café y al escurridizo arrayán. Pasear por La Caleta, "que es plata quieta", a la puesta de sol. La caricia del agua abrasando tu nuca. Sestear al sol de enero y de febrero. El vuelo en flecha de las grullas huyendo del frío. Llegar a meta y tirarte al suelo. Recorrer a pata las Annapurnas y la Patagonia en bicicleta. Belleza es que un ciego te diga que leyendo ese libro ha visto de nuevo. Vivir en un chozo en las orillas del lago Tengrela en Burkina Faso, observando a los hipopótamos chapotear entre los nenúfares amarillos. La Casta Diva de María Callas y el adagio de Alessandro Marcello que compuso pensando que un día las aguas podrían tragarse su amada Venecia. Plantar bellotas de las que nacerán alcornoques que vivirán trescientos años. Belleza son los besos. Los abrazos y los besos cuando son de regreso. La primera vez que la niña dice mamá, papá, abuela y abuelo. Las olas del mar. El amanecer en la montaña. El ladrido del corzo al despuntar el alba. Las anémonas y el coral. El recreo de patio de colegio. Las excursiones. El agua. El agua de la fuente que calma la sed de tu garganta. Los ojos, la mirada dulce y las palabras de amor. Lucía de Serrat, Y sin embargo de Joaquín Sabina. La risa tonta. La poesía y las cosquillas. Las buenas noticias: tu embarazo, aprobar las oposiciones, la luna de miel y que te den por fin de alta porque estás curado. Las nubes blancas y gordas, con formas de animales y dragones, volando por encima de esa encina y el algodón de azúcar rosa. El silencio y la quietud tras la nevada. Llevar de la mano a tu nieta al circo, al museo y a la biblioteca. La mirada suplicante de Darta, y leer con él acurrucado calentándote los pies. El canto del mirlo de noche y el aleteo del colibrí libando el néctar de la malvarrosa. Belleza es desterrar los miedos y que alguien, sin esperarlo, te atraque por la espalda diciéndote te quiero.
Hacía una tarde de perros. Un frío que pelaba. Y mi único deseo era llegar cuando antes a casa. Aparcar el coche en el garaje y salir volando para mi morada. Pequeña, pero morada. Mi plaza está en la primera planta. Una suerte que me evita descender a los infernos de la gran ciudad, porque por debajo de mí, todavía hay tres más. Calculo que habrá ochocientas plazas en ese parking. Ochocientas personas anónimas. Un agujero negro, una herida honda de cemento y vigas de hormigón, horadada en las entrañas de la tierra, de la que salgo siempre a la carrera mirando hacia atrás. Evitar el ascensor, subir por la escalera deprisa hasta salir a la calle y respirar con alivio ese oxígeno contaminado.
Para no tropezar en la semioscuridad, cuando ya vislumbro el milagro de luz cenital, miro al suelo y en un escalón veo un guante. De lana, poco usado. Nuevo. El diplomático regalo de los Reyes Magos cuando ya no se sabe qué regalar. De tamaño mediano, lo que no me permite adivinar si es de un hombre o de una mujer. Por lo que mi mente no me deja asociarlo a cuerpo alguno, ni a una mano siquiera, suave y perfumada, áspera o peluda, adquiriendo el guante una entidad propia y autónoma. Un guante huérfano en el escalón sucio de un sótano lóbrego.
Como persona civilizada que soy, lo sacudo del polvo y la suciedad y lo dejo perfectamente colocado en la barandilla metálica de la escalera. Muy bien colocado para que no se caiga y el dueño o dueña lo encuentre. Con la seguridad de que nadie se lo llevará porque un guante desparejado, como tantas otras cosas en la vida, no sirve para nada.
A la mañana siguiente – bien temprano para no llegar tarde al trabajo –, cuando desciendo esa misma escalera, en el lugar exacto donde reposaba el guante, encuentro esta nota manuscrita, de hermosa caligrafía. Con sus tildes y sus comas:
"Hola,
Soy el guante desaparecido que alguien me dejó en esta barandilla.
Gracias a esta persona, he podido volver a reunirme con mi pareja.
A veces, un pequeño gesto, devuelve la alegría y la esperanza a los seres que somos.
Gracias por su sensibilidad.
Fdo: Un guante."
Y yo, que estuve todo el día con la cabeza perdida, vagando como un pastor nómada, sin poder prestar atención al trabajo ni a lo que me decían, concentración cero y con mi imaginación sin parar de volar, dando vueltas y más vueltas en su cosquilleo de mariposas, al fin me decidí y escribí esta contestación:
"Querido guante:
Gracias por devolverme también, recíprocamente, la alegría y la esperanza. La confianza en un mundo mejor.
La vida es bella, igual que el azar, y quizás a tu pareja y a ti os apetezca tomar mañana, a las 20 h., un café bien calentito en ese bar de la esquina."
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