Opinión
La vida secreta de las hermanas mayores
Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
En el escenario más deseable, que no tiene por qué ser el más frecuente, tener un hermano es saber que tus padres darían su vida por alguien que no eres tú. Crecer junto a un hermano significa ver cómo a papá y a mamá se les cae la baba con los dibujitos de plastidecor de otro. Perder el monopolio de la carantoña. No haberlo gozado nunca. Vivir con un hermano es escuchar a tu madre halagar en plural. No existe ningún sistema de GPS en el mercado que te ubique tan rápido en el mundo.
El día que mi hermano nació, una niña vestida de pastorcilla corría por los pasillos de un hospital de Málaga. Era yo. Mi pequeño nenuco vino al mundo días antes de Navidad y a mí me pilló en mitad de una función del colegio. Aquella mañana mi abuelo irrumpió en el salón de actos y, como si de un Belén viviente se tratara, me llevó a recibir al recién nacido con esa indumentaria anacrónica. Evidentemente sabía cómo comportarme, lo había ensayado para mi representación escolar. Solo que esta vez, en lugar de ir a ver al niño Jesús, fui a conocer al mejor de los compinches: mi hermano Carlos. El mayor compañero y suerte de mi vida. Ese veintiún de diciembre ocupé el cargo que moldearía el resto de mis atributos, me convertí en hermana mayor.
Las detecto rápido cuando las tengo delante. Son perfeccionistas y exigentes. A ratos podrían resultar tiranas; pero las compadeces cuando ves que toda esa tralla las esperan, sobre todo, de ellas mismas. Parecen vivir sometidas a un continuo examen. Como si llevaran un pinganillo invisible por el que alguien les susurrara, una y otra vez, que deben dar ejemplo. Saben todos los trucos y tienen calada a toda la mesa cuando tú sólo le has dado el primer sorbo a la copa. Se manejan con dignidad por aeropuertos, burocracia y conversaciones diplomáticas. Las llamarías si un brownie de marihuana te diera un mal viaje. Prefieres no tener que discutir con ellas. También marcarías su número si necesitaras a un rottweiler que te defendiera en la casa de Gran Hermano.
No son ningunas santas, eso lo tienes claro. Son chantajistas expertas. Manejan una oratoria hipnótica para no tener que levantarse jamás del sofá a por mantas o mandos de la tele. Dividen las raciones y escogen los cubiertos. Es el precio a pagar, cuando crecen también son las que invitan. Nada las tensa tanto como cuando un adulto se mete a mediar en vuestras cuestiones. Están convencidas de que esa gente jamás les dará la razón. Es más, cuando se trata de lidiar con los de esa calaña, te miran como sirenas y te susurran: “Pídeselo tú… que a ti te van a decir que sí.” Las olfateo rápido porque comparto su aroma. Son las hermanas mayores. Mi tipo de mujer al borde de un ataque de nervios favorita. Quien lo probó, lo sabe.
Sobra decir que, por supuesto, las hermanas mayores somos como esas máquinas quitanieves que abren camino. Todo lo que a una hermana mayor le ha costado cinco discusiones y ocho castigos, a una pequeña le supone una petición y media negociación. Y más te vale hacer las paces con esa injusticia cósmica pronto, porque nadie vendrá jamás a reconocértelo. Sin embargo, de alguna forma pegajosa e indeseada, con nuestro recorrido no sólo les alisamos el terreno. Junto a los menores dejamos, también, un bloque macizo de hielo que poco a poco gotea y moja su propia senda. Es el fantasma de un hijo que estuvo antes que ellos y que ya respiró a su forma. Yo creé el tablero y, sin querer, mi hermano jugó con mis normas.
Si viera a alguien haciendo daño a mi hermano pequeño, sería capaz de meterle un mordisco y llevarme su piel en mis colmillos. Es algo animal. Lo supe la primera vez que le vi jugar con los demás niños del parque. Desde que nació, he vivido consagrada a su protección. He estado atenta a los compañeros que intentaban quitarle los juguetes y a las parejas que podían romperle el corazón. A todos me los he merendado. Sólo se me ha escapado un posible peligro. Me pregunto si habré sido capaz de proteger a mi hermano de mí misma.
Me gusta su carácter tranquilo, pero no sé si es porque aprendió pronto que en una casa donde ya había una niña chillona no existía hueco para otro conflictivo. Le admiro cuando le veo sumergido en su propio mundo, pero me aterra pensar que yo pude haberle quitado hueco en otros compartidos. ¿Acaparé espacios y atenciones que eran suyos? El límite de la sed de un hijo está en robar del botijo de su hermano.
Me pregunto si alguna vez se le hizo un nudo en la garganta cuando, al terminar el trimestre, yo dije mis buenas notas en voz alta. O si rechazó locuras solo porque no eran el tipo de líos en los que creía que yo había estado envuelta. Me gustaría decirle que nadie quiso que fuera una especie de Frankenstein, un niño divino que reunía lo bueno de sus mayores sin las partes defectuosas de los mismos. Él tiene un lienzo en blanco para sí mismo. Nunca se trató de perfeccionar un primer boceto.
Que la vida es un ciclo es algo que pude comprobar este verano cuando, por primera vez, mi hermano tuvo la edad suficiente para salir de fiesta a la feria sin hora de regreso y yo comencé, por vez primera, a quedarme en casa sin hora de salida. Habíamos invertido los roles. Esos días, aproveché mi nueva personalidad hogareña para observar a mi madre como miraría a una leona en un safari.
Cuando llegaba la noche, la pobre señora no pegaba ojo de la preocupación y se sulfuraba enviando whatsapps que bien podría haber copiado de sus chats antiguos conmigo. Que si avísame cuando llegues, que si te he pedido mil veces que me digas con quién sales, que si no te quedes solo en ningún momento. Intuyo que al otro lado del teléfono mi hermano suspiraba. Fue en esa semana cuando descubrí el privilegio oculto de tener un hermano: poder ver a mi madre ser mi madre. Fui su espectadora y, además, mi mirada estaba virgen. No la emborronaba la cercanía que mancha todo lo que nos afecta. La vi, sin padecer ni beneficiarme de sus actitudes. Desde fuera, como miraban a sus difuntos los espectros que rondaban a Melinda Gordon. En ese momento la comprendí.
Desde entonces he dejado de pelearme por ir de copiloto en el coche cuando vamos los tres a bordo. Ahora prefiero sentarme en el asiento de atrás. Me gusta oírles conversar. Pelearse. Aconsejarse. En esas observaciones he hecho otro descubrimiento. Mi madre tiene una forma curiosa de pedirme disculpas. Consiste en comportarse con mi hermano de una forma distinta a cómo lo hizo conmigo. Justo ahí, en el despertar de nuevos gestos, sé que me pide perdón.
Cuando me fui de casa mi hermano tenía trece años. En ese momento yo estaba eufórica por vivir en otra ciudad y el último de mis pensamientos fue que aquella década larga constituiría toda nuestra convivencia. He vivido la adolescencia de mi hermano, pero no he visto cómo le salía el primer pelo de su barba. Mi atención no estaba puesta en eso.
Miro la galería de imágenes de mi teléfono. En un momento indeterminado él deja de aparecer en las fotos sentado en mi regazo y paso a ser yo quien se sube encima de sus piernas. No me di cuenta. En ocasiones, una hermana mayor es una madre que no tiene hijo. Tampoco guardé sus primeros baberos, ni sus patuquitos cuando se le quedaron pequeños. No me pareció relevante. Ahora me gustaría echar el tiempo atrás. Volver a cuando los dos jugábamos juntos en el suelo y ninguno había dado el estirón. Saborearía la fugacidad de que cupiera entre mis brazos. Mi hermano ha crecido y no recuerdo cuándo fue la última vez que pude cogerle en brazos. No le di importancia.
Cuando mi madre tenía que pasar fuera de casa alguna noche, mi hermano y yo nos quedamos a dormir en casa de nuestros abuelos. El pequeño lo pasaba francamente mal. Con su pijamita azul se ponía rojo de tanto llorar. Entonces yo cogía el arma más peligrosa que puede tener una preadolescente a su alcance, mi BlackBerry, y la colocaba sobre la almohada mientras sonaba Pablo Alborán. Me tumbaba a las espaldas de mi hermanito y al canto de “solamente tú” acariciaba sus rizos rubios. Poco a poco, Carlitos se quedaba dormido. Si existiera un seguro de vida que atornillara los recuerdos a la memoria, yo pagaría cuotas infinitas por tener ese blindado. Como adulta, he vuelto a dormir junto a muchos hombres. Siempre he preferido ser yo quien les abrace en la noche. Me gusta recogerles. Cobijarles. Pegarles a mi pecho y tocar con mi mano su pectoral. Hacer de guarida. Se me hizo el cuerpo a eso. Soy hermana mayor.
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