Opinión
Werner Herzog ante el fin del mundo

Por David Torres
Escritor
En el documental Encuentros en el fin del mundo hay una secuencia célebre en la que, en mitad de la desolación de la isla de Ross, en la Antártida, un pingüino se detiene, da media vuelta como si se le hubiera olvidado algo, deja atrás a sus compañeros y se dirige en solitario a través de una inmensa superficie de hielo, hacia las lejanas montañas. Con su voz de catacumba y su inconfundible acento de cervecero alemán, Herzog se pregunta si ese pingüino se ha vuelto loco, si se ha desorientado o si pretende suicidarse. No hay forma de saberlo, aunque el cine de Herzog siempre ha tratado de responder lo imposible, de ir más allá de todo, ya sea con osos salvajes, con saltadores de esquí enloquecidos, con volcanes a punto de estallar, con pinturas rupestres, con escaladores insensatos. En cierto modo, ese pingüino es Werner Herzog.
Con el premio Donostia, el Festival de San Sebastián no honra sólo a un cineasta único sino a un explorador de los límites, un hombre que casi siempre ha concebido sus películas como una celebración de la belleza del mundo y un testimonio casi insoportable de la locura humana. Herzog tiene la virtud de filmar un paisaje como si no perteneciera al ámbito terrestre y de presentar los actos de los hombres como si formasen parte de un documental alienígena. En Fata Morgana (1971) capturó las ondulaciones y los espejismos del Sáhara a través de los barridos de una cámara motorizada. En Lecciones en la oscuridad (1992), un documental sobre el desastre medioambiental que tuvo lugar tras la retirada del ejército iraquí de Kuwait, hay un plano aéreo alucinante donde una nube de humo negro ocupa todo el cielo mientras suena la Marcha fúnebre de El crepúsculo de los dioses de Wagner.
Más aterradora aún resulta la toma de la mesa cubierta de martillos, tenazas, cuchillos, tijeras, hoces, sierras, destornilladores, taladradoras, y a continuación una mujer que balbucea, incapaz de explicar cómo torturaban a sus hijos hasta la muerte delante de ella. A menudo, el cine de Herzog nos enfrenta a lo que no tiene nombre, lo que no se puede nombrar de ninguna manera: un cataclismo, una barbarie, una tempestad. De ahí que haya realizado varias de las películas más arriesgadas y más extrañas de la historia del cine, algunas de ellas saldadas con experimentos al límite de la visión y otras con ejercicios casi sobrehumanos de supervivencia. El rodaje de Fitzcarrado (1982) compite duramente con el de Apocalypse Now por ver cuál de los dos incluyó más desastres. Herzog reemplazó a los dos protagonistas en mitad de la filmación, peleó con tribus indígenas, ordenó remolcar un barco de vapor de más de trescientas toneladas a través de una colina en la selva amazónica y vio cómo un trabajador al que había mordido una víbora tuvo que amputarse él mismo un pie por encima del tobillo con una motosierra.
Tal vez lo peor de todo fuese aguantar una vez más a Klaus Kinski, un actor iracundo y demencial cuyos ataques de cólera eran legendarios. Atónito ante uno de sus infernales berrinches, el jefe de una tribu se acercó a Herzog y se ofreció a matar a Kinski para que dejara de dar problemas, pero el director se negó amablemente porque lo necesitaba para terminar la película. Ocho años después de su muerte, Herzog le dedicó un documental, Mi enemigo íntimo (1999), en cuyo plano final se ve a Kinski en mitad de la selva, sonriendo tranquilo, jugando durante tres minutos con una mariposa. Sin embargo, Herzog decía que el mejor actor con el que había trabajado jamás era Bruno S., un músico callejero al que su madre pegaba unas palizas de muerte y que pasó más de dos décadas en instituciones mentales. Su inocencia, su rostro infantil, su desamparo, esmaltan dos de las obras más libres y conmovedoras del cineasta alemán: El enigma de Gaspar Hauser (1974) y Stroszek (1977).
Hoy en día que, la IA fusila sin pudor cualquier imagen habida y por haber, cuesta trabajo creer que algún día podamos ver en la pantalla algo parecido al fabuloso plano secuencia con que se abre Aguirre, la cólera de Dios (1972), cuando una montaña andina preñada de niebla muestra un sendero por donde bajan, diminutos como hormigas, los guerreros españoles. O a la procesión iluminada de Corazón de cristal (1976), una película donde casi todo el reparto estuvo sometido a sesiones de hipnosis previas al rodaje. O a la soberbia revelación final en la cumbre inaccesible del Cerro Torre en Grito de piedra (1991). En el invierno de 1974, Herzog se enteró de que la gran historiadora y crítica de cine Lotte Eisner estaba a punto de morir en un hospital de París y se le metió en la cabeza la absurda idea de que, si recorría a pie los más de 800 kilómetros que hay desde Múnich, ella se salvaría. Escribió un diario del viaje, Del caminar sobre hielo, un libro que tuve el placer de regalar a mi querido y añorado Manu Leguineche. En la última página, Werner Herzog llega destrozado al apartamento donde Eisner está recuperándose y le dice: “Abre la ventana, ahora puedo volar”.
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