Opinión
Zohran Mamdani o cómo ganar desde la izquierda

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
La victoria de Zohran Mamdani en las elecciones a la alcaldía de Nueva York el pasado 4 de noviembre ha supuesto un auténtico terremoto político en Estados Unidos. El joven dirigente, militante de los Democratic Socialists of America (DSA), ha logrado arrebatar la alcaldía al aparato tradicional del Partido Demócrata y convertirse en el primer alcalde musulmán y del sur de Asia de la ciudad. Pero más allá del hito simbólico, su triunfo representa algo mucho más profundo, la confirmación de que las propuestas transformadoras y rupturistas, cuando se articulan con inteligencia y conocimiento del territorio, pueden ganar elecciones.
Mamdani ha llegado al poder sin los grandes donantes ni la maquinaria mediática que suele acompañar a las candidaturas del establishment. Lo ha hecho desde abajo, apoyado en redes comunitarias, colectivos vecinales, organizaciones de inquilinos y sindicatos de base. Su campaña no ha sido un mero producto de marketing, sino un proceso político sostenido en el tiempo. Durante años, Mamdani ha estado presente en los barrios de Astoria, Queens y el Bronx, escuchando a los vecinos, participando en asambleas y conociendo de primera mano las preocupaciones cotidianas de la gente. Esa presencia continuada sobre el terreno ha sido clave para articular un discurso que lejos de ser impostado o improvisado, ha sido construido a partir de una relación real con la comunidad.
El resultado ha sido una campaña profundamente enraizada en el territorio, capaz de leer las dinámicas demográficas y sociales de una ciudad marcada por la desigualdad, la precariedad y el aumento del coste de la vivienda. Frente al relato de gestión tecnocrática y “eficiencia” de sus rivales, Mamdani ofreció una visión de ciudad para quienes la habitan, no para quienes la especulan.
En un contexto político global dominado por el miedo y la resignación, la campaña de Mamdani ha demostrado que las ideas audaces pueden ser electoralmente rentables. Su programa incluía medidas como la congelación de los alquileres, el transporte público gratuito, un impuesto a las grandes fortunas y la expansión de la vivienda pública. No eran propuestas diseñadas para agradar a los mercados, sino para cambiar la vida de la gente. Y, sin embargo, han conectado con amplios sectores sociales que se sienten excluidos del sistema político tradicional.
Mamdani ha comprendido algo esencial, no se gana defendiendo lo existente, sino ofreciendo una alternativa reconocible y deseable. En los últimos años, demasiadas fuerzas progresistas se han limitado a campañas defensivas sostenidas sobre lemas como “frenar a la extrema derecha” o “salvar la democracia”, pero sin construir relatos de futuro. Su victoria demuestra que las campañas proactivas y propositivas, centradas en las soluciones y no en el miedo, movilizan más que las de contención y reactivas. En este sentido, el mensaje de Mamdani ha sido claro, no basta con resistir, hay que transformar. No basta con contener, hay que avanzar.
Otro elemento crucial de su triunfo ha sido el conocimiento fino del territorio. Su equipo no se limitó a segmentar votantes por encuestas; estudió los barrios, las redes sociales y los espacios comunitarios donde se genera opinión. En un país donde la política se ha vuelto digital y despersonalizada, su campaña apostó por la conversación cara a cara, por recuperar la dimensión material de la política. Este enfoque territorial y demográfico permitió adaptar el discurso a realidades concretas dirigidas a jóvenes endeudados, a familias migrantes, a trabajadores precarios, o a inquilinos ahogados por los precios. Cada barrio tenía su lenguaje, su historia y sus prioridades. Mamdani las conocía porque había estado allí antes. La lección es nítida, quien conoce el territorio, gana. Las campañas no pueden construirse solo desde laboratorios de datos o consultoras de imagen; deben nacer de la experiencia directa y del trabajo permanente con la ciudadanía. El trabajo en los barrios se convierte en esencial.
Con esta victoria, la izquierda del Partido Demócrata consigue su mayor logro electoral hasta la fecha. Nueva York se convierte ahora en el laboratorio político del nuevo progresismo norteamericano. Mamdani no es un caso aislado, su triunfo se suma al avance de una nueva generación de líderes demócratas que reivindican políticas de redistribución, transición ecológica y justicia racial. Figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar o Jamaal Bowman comparten esa visión, la que habla de una izquierda moderna, multirracial y urbana que apuesta por las transformaciones estructurales, no por los ajustes cosméticos. Falta por ver si también son capaces de avanzar en propuestas que trasciendan los segmentos urbanos.
De cara a las midterms, la lección es evidente, las candidaturas progresistas que proponen y movilizan pueden convertirse en el motor del partido. La energía política hoy está del lado de quienes se atreven a imaginar un futuro diferente. El riesgo, claro está, reside en la reacción del aparato demócrata. Si el partido interpreta estas victorias como una anomalía en lugar de como un camino, podría desperdiciar una oportunidad histórica para recomponerse. Aquí la disyuntiva se mueve entre integrar la ola progresista o quedar atrapado en la lógica de la contención permanente.
Desde este lado del Atlántico, el fenómeno Mamdani resuena con fuerza. En Europa, y también en España, los partidos de izquierda viven tensiones similares entre la gestión y la transformación. Las experiencias recientes demuestran que las estrategias puramente defensivas no bastan para frenar el avance de las derechas ni para reilusionar a la ciudadanía. La victoria de Mamdani sugiere que el camino pasa por recuperar la iniciativa política donde es imprescindible hablar de redistribución, de vivienda, de servicios públicos, de derechos laborales y climáticos; pero hacerlo con propuestas concretas, con presencia en el terreno y con campañas propositivas. Las izquierdas que renuncian a disputar el sentido común, acaban administrando el de otros. En cambio, cuando se atreven a romperlo, pueden volver a ganar mayorías.
Zohran Mamdani ha demostrado que la audacia, la organización de base y el conocimiento del territorio son las claves del éxito progresista en el siglo XXI. Su victoria marca el inicio de un ciclo en el que las propuestas rupturistas ya no son patrimonio de la marginalidad, sino la base sobre la que puede construirse una nueva mayoría. Nueva York se convierte así en la vanguardia de un cambio político más amplio, uno que puede irradiar hacia otros territorios si el Partido Demócrata, y las izquierdas en general, saben escuchar.
Porque cuando la política vuelve a hablar del futuro, la gente vuelve a escuchar. Y cuando la izquierda deja de tener miedo a ganar, gana.

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