Opinión
Si el ecocidio llega al océano… ¿Quién pone el freno?

Por Ecologismo de Emergencia/Rosa M. Tristán
Miembro de Alianza Verde
En los últimos tiempos vemos cómo se repiten las alertas de lo que está pasando en el océano global sin que parezca que la humanidad se lo tome en serio. El lugar donde surgió la vida en este planeta se está calentando, se está esquilmando y se está contaminando a marchas forzadas. Desde enero está en vigor un Tratado de Alta Mar, ratificado ya por 85 países, que es un gran paso, pero que resulta que no incluye ningún tipo de cortapisa en capturas en esa inmensidad oceánica, salvo en las zonas marinas protegidas que se aprueben en el futuro. Es decir, ahora hay 230 millones de kilómetros cuadrados, casi la mitad (45%) de la superficie de la Tierra, en donde ninguna normativa de carácter global está vigente.
Esta semana, un importante estudio científico, realizado por investigadores del CSIC y de Colombia, y publicado en Nature Ecology and Evolution, alertaba de que el calentamiento global ya hace descender un 20% la biomasa de peces en todo el planeta. En su análisis, con datos del Mediterráneo, el Atlántico norte y el Pacífico nororiental, analizando más de 700.000 estimaciones sobre casi 34.000 poblaciones de especies, reconocen que hay peces o moluscos que al calentarse el agua por una ola de calor, pueden mejorar el número de ejemplares en aguas que eran antes más frías (de hecho, está pasando en las costas de países nórdicos e incluso de Groenlandia, donde pescan ahora más que hace diez años) pero los científicos recuerdan que son cambios transitorios y que si en esos momentos se aumentan la capturas, esas especies pueden colapsar. En definitiva, alertan de que, visto lo que pasa desde 1993 por el impacto crónico del cambio climático, habría que cambiar la gestión pesquera global con una planificación y una coordinación internacional que aún es muy escasa en este asunto.
Hoy, lo único que trata de poner cierto coto al caos son algunas organizaciones regionales de pesca, las organizaciones regionales de gestión pesquera (las OROP) que hay en grandes áreas del Atlántico, el Pacífico, el sur del Indico o el Mediterráneo, pero si un barco es de un país que no es miembro o el barco lleva una bandera de conveniencia, puede pescar sin cortapisa, y eso es lo que pasa.
De hecho, estas conclusiones sobre cómo la biomasa oceánica baja ha coincidido con otra investigación que puede ayudar a comprender el modus operandi de algunas grandes flotas en esas aguas internacionales. China, un país que ha ratificado el tratado oceánico -algo que no han hecho ni Rusia ni Estados Unidos- ha vuelto a ser acusado de llevar su flota de captura de calamar gigante a aguas del Pacífico sur donde estarían extrayendo miles de toneladas, sin que se sepa a ciencia cierta su volumen. Ya el año pasado se denunció que más allá de las aguas de Argentina, en la Milla 201, otra gran flota de este país está acabando con la especie. Como entonces, esta nueva investigación de la ONG Earth Justice Foundation, denuncia además terribles situaciones de maltrato a los tripulantes. Nada de ello es óbice para que esa pota o jibia, como también se llama, acabe en Europa en nuestros bocadillos y raciones de calamares, adonde llegan ya procesados tras pasar por el país asiático. La flota china sigue siendo la más grande del mundo, con unas 13 millones de toneladas de capturas al año; más de dos millones las sacan de esas aguas internacionales.
A este ejemplo, la ciencia suma otras alertas sobre la sobreexplotación de la merluza, del salmón o de los tiburones y rayas, a menudo atrapados con el atún. En definitiva, según la FAO más de un tercio de los stocks pesqueros mundiales se está explotando de una forma insostenible. Y no son solo stocks, porque sería considerarlos solo desde una perspectiva humana que considera el océano únicamente como una fábrica de comida. Son vida marina en la cadena trófica de otra vida marina que ya siente el impacto que hemos generado al cambiar la temperatura y las corrientes en su espacio vital. Ni siquiera vale la excusa de que 8.000 millones de humanos tenemos que alimentarnos, porque se matan miles de millones de peces que ni siquiera se consumen: hasta nueve millones de toneladas al año van por la borda cada año de especies que no se comercializan.
El escenario es tan absurdo a nivel global como el que vemos en casa. A estas alturas, resulta incomprensible ese negacionismo científico en las comunidades autónomas que se han negado a vetar la pesca de una especie que está en extinción, y también que el Gobierno no haya podido imponer un criterio que es de perogrullo: si se siguen pescando anguilas, las condenamos a la extinción; es una especie, por cierto, que desova en aguas internacionales y que tiene la desgracia de necesitar los ríos en su ciclo vital, donde es finiquitada, si no antes en su versión angula. Si no somos capaces de entender en este caso concreto que hay que echar el freno, aunque pese a algunos (pocos) pescadores, ¿qué estará pasando en esos lugares al margen de cuotas y vedas? ¿estamos cometiendo un genocidio oceánico silencioso, y con la ayuda de los plásticos y la muerte de corales, que son como las maternidades oceánicas?
No es un fenómeno nuevo. Ya lo viví en África Occidental hace años: pescadores de Senegal o Mauritania que veían cómo fuera de las aguas a las que tenían acceso las grandes flotas pesqueras de las potencias extranjeras (España, entre ellas), afectaban a sus capturas y acababan con su forma de vida. Conocí muchos que acabaron subiendo a una patera en costas a las que ya no llegaba casi nada. Hoy, España tiene acuerdos de pesca con Mauritania, Guinea Bissau, Cabo Verde, Costa de Marfil, Gabón... También tenemos la flota a larga distancia más grande de la UE, y operando en casi todo el océano. Es una gran responsabilidad, visto lo que ocurre con la anguila.
De momento, entre las áreas a proteger este año por el Tratado de Alta Mar se han propuesto el Mar de los Sargazos, que es el criadero de anguilas, tiburones y tortugas; el Domo Térmico de Costa Rica, unas aguas ricas en nutrientes en el Pacífico para ballenas azules y delfines; los montes submarinos Emperador Seamount y unos montes submarinos del Atlántico Sudoriental frente a las costas de África. De momento, poco. Ojalá lleguemos a tiempo y las futuras generaciones puedan seguir disfrutando de una biodiversidad marina irrepetible, cuando menos, según parece, en esta galaxia.
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