Opinión
El abuelo Cebolleta
Por Gonzalo López Alba
En las primeras campañas electorales que se celebraron en España lo primero e imprescindible que debía hacer un periodista en caravana era aprovisionarse de monedas y localizar una cabina telefónica o un bar con teléfono para poder transmitir sus crónicas, que eran dictadas. Parece la prehistoria, pero no fue hace tanto. En las redacciones se empezó a trabajar con ordenadores en los años ochenta y los primeros móviles aparecieron a comienzos de los noventa, con el tamaño de un pequeño maletín.
El periodista de caravana ya puede salir de casa sin monedas. Lleva móvil y ordenador portátil. Pero lo que se ha simplificado por un lado se ha complicado por otro. Los actos se celebran en locales donde la cobertura telefónica no siempre es buena o suficiente, a veces se ve interferida por los inhibidores que se utilizan para proteger a los dirigentes políticos, y los ordenadores se bloquean con frecuencia. El móvil permite casi siempre ponerse en contacto con un informático. Lo malo es que la respuesta última siempre es la misma: reinicia.
Lo que nunca cambia es la llamada del jefe: "Estás fuera de tiempo. No cerramos…".
Me subo a la caravana el martes.