Opinión
Anécdotas de titiriteras
Por Marta Nebot
Periodista
-Actualizado a
Paz Vega estudió en un colegio de monjas y, como era antiuniforme, acortaba la falda remangándosela en la cintura –que, digo yo, que qué tendrá que ver estar en contra de ir uniformada con enseñar más cacha–. El caso es que un día, la hermana Josefina, le descosió en medio de la clase todo el bajo. A pesar de las continuas quejas de Paz: “Mire hermana. Si la falda está doblada por la cintura”. La monja se limitó a ordenarla: “Y ahora te vas a tu casa y que tu madre te la cosa”. O sea, que o estaba sorda y ciega o, además de pretender humillarla, quiso castigar a su progenitora con una sesión de aguja, hilo y dedal por permitir que su hija fuera tan fresca (sinónimo de guarra de la época).
Las del cole de Mariví Bilbao (Aquí no hay quien viva…) tampoco parece que fueran de las que se ganaron el cielo. Eran unas “hijas de puta y unas asquerosas”, según Mariví. Supongo que esta definición está teñida por el odio que aún profesa a la que le quitó una cajita de Heno de Pravia en la que guardaba sus fotos de Clark Gable. La monja justificó así la incautación: “Por esto no estudias. Vas a ser peor que bailarina”. Y la verdad es que, como actuar estaba por debajo de bailar en el ranking de la época, monja buena no parece que fuera pero, desde luego, sí que era buena pitonisa.
Rosa María Sardá era oficinista y, cuando dejó lo fijo para dedicarse de lleno a la interpretación, una tía suya publicó a los cuatro vientos: “¿Sabéis que Rosa ya no trabaja? ¡Ahora es actriz!”. Pero no fue sólo con las mujeres de la familia con las que tuvo encontronazos. También recuerda que, estando de gira, se le acercó un gerifalte con su esposa. La señorona, ni corta ni perezosa, le mangó las gafas que llevaba. La Sardá, con la misma soltura, le quitó las bragas, allí mismo, ante la perplejidad de los presentes. Con un par (hoy capicúa).