Opinión
Así nos gustan los príncipes
Por Juan Carlos Escudier
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Existen ricos que, periódicamente, sufren arrebatos místicos y se ponen muy pedantes. Los hay que, cuando les sobreviene esta melancolía, se lanzan a la búsqueda de su verdadero yo y meditan renunciar a todo hasta que caen en la cuenta de que el tonel de Diógenes es incomodísimo y encima no tiene cuarto de baño. Otros se limitan a dar lecciones sobre cómo debería ser el mundo. Entre estos últimos está Carlos de Inglaterra, ese infatigable aspirante al trono que nos ha advertido de que la crisis financiera no es sino la manifestación externa de la crisis del alma, extraviada por culpa del consumismo. Tras sentar cátedra en Oxford sobre este particular, el Príncipe partió hacia su residencia privada de Balmoral para recuperarse de un catarro y serenar su espíritu.
Dirán que está muy bien que los príncipes tengan preocupaciones tan nobles y que, además, nos salgan ecologistas y aprovechen el agua de la lluvia para los váteres, como hace Carlos en su mansión de Highgrove, o usen los residuos del vino como biodiesel, como vuelve a hacer este filántropo en su Aston Martin de coleccionista. Quizás sea porque nos corroe la envidia, pero a los que no tenemos palacios ni castillos, ni recibimos el dinero de los contribuyentes en carretilla nos suele fastidiar tanta falta de pudor.
Escuchar a unas de las grandes fortunas europeas elevar su voz contra el desmedido afán de lucro y el ansía de consumo no es que resulte irónico, es que suena a cachondeo viniendo de quien es capaz de gastarse 16.000 dólares en un gallinero, por mucho que sus fundaciones benéficas le tengan asegurada la salvación eterna. En eso -hay que reconocerlo- nuestro príncipe es mucho más prudente, ya sea porque el consumismo no le quita el sueño o porque no es un apasionado de las gallinas.
El descubrimiento del futuro rey de Inglaterra es que el gran culpable de que hayamos perdido el alma no es la Coca Cola ni Wall Street sino Galileo y su visión mecanicista del mundo, en la que, por otra parte, se asienta la ciencia moderna. Sugiere que volvamos a estar en comunión con la Naturaleza y que, como él, amemos los magnolios, los rododendros y las viejas camelias que crecen en Sandringham House, la finca de 8.000 hectáreas de su real madre. Carlos tiene alma y una cara tan dura como el cemento.