Opinión
La austrohúngara noche de Amador
Por Antonio Baños
La industria cultural es nuestro imperio Austro-húngaro. La gente que fabrica cultura se siente hoy como aquellos perplejos vieneses de principios del XX, sumidos también en una tristeza general derivada de la extinción de su imperio sobre los reinos del entretenimiento. Esta brillante metáfora se me ocurrió a mi solito tras leer el ya legendario texto La cena del miedo de nuestro admirado camarada Amador Fernández-Savater que rula con tanto éxito por la red. En dicho relato Amador (le tutearé por cuestiones de espacio no por falta de modos) contaba la insólita pero real invitación que le hiciera la Ministra de Cultura para acudir a una cena con nobles pertenecientes al Alto Mando. Rancio abolengo sobre las sillas: los Muñoz, los Lindo, los Leele, los Alix… Y también hoscos caudillos de la Vendée cultural como Gutiérrez Aragón, decidido al exterminio de las hordas pedosperas.
Pero su texto ya no pertenece al corpus de la polémica autoral y sí al género de la literatura crepuscular. La cena del miedo es el primer gran relato del siglo que nos describe de primera mano la agonía de ese mundo aristocrático, nobiliario y personalista de la cultura de masas a manos de las masas de cultura que provienen de una red sans-culotte y desafecta. Es un texto digno de un Zweig o un Márai que haría bien Jaume Vallcorba, editor de Acantilado, de incluirlo en algún volumen sobre los estertores del siglo XX. En él, Amador es igual que Jeremy Irons haciendo de Charles Ryder en Retorno a Brideshead. Asiste conmovido al derrumbe de un mundo por el que sólo se puede sentir compasión. Más que como una escena de El hundimiento, me gusta leer el texto con una mirada viscontiana, como una versión de la cena de La caída de los dioses (Con Sinde haciendo de Ingrid Thulin, por supuesto) La cena del miedo lo tiene todo: personajes cultos y atormentados, poder y un lujo decadente simbolizado por el plato de atún rojo que se sirvió. Una poderosa metáfora la de una especie en peligro de extinción devorando a otra. Yo, furioso miliciano de la cultura libre, sufrí tras la lectura de La cena una suave punzada. Una conmiseración simpática por ellos, por su mundo pontifical de esmoquin, festival y academia. Por ellos que empezaron como cómicos y consiguieron ascender a artistas, autores y finalmente a la olímpica dignidad de creadores. Y ahora, a un paso de ser demiurgos, el Götterdämmerung, la quema del Walhalla, el crepúsculo. Su mundo será olvidado pero La cena del miedo les hará eternos.