Opinión
Carlos March, en el ojo del huracán eléctrico
Por Vicente Clavero
-Actualizado a
Resulta difícil de creer que el revuelo que se formó el martes en torno a Iberdrola naciera de un malentendido. CARLOS MARCH es un hombre de negocios suficientemente avezado como para decir lo que no quería decir. Y que todos los periodistas que lo escucharon erraran al interpretar sus palabras no se lo cree nadie.
Los comentarios en torno al interés de ACS por la segunda eléctrica española surgieron en la presentación de los resultados de la Banca March y de Corporación Alba correspondientes al último ejercicio. Por lo tanto, el financiero mallorquín tenía la excusa perfecta para esquivar cualquier pregunta ajena a la convocatoria, si lo
hubiera deseado.
Por otra parte, aunque él es el mayor accionista de la constructora, las participaciones de los ALBERTOS y del propio FLORENTINO PÉREZ tienen un peso considerable, y podría haber argüido razones de cortesía para no pronunciarse sobre un asunto que atañe de lleno también
a sus socios.
Carlos March, sin embargo, entró al trapo con cierta alegría, como si en el fondo lo estuviera deseando, y organizó una escandalera que obligó a retratarse, no sólo a ACS, sino también a otros importantes actores del sector energético; entre ellos, antonio Brufau, presidente de Repsol YPF, que se desmarcó públicamente de los movimientos que afectan
a Iberdrola.
Para Florentino Pérez, principal promotor de una macro fusión que integraría en Unión Fenosa los activos españoles de Iberdrola, las declaraciones de Carlos March representan un revés notable, sobre todo si en sus planes entra sumar otras grandes compañías energéticas a la operación.
Los que el martes aseguraron, incluso a la CNMV, que nada tenían que ver con eso deberán ofrecer muchas explicaciones en el caso de que finalmente decidan dar un paso adelante, lo que complicaría bastante un eventual acuerdo
de ACS con ellos.
Carlos March, por supuesto, era consciente de que todo lo anterior podía suceder y no tendría ninguna lógica que hubiera lanzado piedras sobre su propio tejado. Salvo que se le calentara la boca y no pudiera resistir la tentación de sacar pecho para no quedarse como simple actor secundario de una operación de tanta relevancia empresarial y política.