Opinión
Cocido de ‘bwana’
Por Ciencias
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ÁTOMOS CARGADOS // JAVIER YANES
Siempre me he preguntado por el origen de esa imagen clásica, el bwana blanco sumergido hasta el gollete en el puchero de los caníbales, cociéndose a fuego lento en su propio aftershave. Tal vez la tarzanada nació de la interpretación occidental de cómo debía de trasegarse a un semejante comme il faut: pase que la carne no tenga omegas, pero ajo y cebollitas, que no falten.
El que nadaba entre las patatas era casi siempre un misionero o un explorador, un ministro de Dios o de la Ciencia, que aparecía por el extrarradio de la civilización explicando a los nativos que el mundo era así y asá, que lo decían la Biblia o el Nature.
Las iglesias ya llevaron en su pecado la penitencia: descrédito y apostasía, hoy profesables en la plaza pública sin acabar, iluminándola con la grasa de uno como combustible.
En cambio, cierta ciencia militante atiza con el tubo de ensayo a quien estire un dedito para meterlo en la llaga de su cuerpo incorrupto, con el complejo de superioridad que considera un disminuido intelectual a quien, porque le apetece o porque es gratis, cree en algo que no se pueda ver ni tocar –y no se llame neutrino o muón–.
Entre los sufrientes está Francisco J. Ayala, que ha coronado todos los ochomiles de la ciencia estadounidense y que en su país natal –este que pisamos– es más desconocido que los suplentes del Celta. ¿Será por el espantoso crimen de alentar a cada cual para que crea en el ente espiritual que le plazca sin sentirse un antropófago, o por compartir nacionalidad con Bush?
Qué listos, los caníbales. Sabían que el caldo de misionero y el de explorador son indistinguibles en una cata ciega.