Opinión
Una cuerda delata a la última viuda negra
Por Óscar López Fonseca
La muerte del ciudadano francés Jean M. tenía todos los ingredientes de una venganza del crimen organizado encargada a algún sicario sin escrúpulos. Su cadáver maniatado tenía la cabeza cubierta por una bolsa de basura sellada con cinta adhesiva y fue arrojado al mar con un ancla de barco atada a los pies para asegurarse que nunca saldría a la superficie como en las películas de serie B de Al Capone. Pero la naturaleza jugó una mala pasada al asesino y la descomposición del cuerpo hizo que éste finalmente saliera a las superficie. La Policía francesa lo encontró flotando en el mar Mediterráneo el pasado mes de octubre, a sólo 150 metros de la costa de la ciudad de Marsella.
Tras identificar el cadáver, las primeras pesquisas de los agentes galos se dirigieron precisamente hacia el crimen organizado y, más concretamente, hacia algún grupo mafioso que estuviera asentado en las Islas Baleares, ya que el fallecido, un jubilado que había trabajado en un banco francés, residía de modo permanente en la localidad menorquina de Ciudadela. La policía francesa pidió entonces ayuda al Grupo de Respuesta Especial al Crimen Organizado (GRECO) que la Policía española tiene destinado de modo permanente en el archipiélago para averiguar qué clan podía estar detrás del asesinato.
Fueron, precisamente, estos agentes los que hicieron ver a sus colegas francesas que quizá la hipótesis del ajuste de cuentas mafioso no era válida, ya que en sus gestiones sobre el entorno de la víctima dejaban claro que nunca se le había visto con personas relacionadas con la delincuencia y que su única actividad conocida era la de salir a navegar junto a la que era su segunda esposa, Annie S., una francesa nacida hace 44 años en Túnez. De hecho, Jean, experimentario navegante, era propietario de un velero que estaba amarrado en el puerto de Addaya y había creado una empresa que ofrecía paseos turísticos abordo de él.
A partir de ese momento, la dirección de las pesquisas de la policía francesa cambió totalmente y la afligida viuda pasó a ser sospechosa. Una cabo marinero encontrado en el catamarán que ella tenía atracado en Marsella fue, finalmente, la pista que termino de convencer que la mafia no tenía que ver nada en aquel crimen y que todo era mucho más 'hogareño'. Ese cabo era de similares características al que ataba al cadáver el ancla con el que el criminal intentó impedir que saliera a la superficie.
Sin embargo, aún faltaban pruebas y éstas empezaron a llegar el pasado mes de diciembre. Una delegación de la policía francesa acudió a Menorca y asistió al registro que realizaron sus colegas del GRECO de la vivienda y del velero que tenía el fallecido en la isla. Allí encontraron documentos y numerosos indicios que apuntalaban la prueba del cabo encontrada en Marsella. Finalmente, a comienzos del pasado mes de mayo, la Policía francesa decidió detener a Annie. Ésta se derrubó y terminó confesando: ella había matado a su marido y arrojado su cadáver al mar al más puro estilo mafioso. Por desgracia para la viuda negra, el ancla no pesaba lo suficiente.