Opinión
Un delito que ni siquiera parece delito
Por Antonio Avendaño
La ventaja de lavar dinero manchado de sangre es que uno no se mancha de sangre. Ni hace daño a nadie. Blanquear dinero negro es un delito blanco. Un delito que no parece delito. Una intrincada serie de asépticas operaciones mercantiles y societarias de alta precisión mucho más cercanas a la rutina de cualquier banco o notaría que al siniestro rastro de crímenes y terror sin los cuales es imposible amasar ciertas fortunas.
En el juicio del caso Ballena Blanca, cuya sentencia se conoció ayer, los únicos que tenían cara de acusados eran el fiscal y los jueces; frente a ellos se sentaban elegantes abogados y notarios vistiendo trajes de 3.000 euros y exhibiendo el gesto displicente de quien está perdiendo su valioso tiempo ante el resentido funcionario de turno que no gana en todo un año quemándose las pestañas lo que ellos en diez segundos estampando una firma.
Hubo pocas condenas. El abogado Fernando del Valle, cerebro del tinglado, fue condenado a seis años, no a 17 como pedía el fiscal. Ayer parecía cualquier cosa menos un tipo al que acaban de caerle seis años a la sombra. Acompañado de su joven y espigada esposa, Del Valle sermoneó con dureza al fiscal, aunque dijo tener “plena confianza en la Justicia”. Y hace bien en tenerla. Como la tienen los dos notarios que fueron absueltos y en cuya defensa salió el Consejo del Notariado para lavar sus nombres del oprobio que ha arrojado sobre ellos el vil procesamiento. Desde ayer todos dormimos más tranquilos. La Justicia puso a policías y fiscales en su sitio. Lo tienen bien merecido por molestar a prósperos ciudadanos que no han hecho daño a nadie.